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¿Quién le pone el cascabel al gato?


Estoy seguro de que todos estaríamos dispuestos a apoyar y a participar activamente en una campaña del silencio, ya que a la mayoría de los que vivimos en la ciudad de Panamá nos ha tocado huir del ruido de la ciudad, sólo para encontrarnos que en nuestras casas de campo tampoco podemos disfrutar de un bien merecido descanso, a causa de las fiestas escandalosas de un vecino, de la música de una cantina cercana, o del ladrido implacable de un perro. Si llamamos a la policía, a lo mejor no nos hacen caso, o el vecino se siente insultado.
Sin embargo, cuando vivimos en comunidad, ya sea en un pequeño poblado, o en una gran ciudad, debemos restringir nuestra libertad individual, para darle paso al bienestar colectivo. Una campaña del silencio, que emprenda la autoridad responsable, necesariamente tiene que concienciar a los ciudadanos en este sentido, ya que ésta es la única forma de mitigar el ruido privado.
Pero también existe el ruido público. A medida que las ciudades crecen, también aumenta el ruido público, producto de las troneras de los autobuses, carros con silenciadores rotos, motocicletas, el pitar innecesario y por cualquier razón de los carros, altoparlantes y la música a todo volumen de los almacenes en las aceras, componentes musicales en áreas abiertas, radios a todo volumen de buses y autos particulares y actividades religiosas con altoparlantes, lo que sumado a los ruidos industriales y de la construcción, resultan en un infierno insoportable.
Se ha comprobado que exponerse constantemente a ruidos excesivos, superiores a 90 decibelios, puede ocasionar el deterioro de la audición y hasta sordera, estrés, ansiedad e irritabilidad. El rendimiento escolar de los niños y estudiantes también se ve afectado, ya que un niño o un adolescente que no duerme bien, o no oye bien la clase por el exceso de ruido externo, no puede rendir bien en la escuela. Igualmente, el ruido afecta la productividad de los adultos en el sitio de trabajo. Una forma de saber si el ruido ha superado los 90 decibelios, es tratar de mantener una conversación a un metro de distancia con otra persona, en un tono normal de voz. Si no se pueden comunicar sin gritar, significa que el ruido es mayor de 90 decibelios.
Hay algunos ruidos que son inevitables, pero la mayoría se puede controlar mediante una campaña para promover el autocontrol en el caso de ruidos privados, y normas y prohibiciones para regular y controlar el ruido público. Se deben establecer horarios de trabajos públicos y construcciones que ocasionen ruidos excesivos, de manera que no afecten ni el sueño ni el trabajo de las personas afectadas.
En este sentido, se debería prohibir la circulación de autobuses y vehículos con troneras, prohibir el uso del pito (salvo en casos de emergencia, como se hace en otras ciudades), componentes musicales en la vía pública, parlantes y músicas de alto volumen en los almacenes, bailes escandalosos, y todo ruido público que afecte la salud de las personas.
Y...¿quién le pone el cascabel al gato? Se han hecho esfuerzos infructuosos en áreas específicas, como fue el caso de los componentes musicales en los autobuses, pero hasta la fecha no ha existido una política urbana integral que enfoque el problema desde todos sus ángulos, para control tanto del ruido privado, como del público. Le correspondería al Ministerio de Salud, al Ministerio de Educación, a la policía, a la ANAM, a los municipios y a los clubes cívicos, coordinar una serie de acciones para eliminar los ruidos excesivos en áreas públicas, con la aplicación de normas, reglamentos, mediciones en el campo, prohibiciones y campañas permanentes de concienciación y educación, dirigidas a estudiantes, transportistas y público en general.
Sabemos que la tarea no es fácil, por la idiosincrasia del panameño, pero vale la pena este esfuerzo, que debe ser permanente y sostenido, en aras de una vida sana, creativa y productiva.

101 años de Panamá América

 
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