Recordando a mi madre
Dios llamó a su presencia a mi madre cuando yo tenía nueve años de edad. Era ama de casa y siempre tuvo una vida sencilla y con mucho apego a Dios y amor al prójimo. Todos lo que la conocieron no pudieron sino hablar cosas buenas de ella, porque ésa era su naturaleza. Su nombre era Guillermina Varón de Ferrer.
El recuerdo más triste de mi vida es aquel viernes en la tarde cuando mi hermano y yo regresamos del colegio y se nos dio la triste noticia. Hace ya más de 47 años de ello y aún se me escapan las lágrimas de vez en cuando.
De niño, nunca pude entender el por qué tuvimos que pasar mi padre, mi hermano y yo por ésa dura prueba. Pero con el correr de los años, todos nos fuimos adaptando a una vida que, aunque en términos generales fue buena, siempre estuvo acompañada por la tristeza de su ausencia. Para mí no fue fácil aceptar que más nunca la vería ni podría sentir sus caricias, ni su presencia.
De adulto, un día, meditando en la soledad de mis pensamientos, surgieron de dentro de mí las siguientes palabras:
"Escribiste en mis blancas páginas de niño tus versos de amor, amor de madre; quedaron plasmadas en mi alma tus dulces caricias, tus tiernos mimos, como quedó plasmado en la roca el fósil antiguo, venciendo los siglos, hablando en silencio. Te fuiste, quizás sin despedirte, partiste llevando contigo parte de mi vida, la vida que tú me diste.
Te busqué entre las sombras, te busqué entre mis sueños, te esperé en cada alba, te extrañé en los recuerdos. Partiste delante de mí, alumbrando con sabiduría, los pasos que yo daría, para llegar hasta ti.
Ya tengo el paso seguro, hoy ya no te busco en penumbras, hoy ya yo comprendo, que en mí corazón, tú sigues viviendo".
Tristezas como éstas siempre estarán alojadas en algún rincón de nuestro corazón, pero debemos buscar dentro de ellas las enseñanzas que traen consigo. El ejemplo de mi madre con su manera de ver al mundo y tratar a sus semejantes, a pesar del poco tiempo que estuvo a mi lado, ha sido la mayor influencia positiva que he recibido en la vida. Y comprendí que fue precisamente su ausencia lo que me hizo verlo con más claridad. Y he tratado de seguir su ejemplo y enseñarlo a mis hijas y nietos porque sé que el mensaje de amor que ella nos legó es un mensaje de amor hacia el mundo que debo procurar transmitírselo a todo el que pueda y ponerlo en práctica para contribuir a hacer del mundo un mejor lugar para todos.
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