¿Quién nos protege de los manifestantes?
Los manifestantes contra la globalización y el ALCA ocuparon parcialmente las calles del centro de Miami. Gritaban sus consignas sobre la protección de puestos de trabajo en EE.UU. y también de los trabajadores en los países pobres. Ellos quieren proteger a las naciones en desarrollo del imperialismo cultural, político y económico. Pero, ¿quién protege a los países pobres de las pésimas ideas de estos manifestantes?
Mientras los opositores marchaban por las calles, los ministros de Comercio, en representación de 34 naciones del hemisferio occidental, proseguían sus negociaciones. Los ministros de Ecuador, Colombia, Bolivia y Perú declararon con optimismo en una rueda de prensa sobre la decisión de EE.UU. de negociar un pacto de libre comercio bilateral con esas naciones andinas.
La ciudad de Miami en sí es una clara demostración de los beneficios de la globalización: sus habitantes provienen de todas partes del mundo; es un sitio clave en el hemisferio tanto para los negocios como para el turismo y se ha convertido en punto de cruce de las culturas. Al mismo tiempo, una buena parte de la gente de Miami está hoy aquí por haber escapado de todo aquello que se opone frontalmente a la globalización: economías cerradas, nacionalismo excesivo, intervención gubernamental, corrupción, irrespeto a la propiedad privada, inseguridad jurídica y escasa libertad individual.
La mayoría de los habitantes de Miami no vinieron por las lindas playas y el buen clima tropical, sino escapando de gobiernos represivos, como el de Fidel Catro. Otros, como los centroamericanos, venezolanos y argentinos, vinieron para escapar de la pobreza impuesta por pésimos gobernantes y para poder ofrecer un mejor futuro a su familia.
Varios de los manifestantes son comentaristas de izquierda, como Naomi Klein, quien aplaude al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por confrontar el “imperialismo”. En el último día de las negociaciones, el gobierno de Venezuela dio a conocer un documento donde exponía que “la experiencia regional de las últimas décadas sugieren que las políticas liberalizadoras del Consenso de Washington no son las que más promueven el crecimiento. Tampoco es el modelo de globalización orientado hacia el mercado la mejor garantía para preservar y fomentar las múltiples tradiciones culturales ni tampoco la diversidad y riqueza biológica y ambiental que hacen posible la vida”. Y prosigue con la defensa de las fracasadas estrategias industriales de sustitución de importaciones de los años ‘60 y ‘70, como también la necesidad de confrontar la desigualdad en el hemisferio occidental. De lo que no habla es de la ineficiencia económica y la inflada burocracia que tales políticas crearon en América Latina, provocando finalmente la crisis de la deuda de los años ‘80 y que tantos latinoamericanos votaran con los pies, emigrando a EE.UU.
Luego de varios años en el poder, Chávez sí ha logrado reducir la desigualdad en Venezuela, pero lo ha hecho empobreciendo a la gran mayoría de los venezolanos: igualando hacia abajo.
Eso, claro está, no lo toman en cuenta los manifestantes, quienes prefieren la retórica en vez de ver la realidad.
Así, los gobernantes de países como Venezuela y Brasil que se oponen a las iniciativas de apertura por parte de Washington son proclamados como verdaderos héroes. Y las denuncias contra el imperialismo jamás toman en cuenta que aquí en Miami encontramos un restaurante cubano a cada cuatro o cinco cuadras, pero que en La Habana no hay un solo McDonald’s.
Es impresionante cómo los manifestantes apoyan todo aquello que hace más pobre a los pobres del mundo, a la vez que tratan de imponernos sus propias reglas para el intercambio cultural y económico.
(* Directora de medios de International Policy Network.
(c) www.aipenet.com)
Mientras los opositores marchaban por las calles, los ministros de Comercio, en representación de 34 naciones del hemisferio occidental, proseguían sus negociaciones. Los ministros de Ecuador, Colombia, Bolivia y Perú declararon con optimismo en una rueda de prensa sobre la decisión de EE.UU. de negociar un pacto de libre comercio bilateral con esas naciones andinas.
La ciudad de Miami en sí es una clara demostración de los beneficios de la globalización: sus habitantes provienen de todas partes del mundo; es un sitio clave en el hemisferio tanto para los negocios como para el turismo y se ha convertido en punto de cruce de las culturas. Al mismo tiempo, una buena parte de la gente de Miami está hoy aquí por haber escapado de todo aquello que se opone frontalmente a la globalización: economías cerradas, nacionalismo excesivo, intervención gubernamental, corrupción, irrespeto a la propiedad privada, inseguridad jurídica y escasa libertad individual.
La mayoría de los habitantes de Miami no vinieron por las lindas playas y el buen clima tropical, sino escapando de gobiernos represivos, como el de Fidel Catro. Otros, como los centroamericanos, venezolanos y argentinos, vinieron para escapar de la pobreza impuesta por pésimos gobernantes y para poder ofrecer un mejor futuro a su familia.
Varios de los manifestantes son comentaristas de izquierda, como Naomi Klein, quien aplaude al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por confrontar el “imperialismo”. En el último día de las negociaciones, el gobierno de Venezuela dio a conocer un documento donde exponía que “la experiencia regional de las últimas décadas sugieren que las políticas liberalizadoras del Consenso de Washington no son las que más promueven el crecimiento. Tampoco es el modelo de globalización orientado hacia el mercado la mejor garantía para preservar y fomentar las múltiples tradiciones culturales ni tampoco la diversidad y riqueza biológica y ambiental que hacen posible la vida”. Y prosigue con la defensa de las fracasadas estrategias industriales de sustitución de importaciones de los años ‘60 y ‘70, como también la necesidad de confrontar la desigualdad en el hemisferio occidental. De lo que no habla es de la ineficiencia económica y la inflada burocracia que tales políticas crearon en América Latina, provocando finalmente la crisis de la deuda de los años ‘80 y que tantos latinoamericanos votaran con los pies, emigrando a EE.UU.
Luego de varios años en el poder, Chávez sí ha logrado reducir la desigualdad en Venezuela, pero lo ha hecho empobreciendo a la gran mayoría de los venezolanos: igualando hacia abajo.
Eso, claro está, no lo toman en cuenta los manifestantes, quienes prefieren la retórica en vez de ver la realidad.
Así, los gobernantes de países como Venezuela y Brasil que se oponen a las iniciativas de apertura por parte de Washington son proclamados como verdaderos héroes. Y las denuncias contra el imperialismo jamás toman en cuenta que aquí en Miami encontramos un restaurante cubano a cada cuatro o cinco cuadras, pero que en La Habana no hay un solo McDonald’s.
Es impresionante cómo los manifestantes apoyan todo aquello que hace más pobre a los pobres del mundo, a la vez que tratan de imponernos sus propias reglas para el intercambio cultural y económico.
(* Directora de medios de International Policy Network.
(c) www.aipenet.com)