Recordando a Fidel en la Universidad
A sus 75 años de edad, Fidel Castro tuvo la energía suficiente para extender su discurso hasta la medianoche -el 18 de noviembre del año pasado-, fecha inolvidable para los grupos izquierdistas, cuyos gritos se estrellaban en las paredes del paraninfo de la Universidad de Panamá.
Castro se regocijó ante los aplausos y vivas del público, que mansamente se silenciaba cuando "el comandante" reiniciaba su exposición. El embargo económico de Estados Unidos (EU) a Cuba y el presunto complot de Luis Posada Carriles en su contra, financiado por lo que calificó de forma despectiva como "la gusanera de Miami", fueron sus temas repetitivos. También recordó la constante preocupación de su gobierno por la educación y la salud de sus compatriotas. Pero, al "comandante" se le olvidó mencionar que un saludable abogado cubano, sobrevive con un salario equivalente a 30 dólares mensuales. Aparte de dicha laguna mental, Castro enardeció a los inagotables estudiantes -que encaramados en las butacas-, agitaban sus respectivos estandartes ideológicos.
Quienes permanecieron de pie, se conformaron con estirar el cuello hasta ojear cualquier gesto fidelista, para tener algo que contar después. Algunos como un popular dirigente del SUNTRACS, un ex procurador de la nación y un veterano presentador de televisión, escucharon extasiados los planteamientos del gobernante caribeño, quien visitó Panamá en el marco de la X Cumbre Iberoamericana de presidentes y jefes de Estado. Castro se sintió a gusto y libre de expresar cuanto pudo en dos horas en el foro universitario, que se convirtió en un hervidero de pasiones doctrinarias. Su placer aumentó cuando el Rector de la máxima casa de estudios, le entregó una presea de bienvenida. Presente que horas previas, revisaron los agentes de la inteligencia cubana, con quienes los espectadores se tropezaban en cada rincón de la acalorada sala.
Era fácil reconocerlos. Los delataba su pulcro vestir, unos con sacos azules, otros con camisas de manga larga, y todos, fornidos de mirada maliciosa. Tanto en el estacionamiento, próximo al paraninfo, como los edificios cercanos, estaban al celoso cuidado de los colaboradores de Fidel. A diferencia de los regordetes y confiados miembros de la seguridad universitaria, que se limitaron a recibir las instrucciones de los gigantes castristas. Familias enteras esperaron la espectacular salida del autodenominado "patriota", tras un discurso cuyo contenido evidenció el culto a la propia imagen de Castro, quien 42 años después, se enorgullece de su revolución socialista y su resistencia a cualquier atisbo de alianza con EU.
Castro se regocijó ante los aplausos y vivas del público, que mansamente se silenciaba cuando "el comandante" reiniciaba su exposición. El embargo económico de Estados Unidos (EU) a Cuba y el presunto complot de Luis Posada Carriles en su contra, financiado por lo que calificó de forma despectiva como "la gusanera de Miami", fueron sus temas repetitivos. También recordó la constante preocupación de su gobierno por la educación y la salud de sus compatriotas. Pero, al "comandante" se le olvidó mencionar que un saludable abogado cubano, sobrevive con un salario equivalente a 30 dólares mensuales. Aparte de dicha laguna mental, Castro enardeció a los inagotables estudiantes -que encaramados en las butacas-, agitaban sus respectivos estandartes ideológicos.
Quienes permanecieron de pie, se conformaron con estirar el cuello hasta ojear cualquier gesto fidelista, para tener algo que contar después. Algunos como un popular dirigente del SUNTRACS, un ex procurador de la nación y un veterano presentador de televisión, escucharon extasiados los planteamientos del gobernante caribeño, quien visitó Panamá en el marco de la X Cumbre Iberoamericana de presidentes y jefes de Estado. Castro se sintió a gusto y libre de expresar cuanto pudo en dos horas en el foro universitario, que se convirtió en un hervidero de pasiones doctrinarias. Su placer aumentó cuando el Rector de la máxima casa de estudios, le entregó una presea de bienvenida. Presente que horas previas, revisaron los agentes de la inteligencia cubana, con quienes los espectadores se tropezaban en cada rincón de la acalorada sala.
Era fácil reconocerlos. Los delataba su pulcro vestir, unos con sacos azules, otros con camisas de manga larga, y todos, fornidos de mirada maliciosa. Tanto en el estacionamiento, próximo al paraninfo, como los edificios cercanos, estaban al celoso cuidado de los colaboradores de Fidel. A diferencia de los regordetes y confiados miembros de la seguridad universitaria, que se limitaron a recibir las instrucciones de los gigantes castristas. Familias enteras esperaron la espectacular salida del autodenominado "patriota", tras un discurso cuyo contenido evidenció el culto a la propia imagen de Castro, quien 42 años después, se enorgullece de su revolución socialista y su resistencia a cualquier atisbo de alianza con EU.