¿Qué hay después de cien días?
Acumulados como han estado, la suma de problemas no puede generar en cien días resultados altamente positivos, pese a que el comportamiento oficial en este período despeja un estilo de gobernar directo y sin muchos matices. Las preguntas cardinales, sin embargo no se despejan. La lucha contra la corrupción que despertó tantas expectativas sigue esperando a los monos gordos. Sólo uno parece estar pagando las deudas de los demás, y las posibilidades de actuar contra los que faltan se perciben más como advertencias para neutralizarlos que como una decisión para sancionar las acciones irregulares que se cometieron en contra el Estado. En la seguridad ciudadana, la comunidad sigue esperando giros espectaculares, aunque la depuración registrada en algunos organismos parece sugerir el surgimiento de nuevos cuerpos con nueva moral y efectividad. En las calles y en el país, entre tanto, la desesperación del ciudadano sigue intacta, ante tanto crimen, robos y drogas. Más que los choques entre el gobierno y los sectores populares que auguraban unos y deseaban otros, pasaron a un segundo plano y en su mayoría la ciudadanía parece respirar un aire de serenidad y paciencia. Cien días no es un periodo para conclusiones finales, pero si una etapa que deja rastro e indica senderos, y en el caso de la administración Martinelli algunos conflictos internos de su gobierno dejan entrever que muy oportuno sería un balance para producir ajustes, allí donde se notan debilidades.