default

¿Quién convoca un diálogo nacional?


La convocatoria a un "diálogo nacional", si en realidad se piensa en algo serio, es decir, en Panamá, corresponde hacerla a la presidenta Moscoso en cumplimiento de su deber constitucional. Es un deber que por ningún motivo puede ni debe rehuir. La ciudadanía es perceptible de que la personalidad política de la Presidenta de la República decrece paralelamente a los conflictos públicos. Y es cierto que se nota un vacío de gobierno, de lidiadores necesarios en estos días tormentosos.
El caso de la convocatoria a un "diálogo nacional" es que, ni el partido que lo propone, ni quienes lo dirigen gozan del suficiente prestigio y respeto público para arrogarse la iniciativa del gran debate nacional. Conviene reiterar una vez más lo ya dicho: por muchos que sean los partidarios de un político, son siempre prácticamente más numerosos los adversarios. Lo importante para un político es la adhesión de los adversarios (o enemigos), la cual solemos llamar respeto. Por ejemplo, el respeto que un presidente o presidenta logre inspirar a los adversarios (o enemigos) constituye la fuerza real en que se apoya su gobierno.
El gobierno coligado de "Unión por Panamá", en menos de dos años de desgobierno, ya es un hecho conocido, ha perdido el respeto de la opinión pública. Es una hora en que los ministros y dirigentes políticos del actual gobierno no pueden ya formalmente contar sino con sus "clanes familiares" como sus amigos. Y, por lo mismo, deben adoptar el supuesto táctico de que todos los panameños (hartos de desesperanzas y desengaños) somos sus adversarios.
¿nase los híbridos (gobierno de "Unión por Panamá"), si de ello les viene el humor; pero conste que nadie espera de dicha unión resultado alguno fecundo. Sólo se ha obtenido, y enseguida, dos consecuencias: nueva desorientación de las esperanzas nacionales en el país y la ruptura de lazos que se iban formando entre los grupos políticos y las nuevas corrientes de la sociedad civil. Hemos sostenido siempre que estas vastas construcciones son como las pirámides, albañilería de otros tiempos en que media nación combatía con la otra media por amor a un claro y simple sustantivo. Pero ahora la querella pública en Panamá es más compleja y multiforme.
El posible tiempo que se emplee en la reestructuración del antiguo monumento (diálogo "politiquero" nacional) será doblemente perdido: se habrá gastado en no conseguir lo pretendido y no se habrá aprovechado en hacer otras cosas más útiles. Panamá -ya lo hemos repetido muchas veces - anhela un gobierno capaz, cordial, respetuoso de todos los modos de sentir individuales, fomentador de todo lo que es honrado ensayo. Demanda programas claros en que, a la vez, se dibujen amplios, grados horizontes y se indiquen razonablemente los medios concretos de llegar hasta ellos.
El caso concreto que motiva los párrafos anteriores no es para negar lo provechoso que resultaría un verdadero "diálogo nacional", como un medio efectivo de tomar correctivos para erradicar del "Panamá oficial" de hoy el nepotismo, la corrupción y la incapacidad comprobada en muchos estamentos del Estado. ¡Concordia Nacional!, en el que participen hombres y mujeres capaces, ajenos a los compromisos politiqueros, libres de mezquinos "clanes familiares", por demás, honestos y patriotas, para sacar a flote la nave del Estado, hoy en lento proceso de hundimiento.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América