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Recordando el Futuro: Política y Gobernantes. Establecimiento de la República, 1903-1931: Más sobre frustraciones de la República con los EU


La semana pasada destaqué las consecuencias del personalismo caudillista y presidencialista de Porras y las primeras frustraciones de la República con los Estados Unidos (EU). Hoy continúo con el tema de estas frustraciones. En la relación histórica de Panamá con los EU las frustraciones siempre han acompañado las oportunidades. Desde muy temprano se había comenzado a tomar conciencia crítica de la subordinación jurídico-política que representaban los términos del convenio canalero Bunau Varilla-Hay de 1903
Una de las primeras, si no la primera, expresión de esta conciencia fue de la Junta Provisional de Gobierno, cuando el 15 de enero de 1904 en su Mensaje a la Convención Nacional Constituyente manifestó: “puede parecer desfavorable a nosotros en ciertos respectos,” y argumentó lo delicado y confidencial de las razones que tuvo en cuenta, las cuales revelaría “en caso de que juzguéis indispensables conocerlas”. Otra, mucho más explícita, fue la de Tomás Arias Avila, en su calidad a la vez de Secretario de Gobierno y de Relaciones Exteriores, cuando el 27 de julio de 1904 le envió un Memorándum al Ministro Plenipotenciario de los EU, John Barret, en el cual le advirtió que la interpretación norteamericana con respecto a puertos, aduanas y correos “pugna con el concepto que del mismo tratado y acerca de los mismos puntos se ha formado el Gobierno de Panamá...y que siendo Panamá dueña originaria de la Zona del Canal, lo que en esa Zona no ha cedido expresamente se lo ha reservado...Finalmente y como desarrollo de la mente del Tratado por el cual se le asegura a la República de Panamá su soberanía económica y fiscal dentro y fuera de la Zona del Canal, aquélla considera que los derechos que se reservó de una manera tan clara y terminante no han sido atendidos”. Juzgaba en sus Memorias que el Tratado Hay-Bunau Varilla no fue negociado sino impuesto” y, defendiéndose en 1926 de críticas que estimaba injustas, afirmó: “...el referido Tratado resultó deficiente; en él no están solucionados los diferentes asuntos relacionados con la vida nacional, pero sin él la República no existiría.”
Con esas perspectivas inició Tomás Arias Avila la larga tradición generacional de diplomacia reivindicativa de Panamá de cara a los EU. Por haber sido un conservador doctrinal y el propulsor del controvertido artículo 136 de la Constitución de 1904, se ha cometido la injusticia por prejuicio de no reconocerlo como el iniciador de esta diplomacia. La metodología panameña de diplomacia insistente e inteligente, pero flexible para aprovechar oportunidades, ha dado resultado en el rescate final de nuestra soberanía sobre el Canal, donde la metodología cubana de perenne dureza y confrontación no ha logrado aún su objetivo de recuperar Guantánamo.
Pero con frecuencia los observadores extranjeros mal interpretaron el proceder panameño. Por ejemplo, en un libro de un alto funcionario del Ministerio belga de Colonias, Jacques Crokaert, publicado en 1927, bajo el título “La Meditérranée Américaine, l’expansion des États Unis dans la mer des Antilles”, se auguraba que con el Tratado Kellog-Alfaro de 1926 Panamá parecía preparado para el protectorado. Sin embargo, al rechazarlo la Asamblea de Panamá, con el liderazgo de los diputados Harmodio Arias y Domingo H. Turner, y con el apoyo de Acción Comunal, el autor se vio obligado a dejar constancia de su sorpresa en una nota: “Este libro se encontraba en prensa cuando llegó la noticia inesperada del rechazo por el parlamento panameño del tratado con los Estados Unidos. Las negociaciones entre ambos Estados recomenzarán”. El autor no había previsto el impulso nacionalista que se comenzaba a sentir en Panamá o más bien no había comprendido el modo panameño de expresar su nacionalismo.
En cuanto a la construcción misma del Canal, con miras a la cual se decidió la Independencia, la realización de 1904 a 1914 fue muy exitosa en sí misma y en su impacto económico en Panamá, pero fue costosa. A mediados del primer período presidencial de Porras se inauguró el Canal de Panamá, cuando el barco Ancón cruzó el Istmo de Panamá el 15 de Agosto de 1914. Según McCollough en The Path between the Seas, el gasto en dólares por parte del gobierno norteamericano fue de $352,000,000, incluyendo los $10,000,000 que se le pagaron a Panamá y los $40,000,000 a la Compañía Francesa, más que lo que se había gastado en cualquier otro esfuerzo de construcción en la historia de los Estados Unidos. Sumando el gasto norteamericano al francés se llegó a un costo total de $639,000,000, con la parte norteamericana habiéndose hecho sin la corrupción que era endémica en trabajos semejantes. “El otro costo desde 1904, de acuerdo con los registros de hospital, fue de 5,609 vidas por enfermedad o accidente. No menos de 4,500 de estas vidas fueron de empleados negros. El número de americanos blancos que murieron fue de aproximadamente 350”. Y si se sumaran las vidas perdidas durante la etapa francesa se podría, quién sabe, haber alcanzado la cifra de 25,000 vidas.
La pérdida de empleos después de la terminación del Canal impactó sobre todo en la segunda mitad de la década. En la Investigación Económica de la República de Panamá realizada por banqueros norteamericanos a partir de 1928, se destacó, además, que “aún cuando el volumen del tráfico actual a través del Canal alcanza los cálculos que se habían hecho y las ciudades del Istmo derivan importantes beneficios del Canal, el desarrollo comercial del Istmo no ha alcanzado el auge que se había previsto en un principio... es probable que el pueblo panameño fue un poco exagerado en las esperanzas que se forjó acerca del desarrollo comercial como resultado de la construcción de la gran vía, y cuya ilusiones no guardaban relación alguna con el desarrollo económico de Panamá y los países servidos por el Canal...”
Hubo, además, como parte del problema de definir las fronteras entre Panamá y Costa Rica, que hacerle frente a otro acontecimiento que enardeció el sentimiento nacional, involucrando también a los EU, la Guerra de Coto a partir del 21 de febrero de 1921. La situación adversa se produjo para Panamá, a raíz de la Convención Anderson-Porras entre Panamá y Costa Rica, negociada por Belisario Porras en su calidad de Ministro en Washington y aprobada en 1910 bajo la presidencia de Mendoza. Esta aceptaba someter resultados del Laudo del presidente francés Émile Loubet sobre la frontera con Costa Rica, emitido en 1900, que nos favorecía, a otro árbitro, Edward White, Presidente de la Corte Suprema de Justicia de los EU, quien emitió su decisión en 1914, que nos fue desfavorable.
El primer Secretario de Relaciones Exteriores del Presidente Amador, Tomás Arias, había tomado la posición de que Panamá debía insistir en la aceptación por parte de Costa Rica del Laudo Loubet tal y como Costa Rica se había comprometido antes de su emisión. Criticó por ello el Tratado Guardia-Pacheco de 1905, que Costa Rica no aprobó, aunque tácitamente desechaba el laudo y se sometía a nuevas negociaciones asuntos ya resueltos en favor de Panamá. Más crítica todavía fue su posición sobre lo que llamó en sus Memorias “el nefasto tratado Anderson-Porras”, ya que dicho acuerdo desconoció el Laudo Loubet definitivamente y comprometió a Panamá con la eventual decisión White. A pesar de las advertencias de Tomás Arias, Mendoza y Porras no parecen haber vislumbrado la posibilidad de que en este caso también el poder que juzga estuviera subordinado al poder que gobierna y que este último respondiera a intereses bananeros.
El gobierno de EU obligó entonces a Panamá a ceder terreno sobre el cual ejercía control, sobre el que recuperó control cuando Costa Rica se lo quitó al iniciar la guerra y que el Laudo Loubet le había reconocido. Fue una dura lección en el sentido de que la relación canalera con los EU no significaba una ventaja para Panamá en el escenario internacional, salvo si su posición correspondía a los intereses norteamericanos.
A estas frustraciones en el plano internacional se añadieron otras en Panamá mismo: el desarme de la Policía Nacional por ultimátum norteamericano (1916), la ocupación norteamericana de Chiriquí (1918-20), las pretensiones norteamericanas sobre la Isla Taboga (1918) y sobre Bahía de las Minas (1919), y la rebelión de la República de Tule (1925) en Kuna Yala, que además de plantear el problema social, cultural y político de la integración de los pueblos indígenas en la República, exponía un caso en el cual las autoridades norteamericanas de la Zona del Canal tuvieron conocimiento previo de un grave problema que se le presentaría a Panamá, pero no se lo avisaron al gobierno panameño, en este caso al del Presidente Chiari.
Además, para modernizar la administración pública, Porras nombró a norteamericanos a la cabeza de agencias oficiales panameñas: los Sres. Ruan y Morrel a la cabeza de la maquinaria fiscal, el Dr. Babock a la cabeza del servicio de salubridad y hospitales; el Sr. Strokelberger a la cabeza del servicio de adquisición de materiales y compras; el Sr. Lammastus a la cabeza del Penal de Coiba y el Sr. Albert Lamb como Inspector General de la Policía. Ello suscitó una reacción negativa entre los profesionales jóvenes panameños. “La crítica se hacía difícil, precisa Goytía en su estudio Los Partidos Políticos en el Istmo. Quienes se aventuraban a ella, eran invitados a la Presidencia. El Dr. Porras trataba de disuadir a sus noveles críticos con argumentos como el que dejamos expuesto [que el país carecía de especialistas teórica y prácticamente capacitados]; pero si reincidían, la pérdida de cualquier empleo o contrato celebrado con el Estado por ellos o sus parientes no se hacía esperar...”
Ello contribuyó por reacción a la integración de Acción Comunal con una ideología nacionalista y un carácter de sociedad secreta, que se daría a la tarea de acabar con lo que Porras y sus rivales-adláteres llegaron a representar para los jóvenes profesionales que se habían educado bajo la República, a saber una falta de suficiente identidad nacional como también de honestidad administrativa.
Así, a golpe de malentendidos y frustraciones con los EU, Panamá se beneficiaba de su asociación con la poderosa, rica y dinámica nación, que se encontraba ya en camino hacia su condición de potencia mundial. Pero al mismo tiempo, iba tomando conciencia más aguda de su propia identidad nacional, en la misma medida en que experimentaba la disparidad entre las dos naciones y aprendía estrategias de país pequeño y pobre para sobrevivir e incluso desarrollarse al lado de uno de los gigantes de la modernidad. Su relación con los EU fue desde el comienzo básicamente ambigua.

101 años de Panamá América

 
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