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Rafael A. González, el culto a los valores


Hijo de una maestra, su infancia transcurrió modesta entre las duras labores de la campiña chiricana. Cursa estudios en el Instituto Nacional y los prosigue en la Universidad de Panamá dondes se gradúa de abogado.
El presidente Harmodio Arias había dado un salto gigante con los tratados de 1936, limitando a los norteamericanos a la Zona del Canal. Pero en 1942 por causa de la segunda Guerra Mundial Panamá les arrienda sitios para bases fuera del área, incluyendo Río Hato.
La conflagración termina en 1945, pero EU quiere prorrogar las bases por motivo de la Guerra Fría. Para eso se firmó el 10 de diciembre de 1947 el tratado Filós-Hines, repudiado por organizaciones populares encabezadas por el Frente Patriótico de la Juventud que finalmente logró su rechazo por la Asamblea Nacional el día 22. Rafael A. González estuvo en primera fila de lucha, ganándose un sablazo en la espalda por la caballería.
El doctor Harmodio Arias lo ingresa en 1947 como asistente en su bufete y después como abogado. Años más tarde lo envía a especializarse a Harvard. Un día, González se le presentó con un cheque por sus costos en Harvard. Y por más que insistió el ex mandatario en su negativa, no tuvo más remedio que recibirlo. "Eres muy orgulloso, muchacho", le dijo.
Sirve en el bufete a grandes corporaciones, pero no abandona sus inquietudes sociales, al extremo de sufrir cárcel. En 1959 facilitó el exilio de unos sobrevivientes del Tute. Una vez un estudiante le consultó si cierto formalismo iba a la izquierda o a la derecha, y él respondió indulgente: "Cuando tenga duda entre izquierda o derecha, opte siempre por la izquierda".
Fue el mejor litigante de su tiempo e hizo del máximo recurso legal, la Casación, su dominio absoluto. Una vez irrumpió, en una charla que sobre el tema tenía como principal expositor al jurista colombiano Hernando Davis Echandía. Cuando el conferencista lo vio entrar, pausó: "Lic. González venga acá, que yo me voy allá". En otra, un colega se lamentó: "Hay demasiado que aprender". Levantando la vista, le observó: "En verdad, no es demasiado".
Renunció tras treinta años al bufete del doctor Arias, luego de lo cual se internó en las selvas de Bocas del Toro y Chiriquí para defender a indios teribes y sindicatos.
Su honestidad era tal que una vez, actuando en el decisivo papel de dirimente en un pleito millonario, advirtió que era pariente de uno de los contendientes. Para sorpresa, la parte contraria dijo que no le importaba y lo mantuvo.
Más que amigo fue hermano, mecena de artistas, magistrado de la Corte, caballero, amante de las artes y tertulias amenas. Dejó innumerables escritos dispersos. Nos envió una nota expresando conceptos sobre la libertad de prensa, que hoy recogemos; luego de lo cual su corazón se detuvo caprichoso a sus 76 años de existencia plena.


101 años de Panamá América

 
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