Raíces que hicieron historia: Un enfoque diferente
Cuando se habla o escribe de la historia de la persona negra en América Latina, regularmente quien lo hace lo inicia dando a conocer especulativos datos estadísticos, como testimonio de veracidad incuestionable e irrefutable acerca de la vida y obra de esta etnia en este continente. En esa forma se ha ubicado en veinte millones, (20,000.000) la cifra de nativos africanos, que desde el siglo XVI fueron trasladados a estas tierras en calidad de esclavos. ¿Más?, ¿Menos? ¿Quién lo confirma?, ¿Quién lo niega?.
Un número. Pero los hombres y mujeres que vivieron muriendo toda esa larga etapa, ni siquiera sabían de números. Ellos supieron de la convivencia con el dolor, a través del cual acumularon un posdoctorado en sufrimiento que asimilaron con un estoicismo de tal intensidad, que lo constituyeron en parte de los genes que siguió fluyendo con imborrable intensidad hasta una descendencia desconocida.
Una descendencia que hoy dice: Se acabó. Finito. Una descendencia que no está por reclamar nada. Porque ya clamó hasta el cansancio hasta la vergüenza. Y como en el desierto, nadie le escuchó. Esa generación no volverá a clamar; ha dicho no se reclamará.
Esta descendencia genética exigirá lo que le corresponde.
Sabido es que en aquellos que fueron instalados en este espacio geográfico no hubo voluntad alguna en cuanto a desalojar su entorno propio.
Sabido es que ellos fueron criminalmente atrapados, cazados como bestias, secuestrados para comercializarlos como objetos, como maquinaria de trabajo, sin derecho siquiera de morirse, so pena de castigo después de la muerte; que era quitarle esa esperada y ansiada oportunidad de visitar a sus dioses.
Por siglos esta etnia ha cargado con el peso físico del enriquecimiento de las otras, consideradas superiores. Cinco siglos parecen ser algo más que suficientes.
Hoy esta descendencia exige una reparación moral, un reconocimiento del daño inferido por quienes cometieron tantos desmanes, basados en la actitud del Papa de la Iglesia Católica cuando pidió perdón por lo que sus antecesores de dicha religión causaron a los nativos encontrados en un nuevo territorio; (para ellos); y fundamentados en un hecho más reciente, como lo es el enjuiciamiento que en cortes europeas, (inglesa y española) se alienta contra uno de los grandes violadores de los derechos humanos, a pesar del tiempo en que estos ocurrieran, ya que para tales delitos contra la vida de los seres humanos no puede ni debe aceptarse prescripciones.
La actual descendencia de la etnia negra, afroantillana, afropanameña en general, exige, que se le reconozcan los aportes que sus ancestros autóctonos y provenientes de otras áreas territoriales ampliamente conocidas, dieron para que se hiciera posible la más importante obra de ingeniería en Panamá, como lo es el Canal que revierte a sus genuinos dueños y que se ha constituido en una de las maravillas del mundo de todos los tiempos.
Exigimos que se levante una estatua al trabajador negro en un lugar de prominencia, visible a todos los que transitan por la mencionada vía.
Exigimos que por justicia se le dé a los descendientes de tanto sudor y sangre derramada en tan vital ruta, una adecuada representación en todo lo que concierna a esta construcción. Desde los actos ceremoniales, hasta lo que corresponda a su manejo y funcionamiento, en sus diferentes áreas.
Exigimos que como panameños, herederos de quienes en ningún momento escatimaron esfuerzo y que por el contrario, humildemente, supieron sobrellevar todos los agravios, exabruptos, abusos y discriminaciones por cumplir las tareas a ellos encomendadas, se haga ese reconocimiento público que exprese que hoy nos encontramos en una sociedad justa, en una democracia participativa, en una nación que ha superado los resabios del colonialismo, del hegemonismo, de la discriminación particularmente racial.
Un número. Pero los hombres y mujeres que vivieron muriendo toda esa larga etapa, ni siquiera sabían de números. Ellos supieron de la convivencia con el dolor, a través del cual acumularon un posdoctorado en sufrimiento que asimilaron con un estoicismo de tal intensidad, que lo constituyeron en parte de los genes que siguió fluyendo con imborrable intensidad hasta una descendencia desconocida.
Una descendencia que hoy dice: Se acabó. Finito. Una descendencia que no está por reclamar nada. Porque ya clamó hasta el cansancio hasta la vergüenza. Y como en el desierto, nadie le escuchó. Esa generación no volverá a clamar; ha dicho no se reclamará.
Esta descendencia genética exigirá lo que le corresponde.
Sabido es que en aquellos que fueron instalados en este espacio geográfico no hubo voluntad alguna en cuanto a desalojar su entorno propio.
Sabido es que ellos fueron criminalmente atrapados, cazados como bestias, secuestrados para comercializarlos como objetos, como maquinaria de trabajo, sin derecho siquiera de morirse, so pena de castigo después de la muerte; que era quitarle esa esperada y ansiada oportunidad de visitar a sus dioses.
Por siglos esta etnia ha cargado con el peso físico del enriquecimiento de las otras, consideradas superiores. Cinco siglos parecen ser algo más que suficientes.
Hoy esta descendencia exige una reparación moral, un reconocimiento del daño inferido por quienes cometieron tantos desmanes, basados en la actitud del Papa de la Iglesia Católica cuando pidió perdón por lo que sus antecesores de dicha religión causaron a los nativos encontrados en un nuevo territorio; (para ellos); y fundamentados en un hecho más reciente, como lo es el enjuiciamiento que en cortes europeas, (inglesa y española) se alienta contra uno de los grandes violadores de los derechos humanos, a pesar del tiempo en que estos ocurrieran, ya que para tales delitos contra la vida de los seres humanos no puede ni debe aceptarse prescripciones.
La actual descendencia de la etnia negra, afroantillana, afropanameña en general, exige, que se le reconozcan los aportes que sus ancestros autóctonos y provenientes de otras áreas territoriales ampliamente conocidas, dieron para que se hiciera posible la más importante obra de ingeniería en Panamá, como lo es el Canal que revierte a sus genuinos dueños y que se ha constituido en una de las maravillas del mundo de todos los tiempos.
Exigimos que se levante una estatua al trabajador negro en un lugar de prominencia, visible a todos los que transitan por la mencionada vía.
Exigimos que por justicia se le dé a los descendientes de tanto sudor y sangre derramada en tan vital ruta, una adecuada representación en todo lo que concierna a esta construcción. Desde los actos ceremoniales, hasta lo que corresponda a su manejo y funcionamiento, en sus diferentes áreas.
Exigimos que como panameños, herederos de quienes en ningún momento escatimaron esfuerzo y que por el contrario, humildemente, supieron sobrellevar todos los agravios, exabruptos, abusos y discriminaciones por cumplir las tareas a ellos encomendadas, se haga ese reconocimiento público que exprese que hoy nos encontramos en una sociedad justa, en una democracia participativa, en una nación que ha superado los resabios del colonialismo, del hegemonismo, de la discriminación particularmente racial.