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Quebrar el péndulo


LA DORADA mediocridad del poeta romano Horacio, que proponía vivir una "medianía tranquila y sin sobresaltos", no tiene nada que ver con esta gris mediocridad que vivimos. Con este empantanamiento moral en donde la sociedad, como un paciente narcoléptico, prefiere cerrar los ojos y desconectarse de la realidad, ante todo aquello que cotidianamente le estresa o que, por su naturaleza bochornosa, le obligaría a pensar en serio y por ende, le forzaría a tomar posición y a actuar. Porque pareciera que nos hubiésemos acostumbrado a la permisividad o que, curados de asco y espanto, nos hemos convertido en una colectividad de víctimas curtidas, autocomplacientes.
Y en esa autocomplacencia masoquista, cada cinco años hemos estado asistiendo a un espectáculo cíclico, a la alternancia del poder entre bandidos, como el ondular de un péndulo, en donde el bipartidismo ha ido convirtiéndose en una institución de facto. En un cínico hecho consumado, en una de esas "realidades ineluctables" a las que hay que resignarse. En una mentira más que se busca convertir en verdad, a fuerza de tanto repetirse cacofónicamente a sí misma.
Hace una semanas atrás, leí las reflexiones de un par de viejos políticos del patio, que regurgitaban su supuesta preocupación por el rumbo en el que marcha el país y su democracia. Rumbo que, dicho sea de paso, ellos mismos han ayudado a desnaturalizar, con sus prácticas malsanas, como buenos operadores del poder. Sus artículos me recordaron el poema de la Morsa y el Carpintero, en "Alicia a través del Espejo". Allí la Morsa lloraba hipócritamente por la suerte de las ostras, mientras se las iba engullendo gustosas, una tras otra. Ah, la retórica falaz nuestros políticos".
Todo esto me ha traído a la memoria la experiencia que hemos vivido en los cuatro gobiernos post-dictadura. En esas elecciones que nos ha tocado vivir, cada vez yendo a votar con esperanza (cada vez, con menos expectativas, en verdad) y que siempre han resultado, al final y en mayor o menor medida, un sonoro fiasco. Cuatro gobiernos, unos más malos y torpes que otros, unos más descarados o cínicos a la hora de robar que otros, pero todos compartiendo el común denominador de ser experiencias frustrantes, de las cuales pareciéramos no haber aprendido gran cosa.
Y ya vamos para veinte años de padecer gobiernos mediocres y oposiciones cómplices... unos y otros practicando la política del desgaste, esperando ganar elecciones en base al resentimiento de los votantes desengañados, que supuestamente castigan al incumbente con su voto irreflexivo y vengativo. Pero todo es parte de un mismo montaje. Porque el acceso al poder se ha convertido en un juego trampeado.
Los verdaderos grupos de poder en este país, actuando a través de sus intermediarios en todos los partidos (de uno u otro bando) se reparten el país de antemano, comprando billetes en todas las "loterías" electorales posibles. Y las proporciones en el reparto postelectoral van en directa proporción a lo invertido. Así es como se adjudican y apoyan candidaturas con dinero o como se regalan de antemano diputaciones al PARLACEN y notarías o como se ubican a fulanos incompetentes como ministros o a amigotes como embajadores. Pesan mucho los linajes, los apellidos y los vínculos, pero sobre todo, el dinero, limpio y sucio. Todos lo hacen. Sólo los ingenuos o los mitómanos pueden creer, en serio, en que esta charada quinquenal tiene algo que ver con eso que se llama Democracia. Acomodamientos impúdicos y tácitos, como el infame pacto MAMI, lo demuestran. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Frente a todo esto... ¿Qué hacer? Sólo una cosa: quebrar el péndulo de la alternancia bipartidista. Pero para ello, no basta imponerse como meta la supuesta superación del bipartisdismo, no votando por tirios o troyanos. La experiencia ha demostrado que, mientras la raíz de tanta putrefacción perdure, los resultados seguirán siendo los mismos. Para quebrar ese patrón vicioso de degradación y saqueo, hay que reconstruir y reinventar al reloj mismo que sostiene a ese péndulo. Hay que exigir y lograr una Asamblea Constituyente Originaria, para comenzar.
Y esto no será nada fácil, pues para ello, tendremos que salir de nuestra cómoda desidia y asumir nuestra condición de ciudadanos deliberantes y beligerantes. Y enfrentar la violenta reacción de políticos, de los dueños de ciertos partidos, de jueces y magistrados, de diputados, de directores de instituciones autónomas y ministros, de alcaldes y gobernadores, y de todo aquel que vería en riesgo su modus vivendi. De todos esos que, a estas alturas, creen que el poder político y las prebendas que el mismo acarrea, son parte de su patrimonio unipersonal y eterno.
Martí decía que "la Patria es Ara y no pedestal"... cuánta razón tenía... Y cuánta gente, en este país, tendría que pedir perdón... comenzando con aquellos que juraron dedicar sus esfuerzos a rescatar a la Patria de la miseria y lo que hicieron fue usarla para su propio provecho y el de su séquito de satélites, locos de soberbia y codicia. Ojalá entendamos esto y quebremos, de una buena vez, el espinazo de ese monstruo que nos carcome la conciencia y la acción. Hay que imponer la Constituyente. Así de simple.
María Elena Martínez: La peatonal debe quedarse como está porque necesitamos un lugar fresco y tranquilo. Se necesita aire libre, un lugar para caminar, pasear, donde se pueda sentar y descansar.

101 años de Panamá América

 
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