¡Que regrese la autoridad!
El año antepasado mi esposo hizo una periódica visita a la escuela donde estudian nuestros hijos, para hablar con la maestra de uno de ellos sobre dos temas claves para todo padre o madre de familia: rendimiento y comportamiento.
En una oportunidad, al ver que los niños y niñas no atendían el llamado de la maestra de guardar la compostura, utilizó su tono de voz para emitir unas palmadas y decirles: ¡Silencio por favor!.
Los estudiantes quedaron mudos al instante, asombrados.
Sólo entonces mi esposo se dio cuenta del gran error que había cometido de violar el territorio de la educadora que lo atendía, pero cortésmente le pidió disculpas y le dijo que lo había hecho por solidaridad.
Este año el episodio estaba a punto de repetirse, con otra educadora, pero pudo más la experiencia aprendida y la sensatez. ¡Aunque no faltaba la razón!, sobre todo a quien como yo, recibió una sólida educación en el hogar y vivió en un sistema donde al maestro se le respetaba y se la hacía caso.
Qué tiempos aquéllos en que cuando una visita llegaba al aula, uno se ponía de pie y le daba la bienvenida. Seguidamente, el grupo guardaba silencio o hablaba en voz baja, para que el educador pudiera atender al visitante.
Los tiempos cambian y los sistemas evolucionan; junto a ello, los modales y las buenas costumbres se han resquebrajado.
Al parecer, tantos códigos proteccionistas y métodos modernos de enseñanza sirven como marco de hierro para encerrar conductas deleznables, ante la impávida mirada de educadores que se sienten víctimas del sistema y maniatados. No en balde se han dado casos de educadores golpeados por padres o incluso por los propios estudiantes.
Si bien "el reglazo" o el "metrazo" eran, a mi juicio, herramientas criticables, es imperante que el educador recupere la autoridad en el salón de clases, pero no con tibieza, sino con firmeza.
Más en estos tiempos en que hay padres y madres de familia que envían a sus hijos e hijas a la escuela para que el educador los corrija. Parecieran olvidar que la disciplina no se logra por arte de magia, sino con el ejemplo y la persistencia. La verdadera autoridad es clave, por lo que es imperante que los acudientes se la otorguen al educador en el aula de clases, y que lo apoyen.
En casa, el tutor debe tomar los correctivos y darle seguimiento a la tarea que con tanto esfuerzo hace el educador en la escuela.
Respeto, objetivos sanos, cooperación y compromiso, son elementos que deben reforzarse tanto en el hogar como en el aula. ¡Y que viva la autoridad!
En una oportunidad, al ver que los niños y niñas no atendían el llamado de la maestra de guardar la compostura, utilizó su tono de voz para emitir unas palmadas y decirles: ¡Silencio por favor!.
Los estudiantes quedaron mudos al instante, asombrados.
Sólo entonces mi esposo se dio cuenta del gran error que había cometido de violar el territorio de la educadora que lo atendía, pero cortésmente le pidió disculpas y le dijo que lo había hecho por solidaridad.
Este año el episodio estaba a punto de repetirse, con otra educadora, pero pudo más la experiencia aprendida y la sensatez. ¡Aunque no faltaba la razón!, sobre todo a quien como yo, recibió una sólida educación en el hogar y vivió en un sistema donde al maestro se le respetaba y se la hacía caso.
Qué tiempos aquéllos en que cuando una visita llegaba al aula, uno se ponía de pie y le daba la bienvenida. Seguidamente, el grupo guardaba silencio o hablaba en voz baja, para que el educador pudiera atender al visitante.
Los tiempos cambian y los sistemas evolucionan; junto a ello, los modales y las buenas costumbres se han resquebrajado.
Al parecer, tantos códigos proteccionistas y métodos modernos de enseñanza sirven como marco de hierro para encerrar conductas deleznables, ante la impávida mirada de educadores que se sienten víctimas del sistema y maniatados. No en balde se han dado casos de educadores golpeados por padres o incluso por los propios estudiantes.
Si bien "el reglazo" o el "metrazo" eran, a mi juicio, herramientas criticables, es imperante que el educador recupere la autoridad en el salón de clases, pero no con tibieza, sino con firmeza.
Más en estos tiempos en que hay padres y madres de familia que envían a sus hijos e hijas a la escuela para que el educador los corrija. Parecieran olvidar que la disciplina no se logra por arte de magia, sino con el ejemplo y la persistencia. La verdadera autoridad es clave, por lo que es imperante que los acudientes se la otorguen al educador en el aula de clases, y que lo apoyen.
En casa, el tutor debe tomar los correctivos y darle seguimiento a la tarea que con tanto esfuerzo hace el educador en la escuela.
Respeto, objetivos sanos, cooperación y compromiso, son elementos que deben reforzarse tanto en el hogar como en el aula. ¡Y que viva la autoridad!