default

Recapitulaciones


EL TIEMPO lo consume todo. Nos pasamos la vida creyendo que el tiempo es infinito, pero el tiempo se ríe, abre sus manos y nos muestra lo que es finito. Hay gente que a veces hace cosas para "matar el tiempo", pero es el tiempo el que con paciencia termina matándola. Hay gente soberbia que piensa que llegó su tiempo, cuando en realidad lo que ocurre es que el tiempo la usa, pero lo hace por un momento solamente, para desecharla después, como corresponde a toda lógica de gasto. Hemos desarrollado una cultura de consumo del tiempo, que nos ha hecho cada vez más ciegos ante las mil formas en que el tiempo consume los principios, los valores, las verdades, y las certezas que solían servir como puntos cardinales de la existencia humana.
Ahora todo es relativo según el tiempo en que vivimos. Somos capaces de reconocer el tiempo en que estamos, pero no sabemos qué es el tiempo. Si lo supiéramos, no nos ocuparíamos tanto en ponerle fechas a las cosas, pues el calendario (esa manía de contar, cuadricular, dividir) es una evidencia incontrastable de la ansiedad perturbadora que nace de la incapacidad de entender el tiempo. Para entenderlo necesitamos echar el brazo atrás, como decía Ortega, y recoger los detritus que dejó el paso demoledor del almanaque.
Como el tiempo está más allá de lo que entendemos, decidimos partir este año en tres pedazos, curiosamente iguales en su duración, asombrosamente desiguales en su configuración. La misma gente en el mismo ambiente con los mismos problemas, pero decidimos que habría tres tiempos distintos, tres estados de ánimos distintos, cargados de esperanzas y esperas muy diversas. Fueron cuatro meses de campaña electoral, cuatro largos y aburridos meses que terminaron sin sobresaltos ni sorpresas. Durante esos cuatro meses nadie pudo cambiar lo que estuvo decidido desde el inicio mismo del año. La voluntad política de los panameños y las panameñas fue inquebrantablemente la misma durante todo el periodo, pero las reglas de nuestra democracia nos obligaban a comportarnos como si no supiéramos el resultado de las elecciones, como si algo estremecedor pudiera ocurrir durante la campaña que cambiara el destino prefijado. Se llenó el mundo de frivolidades publicitarias, que pretendieron, además, hacernos creer que eso es la política. Y nada cambió.
Como una espada que rasga una tela, el 2 de mayo marcó un antes y un después. No fue el entusiasmo por los colores ni el culto por los nombres. Fue algo intangible, parecido a lo que los alemanes llaman el Zeitgeist. El tiempo sentenció que lo que hasta ese momento había sido, dejó de serlo; mas lo que sería, no lo era aún. Como tenemos que ponerle nombres a las cosas, a esto le llamamos "la transición", y también duró otros cuatro largos meses, que debieron ser aburridos, pero que no lo fueron. En principio, nada debió haber cambiado durante este incoloro racimo de semanas y meses, puesto que el gran cambio estaba constitucionalmente programado para el primero de septiembre. Pero somos humanos y los humanos somos seres vulnerables, sobre todo cuando vemos desaparecer súbitamente los efectos magnéticos que la silla presidencial solía tener y, así, de repente, ya no tiene.
Los legisladores, que recuerdan a Neruda ("Nosotros los mismos de antes, ya no somos los mismos"), imantados en una nueva dirección, descubrieron una súbita vocación por hacer normas constitucionales. Y cambiaron la Constitución, pero nada cambió.
"Más empleos, más seguridad, cero corrupción" es un buen slogan de campaña, sobre todo en la forma vertical en que solía aparecer en los afiches, pero no ofrece una guía para la acción, que es el terreno que habita el señor Presidente. La verdadera fórmula que resume su compromiso es, según ha dicho en fecha reciente, "Transformaré este país". Me quedo con estas palabras. Palabras mayores, enfáticas, cuidadosamente seleccionadas (o, al menos, así lo espero). Un país cuya seguridad social ya no es un problema, sino una solución. Un país que ha logrado convencer a los principales generadores de riqueza que sin una tributación equitativa no hay paz social. Un país que combate la corrupción y en el que hay cero impunidad. Un país en el que la promoción de las libertades económicas va acompañada de la responsabilidad social de las empresas. Un país próximo a alcanzar las Metas del Milenio. No es Jauja, pero es mejor que lo que tenemos. ¿Cuánto tiempo toma hacer todo esto?
¿Estamos viviendo ya una nueva época, que nuestra ceguera -que sólo ve calendarios- ciega de tanto engaño, se resiste a mirar? Este último jirón de tiempo, superpuesto a los otros idos, gastados, consumados, en tanto consumidos, ¿podrá florecer? Sus hombres y mujeres, ¿aprenderán a hacer del tiempo su pasto? ¿O serán finalmente pasto del tiempo?
En este espacio, en el tiempo que toma escribir esto, ¿ha logrado este artículo conjurar -los males del tiempo, sólo para caer víctima de los males sin tiempo? ¡Qué tan magnífica ilusión es escribir para nuestro tiempo, como quien lucha por algo, contra algo! ¿Qué sería de esta ilusión sin la disciplina férrea de las rotativas y sin el compromiso de una empresa que cree en el tiempo de las libertades sin tiempo? Una cosa tan arbitraria como la culminación de un ciclo en el movimiento de traslación de un planeta alrededor del sol es un buen pretexto para reconocer también la proeza de todos aquellos que participan en la más grande empresa civilizatoria: la generación del tiempo. A la gente de EPASA y a sus lectores, porque sin ellos no habría EPASA, ¡feliz año 2005! Quiero decir: que tengamos una feliz creación del año 2005.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América