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¿Quo vadis?


En Estados Unidos, debido a que los católicos desempeñaron un papel tan importante en la reelección del presidente Bush, hay un ambiente de luna de miel entre el catolicismo y el sector más conservador del protestantismo. La inusitada alianza se ha dado porque el Vaticano coincide con los fundamentalistas en concentrar su enfoque en la oposición al aborto, la eutanasia y al matrimonio entre los gays.
Para los organizadores de un desayuno católico que tuvo lugar en Washington el 20 de mayo, debió ser motivo de gran complacencia que el presidente Bush acudiera al evento en el cual felicitó efusivamente a Benedicto XVI por coincidir con su política de promover "una cultura de vida". No obstante, urge que el Vaticano comprenda los objetivos que persiguen los políticos evangélicos quienes, movilizando a los electores en base a determinados principios ético-religiosos, pueden encaminar al catolicismo hacia un callejón sin salida.
Por una parte, los fundamentalistas que, dirigiendo una industria multimillonaria de evangelización pretenden imponer sus criterios en el escenario político, retroceden hacia un oscurantismo insostenible. Hay quienes aseguran que es lícito que cristianos tengan esclavos porque en la Biblia no está vedada la esclavitud, alegando además que en las plantaciones del sur de Estados Unidos reinaba entre amos y esclavos una relación ideal de afecto, cordialidad y respeto mutuo ("Let My People Stay", revista Harper´s, junio 2005). Creyendo a pie juntillas lo escrito en el Antiguo Testamento, que el universo fue creado por Dios en seis días, los fundamentalistas se dedican a desacreditar la teoría de la evolución incurriendo en errores garrafales que los ignorantes no son capaces de captar. Por ejemplo, un museo en Eureka Springs, Arkansas, dedicado a la historia de la tierra, presenta a Adán y Eva en compañía de dinosaurios a pesar de que está científicamente comprobado que los dinosaurios fueron extinguidos más de 60 millones de años antes de la aparición del hombre (Paul Harris, Salon.com, 24 de mayo 2005).
Por otra parte, Ted Haggard y James Dobson, los dirigentes evangélicos más influyentes, son muy modernos. Según éstos y otros ideólogos afines, en la esfera económica, el mercado libre de cortapisas representa la voluntad de Dios. Por consiguiente, promueven la globalización económica como el vehículo más apropiado para diseminar la versión del cristianismo que profesan. Creyendo en una espiritualidad agresiva, estos nuevos aliados del Vaticano han convertido a Jesús en un guerrero poseedor de ojos que emitem llamaradas y una espada filosa para atacar a las naciones. Aprueban de la política de guerra preventiva enunciada por Bush y la invasión de Irak como una extensión de la lucha contra el pecado. Igual que Hitler cuando asumió el poder, persiguen sin piedad a los homosexuales y las lesbianas, oponiéndose ferozmente al multiculturalismo y a la tolerancia hacia otras creencias.
A este sector, que ha adquirido una influencia enorme desde las elecciones pasadas, se le denomina "Dominionist", porque busca dominar el escenario político no sólo de su país, sino también a nivel mundial.
Cuentan los "dominionistas" con el apoyo del presidente Bush, a quien ven como el primero de una línea de regentes que precederá la segunda venida del Mesías. En el Congreso de Estados Unidos gozan del apoyo de 130 representantes fundamentalistas en la cámara baja, además de la considerable influencia de Tony Perkins, presidente del "Family Research Council", una organización evangélica que lucha para dominar la rama judicial de manera que los jueces impongan los dictámenes de la Biblia antes que las leyes nacionales y estatales. No es casualidad que dicha entidad apoya a jueces conocidos por favorecer los intereses de las grandes corporaciones.
En el nuevo Estado que pretenden imponer los "dominionistas", no hay mención de los derechos humanos, ni restricciones al poder de las corporaciones. El gobierno federal se limitaría a proteger la propiedad privada y la seguridad de la nación. Los contribuyentes tendrían que mantener obligatoriamente a las iglesias las cuales se encargarán de administrar programas de asistencia social. Se aplicaría la pena de muerte a lo que llaman "crímenes morales", la herejía, la blasfemia, la sodomía, y la brujería. La única voz que se escucharía en este Estado representaría la versión fundamentalista del cristianismo. Todas las otras serían silenciadas ("Soldiers of Christ", revista Harper´s, mayo 2005).
Ante este panorama, hay que preguntarle al Vaticano: ¿Quo vadis? Opino que Benedicto XVI tiene que definirse y lo tiene que hacer pronto. Expandiendo el ámbito de su prédica para defender la justicia social, debe trazar una línea insalvable que evite que los católicos sean presa de los políticos fundamentalistas que pretenden imponer una versión del Estado que es una violación al mensaje de Cristo en todo sentido.

101 años de Panamá América

 
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