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Recordando a mi padre


A mis 56 años, con frecuencia recuerdo a mi papá, especialmente en fechas como este mes en que celebramos el Día del Padre. Cuando me encuentro ante una adversidad que no sé cómo enfrentar, me pregunto: ¿qué me hubiera recomendado él?, y una adecuada respuesta viene a mí. Fue un hombre sencillo, pero admirable. A través de su ejemplo aprendí el significado de honradez, respeto, decencia, responsabilidad, seriedad, esfuerzo, fidelidad, y amor filial y fraterno.

Amó a mi madre de la manera que sólo es posible hacerlo una vez en la vida; y ese amor fue mutuo. Ni la temprana muerte de ella, cuando sus hijos teníamos apenas 11 y 9 años de edad, perturbó la fidelidad de este amor que duró hasta su muerte, 32 años después, y habiéndose convertido en un abnegado padre. Fue un matrimonio ejemplar, como pocos.

Para él, el dinero nunca fue una finalidad sino un medio para vivir y sustentar a su familia y, aunque nunca le sobró, tampoco nunca le faltó. A lo que realmente le daba valor era a lo moral, lo social, a la amistad y al amor a la familia. Nunca participó en política ni perteneció a ningún partido político y siempre me recomendó no hacerlo porque, lamentablemente, todos esos sentimientos que especialmente desde nuestra juventud nos mueven a participar en política, se desvanecen cuando nos convertimos en "políticos". Los intereses creados terminan siempre tomando el control en esta actividad humana.

Tenía alta conciencia de ayuda y respeto al prójimo, poniéndose muchas veces en la parte de atrás de la fila. Fue siempre cordial y, sin ser zalamero, emanaba de él un gran cariño. Sobrevivió a varios infartos hasta que, tras 25 años de lucha, finalmente su viejo y maltratado corazón no pudo resistir, y la ley de la naturaleza tocó a su puerta.

Su nombre era Alfonso José Ferrer Stanziola, "Foncho". Como profesional, fue un respetado e intachable abogado, aunque su mayor deseo fue siempre haber sido médico, lo cual no pudo lograr debido a la falta de recursos económicos, ya que en aquel entonces la Universidad de Panamá no ofrecía medicina y él no podía costearse estudios en el extranjero. Y créanme que no solo hubiera sido un excelente médico, sino también uno con un muy alto sentido humanitario.

En algún momento de mi vida, debido a mi inmadurez y a la temprana partida de mi madre con su consecuente falta de guía y consejos, más allá de amarlo y respetarlo como padre, quizás no supe ver que era mucho más maravilloso de lo que le aquilaté en vida. Hoy me arrepiento por los dolores de cabeza y preocupaciones que le hice pasar, y si pudiera nuevamente abrazarlo y besarlo para pedirle perdón y decirle cuánto lo quiero y extraño y cuán orgulloso estoy que haya sido mi padre, cambiaría todo el oro del mundo por tener esa oportunidad.

101 años de Panamá América

 
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