Ramón Guerra: Periodista, maestro y líder
Entre los primeros y mejores amigos que tuve durante los gratísimos siete años que viví en Chiriquí, y luego para toda la vida, estuvo el inolvidable Ramón Guerra. Me lo presentó Chicho Brenes, dueño de Ecos del Valle, que, como él, también era periodista y apóstol del civismo. Con ellos alternó siempre el galardonado y apreciado periodista Juanito Gómez, que al alero acogedor de La Estrella de Panamá, no sólo desgranaban la agilidad y lucidez de sus letras, sino también su culto por un faro que todos admiraban: el recio director José Isaac Fábrega. Ecos del Valle era la parroquia sonora y pertinaz, donde nos sentíamos libres para escribir con holgura y libertad, desde economía hasta literatura, pasando por deportes, horizontes agropecuarios, política y noticias locales e internacionales.
Primero desde la Voz del Barú, y luego desde su atalaya, Radio Chiriquí, el inigualable acento incesante y luchador de Ramón tuvo diariamente pendiente de su palabra a la Provincia, casi hasta el momento de su muerte. ¿Muerte? ¡No! Porque en los recónditos pliegues de la solidaridad y el afecto, se siente indeclinable el característico timbre de su intenso y reverente mensaje de actualidad y de optimismo, en su lucha indeclinable por la honestidad, por la equidad, por el derecho de los hombres, especialmente de los más humildes.
No pocas diferencias encontró Ramón en su andar altivo, desafiante y persistente. Pero su firmeza nunca fue motivo de rudeza ni de intransigencia. Con la verdad y la entereza venció ardides e indisposiciones, y no pocas veces presencié el surgimiento de gratas y sanas relaciones con contrincantes poderosos, para expreso bien de la comunidad.
Como periodista, como empresario, como líder cívico Ramón ocupó siempre, sin protagonismos innecesarios, su puesto de vanguardia en las faenas que significaran progreso, mejoramiento, armonía y adhesión fecunda en tareas de interés comunal. Juntos compartimos preocupaciones por asilos, por escuelas, por becas a estudiantes pobres; juntos, con grupo distinguido de chiricanos, llevamos al pleno de la Asamblea Nacional el reclamo justo y urgente por mejores centros de salud, por la creación del Patronato del Hospital José Domingo de Obaldía; juntos desafiamos entuertos y malicias de la política criolla, creando en el ’64 el Comité Nacional pro Pureza Electoral, con el apoyo de instituciones cívicas y profesionales, en prevención de lo que más tarde sería uno de los más tristes capítulos de nuestra historia republicana. Ramón fue un incomparable compañero de luchas, que hizo suyas las angustias de los indios, de los maestros, de los obreros, de todos los que necesitaran una voz o una bandera.
Yo recuerdo su empeño pionero en los primeros años de los sesenta, para instalar la primera planta de televisión fuera de la capital. Muchos nos unimos a su esfuerzo tesonero, pero, a pesar de la novedad de sus programas, los recursos de la comunidad y su tamaño no podían, por ese entonces, comprometerse a tal empresa.
La Feria Internacional de David recibió sus fructíferas inquietudes y diligencias, al igual que el Club de Leones de David, el Sindicato de Periodistas y otras instituciones que han hecho patente su gratitud perpetuando en diversas formas su memoria.
Hoy una legión de amigos, de todos los rincones del país, lamenta su ausencia, extraña su voz orientadora, y guarda comprometida el norte vibrante de sus luchas por la dignidad y bienestar del país; especialmente de su querido Valle de la Luna, del que no fue oriundo, pero a quien, en acto de auténtica adopción plena, que es la característica de esa mágica e integrante ‘regionalización’ provinciana, encendió para que vistiera "su camisa holgada de cotín listado" y usara "de junquillo flexible su sombrero", para que inflamara en su pecho un corazón "que es todo compasión para el dolido", y viera "florecer su anhelo", como don Chago Anguizola, para que fuera su gloria mayor "ser chiricano".