Reaparece la mendicidad infantile
Qué sentido tiene destinar cien o más millones de balboas anuales en subsidios a la pobreza en áreas de pobreza extrema del interior del país, sobre todo en zonas indígenas, si se descuida la ciudad capital al extremo de que han reaparecido centenares de niños mendigos en los semáforos, con los riesgos que ello implica.
Son verdaderos enjambres, los que están presentes a toda hora, con o sin huelga de educadores. Los hay de todas las edades y de ambos sexos. En algunos casos, se da hasta una mal disimulada oferta de prostitución infantil, con la lastimosa presencia de madres de niñas, a las que procuran vestir provocativamente, con el obvio propósito de tentar a los automovilistas. ¿Y las autoridades responsables? Bien gracias.
Urge sacar a los niños de las calles y, en este sentido, el Gobierno no está haciendo lo suficiente, a pesar de contar con más dinero que nunca, producto de su reforma tributaria y el auge económico. Hay que enviar trabajadores sociales a visitar los hogares y brindar alternativas. Y, si es preciso, subsidiar centros de crianza y educación a cargo de organizaciones religiosas o privadas, que se encarguen de recogerlos y atenderlos.
En todo esto, hay mucha hipocresía. Por una parte, el Estado no endurece las penas contra los menores delincuentes, porque no es la solución; pero por la otra, nada hace para sacarlos de las calles que son fábricas del crimen. Igual ocurre con la represión de las relaciones entre adultos y menores, cuando las autoridades se cruzan de brazos frente a la misma situación. Que pare ya la mentira de que es la sociedad la culpable. Es el Estado el que no cumple con su deber, ni gasta los impuestos donde debiera.