default

Recordando Las Tablas


Es domingo de carnaval y de seguro, como dice el refrán, los panameños lo estamos tomando en serio. Recordar momentos buenos de la vida, siempre, es agradable y de esto se trata este artículo.

A mediados de los ‘70 fui por primera vez a Las Tablas. La costumbre duró consecutivamente 12 años de mi vida. Eran tiempos de tuna, tambor, violines, polleras, camisillas blancas, Fito Espino y Osvaldo Ayala en Calle Abajo y Calle Arriba, respectivamente. La cuna del folklore se vestía de gala y así se lo hacía saber y sentir a todos los visitantes que por esas rutas llegábamos.

La amistad con la familia González Ruiz me permitía llegar a su tradicional portal y desde allí ver la fiesta y disfrutar del baile en palco privilegiado. Ir a bailar al toldo era posible y seguro, cosa que hacíamos ya para rematar la noche. En el Royal Yin con Toby Muñoz era toda una fiesta hasta las claras de la mañana. El cuartel de Calle Abajo, a poca distancia, servía los propósitos de la fiesta mañanera, los tradicionales culecos, luego de los cuales disfrutábamos de un increíble viaje al Charco Pilón en donde nos recibían tambores, violines y acordeones, antes de meternos al río para quitarnos el añil que teñía buena parte del cuerpo y aliviar el impacto de los alcoholes tomados bajo pleno sol tableño.

Anécdotas, de todo tipo. Unas, las podría contar. Otras, jamás, sobre todo para proteger la identidad de los "inocentes". Eran otros tiempos. Hoteles pequeños, siempre sin agua, internados de escuela, casitas alquiladas, carpas de campaña, en fin, donde se pudiera, pero allí estábamos. Mojadera con agua helada desde el jeep de Raúl Méndez en medio parque.

Una anécdota espectacular fue cuando mi compadre Telembí Pérez y yo, luego de un culeco un domingo, nos fuimos a tomar un sancocho. Al lado disfrutaba el suyo el difunto Dr. Yeyo Arias, esposo de Marisín Villalaz. Era tal el estropeo que cayó dormido en el plato del sancocho y tuvimos que rescatarlo en medio del burbujeo para evitar así registrar el primer ahogado en un plato de sancocho. Pero nos divertíamos… y de qué manera.

Tuve el placer de disfrutar algunos domingos, algo muy propio del lugar. Don Chico González Ruiz reunía en el patio de la familiar casona a un grupo folklórico de violines, caja, tambor y acordeón. A ese compás se bailaba y cantaba canciones del antaño tableño, mientras algunas presitas de puerco, entre trago y trago, nutrían la hambruna. Además de fiesta, era la vinculación familiar con su tierra ante sus invitados.

He regresado en el tiempo. No es lo mismo. Los amigos del Cuartel siempre allí, defendiendo los colores; pero el resto, totalmente transformado. Lo folclórico, salvo las alegres tunas y carros, ha cedido el paso a músicas invasoras, ajenas a tan memorable sitio, al margen de la inseguridad propia de los tiempos.

Ojalá y se pueda retomar o rescatar algo de aquellos tiempos únicos. Las Tablas y su gran carnaval bien valen a pena.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América