Raíces de la Nacionalidad
No negamos que hubiera manifestaciones aisladas de intelectuales istmeños de la época que con anterioridad hubieran exteriorizado claros sentimientos nacionalistas. Pero advertimos que no es lo mismo una manifestación aislada e individual, aun cuando sea tácitamente compartida, que el rapor de un estallido popular, como el ocurrido aquel día.
Otro detalle relevante es el lugar donde ocurre el simbólico hecho. La Villa era un humilde pueblo campesino, de profundas raigambres hispanas, propias de la península de Azuero. Difícilmente podría diferenciarse un hombre de la campiña del lugar de un similar de Galicia o de cualquier otra provincia española. La célebre pollera, con su rica utilería, la cadena chata, las peinetas, la pañoleta y calzado de fieltro, difícilmente puede disimular sus orígenes andaluces.
El grito de independencia surge de allí, como resultado del matrimonio inevitable del hombre y su tierra; de la gracia de sus frutos y la bendición del agua de sus ríos; y de la que cae del cielo. Es la brisa refrescante del Cerro Canajagua, las olas que acarician las cálidas arenas de Puerto Mensabé y El Uverito. Es tambor, saloma, décima y mejoranera. No es la intriga citadina de los contubernios mercantiles y los rejuegos de intereses, del oportunismo político y los vericuetos palaciegos.
Fue una gesta sin sangre y no por ello menos meritoria y riesgosa. La guarnición que custodiaba el pueblo desde el cuartel que simbolizaba la presencia física del poder colonial, cedió al influjo de las raíces nacionales santeñas. Aunque nacidos algunos en España, no pudieron evitar identificarse con aquellos ciudadanos honorables que reunidos en cabildo abierto manifestaron su deseo soberano de ser independientes. En ese momento dramático, en el que había que decidirse entre disparar a sus vecinos, parientes de sus hijos y mujeres, o sumarse a ellos, decidieron lo último, esto es identificarse panameños. Y eso es lo hermoso de esta nación de tantas etnias y colores, donde todos pueden convivir armoniosos en un marco de absoluto respeto e igualdad.
El grito de independencia de los ciudadanos de La Villa emergió pues de las raíces nacionales y por eso es hoy tan perdurable y auténtico; y la conservan celosos sus hijos y descendientes por todos los rincones de la geografia patria, a ritmo de cumbia, tamborito, violín y acordeón. ¡Viva La Villa!
Otro detalle relevante es el lugar donde ocurre el simbólico hecho. La Villa era un humilde pueblo campesino, de profundas raigambres hispanas, propias de la península de Azuero. Difícilmente podría diferenciarse un hombre de la campiña del lugar de un similar de Galicia o de cualquier otra provincia española. La célebre pollera, con su rica utilería, la cadena chata, las peinetas, la pañoleta y calzado de fieltro, difícilmente puede disimular sus orígenes andaluces.
El grito de independencia surge de allí, como resultado del matrimonio inevitable del hombre y su tierra; de la gracia de sus frutos y la bendición del agua de sus ríos; y de la que cae del cielo. Es la brisa refrescante del Cerro Canajagua, las olas que acarician las cálidas arenas de Puerto Mensabé y El Uverito. Es tambor, saloma, décima y mejoranera. No es la intriga citadina de los contubernios mercantiles y los rejuegos de intereses, del oportunismo político y los vericuetos palaciegos.
Fue una gesta sin sangre y no por ello menos meritoria y riesgosa. La guarnición que custodiaba el pueblo desde el cuartel que simbolizaba la presencia física del poder colonial, cedió al influjo de las raíces nacionales santeñas. Aunque nacidos algunos en España, no pudieron evitar identificarse con aquellos ciudadanos honorables que reunidos en cabildo abierto manifestaron su deseo soberano de ser independientes. En ese momento dramático, en el que había que decidirse entre disparar a sus vecinos, parientes de sus hijos y mujeres, o sumarse a ellos, decidieron lo último, esto es identificarse panameños. Y eso es lo hermoso de esta nación de tantas etnias y colores, donde todos pueden convivir armoniosos en un marco de absoluto respeto e igualdad.
El grito de independencia de los ciudadanos de La Villa emergió pues de las raíces nacionales y por eso es hoy tan perdurable y auténtico; y la conservan celosos sus hijos y descendientes por todos los rincones de la geografia patria, a ritmo de cumbia, tamborito, violín y acordeón. ¡Viva La Villa!