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¿Qué nos pasa, capitana?


El Titanic se hundió en gran parte por soberbia humana, por terquedad. Sobrestimaron la nave, la creyeron más grande que Dios, que la fuerza de la naturaleza. No obstante, esa historia, aún en investigación, nos habla de un gran capitán, con enorme verguenza, que dirigió toda la evacuación, plantado en el puesto de mando, estoico ante la muerte inminente. Del mismo modo, la suerte de todos los panameños, lo sepan o no, depende de la conducción de la capitana de este gran barco, que se encuentra sobre el océano Pacífico y el Atlántico, de este istmo de todos. Esa Capitana de la cual dependemos es Doña Mireya. La primera capitana en este siglo que está pasando, en esta era de las mujeres, a la cual el pueblo le permite el mando de su nave. Ella, en sus discursos fogosos de campaña, habló de los problemas del pueblo, de ese gran segmento que no viaja en los camarotes de lujo, de los que muchas veces no tienen un salvavidas para ponerse ante las borrascas y los naufragios.
Los de primera clase, los de dinero, siempre se salvan. Ellos no tienen ningún problema: Nunca van al super, sus despensas están llenas. Ignoran el precio de la libra de arroz o del pollo. Comen copiosamente, están llenos de colesteroles, y sus carnes se le salen por todos los costados. Su problema no es que no tienen filete en casa, su problema es qué hacer con el sobrepeso y las grasas. En cambio, en la segunda clase, la capa media, todos sienten que se empobrecen. La letra del carro ya no se puede pagar, se tienen que sacar los hijos de los colegios privados, y los que se gradúan no encuentran trabajo. Se empobrecen más cada día. Y los de más abajo, acostumbrados al hambre y las privaciones, piden un poco de pan con algo para cada día, ese "pan nuestro de cada día" del que nos habló Jesús que compartiéramos. Pero el Jesús de los ricos, es distante, es teórico, es de la misa del domingo y más nada. Hipócritas, ante el compromiso del Cristo, por ello les sentenció: "Más fácil entra un camello por el ojo de una aguja, que uno de ustedes en el Reino de los Cielos".
¿Qué nos está pasando capitana Mireya? ¿Por qué se está hundiendo el barco? ¿Nos quedaremos con nuestros oficiales que nos mandan, como los del Titanic, tercos, diciendo que todo está bien?¿Dejaremos, como ocurrió en otros barcos, Colombia, Venezuela, Ecuador, que el agua nos llegue al cuello, para reconocer el peligro inminente, la tragedia? ¿Exageramos?; Ojalá fuese así. No obstante, hagamos entre todos un análisis: El país crece poco. Los inversionistas famosos, que tienen rato de estar llegando, nunca llegan. No hay nuevos empleos. Y ya hay mucha corrupción. La gente desempleada se come un cable (los de primera clase tienen como siempre de todo). ¿De qué vale estudiar, si no hay empleos?. No hay circulante en la calle en función de obras públicas, y el empresariado ha decretado, según lo ha dicho CONEP y APEDE, que nos encontramos en una "desaceleración económica" (¿no será más clarito hablar de recesión?).
No hay confianza en el sector inversionista en el gobierno (¿le dicen otra cosa en privado, Capitana?). Los propios del gobierno, hundidos en sus normales intrigas, no hablan bien el uno del otro. ¿Por qué se tiene que saber de un pleito entre el ministro Juliao y Posse?. El comentario de tirios y troyanos es: "el gobierno no arranca, no tienen planes, el equipo económico no funciona". Usted lo sabe, si los de la inteligencia del Estado le pasan las grabaciones. No se trata de los inversionistas panameños, solamente. Hasta los que no andamos conversando con hombres de negocios de afuera, cuando eventualmente nos encontramos con alguno, nos comenta exactamente lo mismo. Las embajadas se lo dicen.
Puede ser, es mi tesis, que como el run run, el comentario es tan generalizado, todos van repitiendo lo mismo: "el gobierno no arranca, etc.". Pero en finanzas, en economía, en inversiones, no hay nada más cobarde que un dólar. Sólo dos dólares son más cobardes. Y el inversionista, prima dona de las ganancias, acostumbrado sólo a ganar, no a pensar en el pobre, quiere condiciones favorables, todo a su favor. Y encima, se comienza a regar la especie de que la Capitana no se encuentra bien. Que su salud flaquea. Que algo le pasa que no se dice. Morbosa tal vez la aseveración, de los contrarios, probablemente. Pero esta regada la bola. Y después de los carnavales, este pueblo, de tan baja autoestima, tan acostumbrado a que lo apaleen, lo único que toma en cuenta en serio son las bolas. De ñapa, las huelgas y pedidos de enfermeras, diciendo: "si le dieron a los educadores, a nosotros también". Después vendrán los médicos, no se demoran; están esperando en la esquina. Los arnulfistas no nombrados ya bajaron sus banderitas, ahora no se cuidan siquiera de hablar mal de su Capitana. Es lo normal en política; en este país, usted lo sabe, a los líderes no se les quiere, lo sabemos, se les adula para ser nombrados, no se les admira, se les pide, es como quien dice, "ustedes nos engañan, nosotros los engañamos". Quien se crea líder real, carismático, atrayente de multitudes sinceras, mejor es que busque rápido al psiquiatra de su preferencia. Este pueblo no cree en nadie. No siente ningún guía. Se ha vuelto cínico, como la política, como los partidos. ¿Y de qué otra manera puede ser? Se le ha engañado tanto, que responde igual y engaña. Mentiras contra mentiras. No obstante, los Capitanes, los que andan cerca de la primera clase, sólo escuchan elogios. "¡Cuán inteligente es usted. Jamás vi a alguien tan brillante! El problema no es oirlo, cosa siempre común. El problema, lo grave, es cuando alguien se lo cree. Y más si ese alguien es el Capitán, la Capitana. Y que se lo crea, aunque el agua este entrando por todas partes. ¿Tenebroso, negativo mi relato? No necesariamente. Depende de usted, Capitana. Dios nos ve, nos escucha, nos auxilia, siempre. Cuando somos humildes. Cuando reconocemos nuestros pecados y fallas humanas, naturales. Cuando se busca el consenso de su pueblo. Y cuando se trabaja con honestidad hacia ese pueblo, no sólo para los de primera clase. Y entonces, hasta vienen los milagros. De usted depende como la mire Dios. Y su suerte, es nuestra suerte.

101 años de Panamá América

 
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