default

Recuerdos de un concierto


Esta es la historia de un concierto musical (varias veces fallido, pero nunca abandonado), de las orquestas que han sido contratadas, de los músicos que han defraudado y del malestar del público que insiste en que quiere escuchar el tema de su predilección. La historia es muy larga y no puedo contar todo lo que he visto sobre las tablas, pero puedo referir de modo escueto lo sucedido recientemente.
Es imposible saber si el problema consistió en que se les olvidó la partitura, o si nunca la aprendieron -y sólo simulaban conocerla-, o si voluntariamente decidieron ofender al creador de la música. Me consta que los boletos de entrada decían que la pieza principal era una obra sinfónica llamada "La democracia" y que su autor era "El pueblo"; pero los artistas contratados decidieron luego comportarse de un modo extraño y unos salieron a romper los instrumentos de los que hacían el contrapunto, con lo cual la pieza era cada vez menos la misma. Algunos trataron de justificar una ejecución áspera, caprichosa y desacompasada, diciendo que se trataba de una banda cuya especialidad era el jazz de improvisación. Los que saben de música arguían que el jazz de improvisación es una forma muy sofisticada de comunicarse con la audiencia y que lo que estaba ocurriendo era que los músicos se habían desconectado de su público.
Un procaz y desconocido tema anónimo -llamado "Nadie me quita lo baila"o"- se convirtió en la principal tonada de la noche, cuando ya ninguno de los músicos hacía esfuerzo alguno por volver al tema principal. Los expectadores quedaron atónitos y empezó la silbatina, lo que era una inconfundible señal de rechazo en medio del espectáculo. Pero la banda siguió con su impopular melodía y pretendió, además, que el abucheo era una manifestación del encanto que sentía la audiencia por su inspirada variación del tema. Entre ellos se decían que no importaba mucho si tocaban tan mal porque la gente no sabe tanto del arte de Orfeo. ¡Qué más da, si cualquier sonido que sale de un instrumento es música!
Cuando llegó el momento de decidir sobre el próximo concierto hubo una aplastante mayoría que decidió que a estos señores había que bajarlos del escenario. Conocido el resultado de la nueva contratación, la supuesta banda de jazz de improvisación decidió maltratar los oídos de la ingrata audiencia con mayor estridencia en los minutos finales del show. A algún desorejado le pareció escuchar una nota que le gustó cuando la banda gritó: "¡Vamos, mano dura!", y ha tenido el desatino de aplaudir, cuando lo que en realidad decían era "Somos caradura". Otro también celebró cuando creyó que los músicos gritaban a coro: "Traigo indultos para ti", cuando en verdad decían "Traigo insultos para ti". Esto le ha proporcionado cierta satisfacción a los músicos que se burlaron de un público que fue a un concierto esperando presenciar otra cosa.
Después de todo, siempre habrá alguno que disfrutará la cacofonía y querrá hacer creer a los demás que se trata de un nuevo estilo. Por lo visto, el sentido del oído no está desarrollado en todos y cada uno de los individuos. Pero para no herir susceptibilidades preferimos hablar de diferencias de opinión.
El común de la gente insistió, "queremos escuchar La democracia", y por eso contrataron a otra banda. La mala noticia es que la nueva banda encontrará algunos instrumentos en mal estado, y sabe que cuenta con un tiempo muy corto para afinarlos, pues el público está un poco impaciente y quiere escuchar buena música pronto. La impaciencia no significa en modo alguno ausencia de expectativas. Más bien, reina un sano optimismo de que el nuevo director de orquesta hará una fiel interpretación de la gran obra. El buen clima con que se inicia ahora el nuevo concierto se debe entre otras cosas a que la nueva orquesta cuenta con músicos que son reconocidos como buenos o muy buenos. Pero en el fondo todos saben que eso no es suficiente. La música no está en la partitura, ni en el corazón de los músicos. (Eso no quiere decir que se pueda ignorar el pentagrama, o que no importa lo que los músicos tengan entre pecho y espalda). La música está en la acción.
Si el concierto va a ser bueno, o malo, lo sabremos cuando comience a tocar la orquesta. Como yo me conozco el texto musical, voy a estar muy pendiente de cómo suene cada instrumento. Sé que hay una sección de viento que se llama "transparencia" que deberá marcar cada movimiento de la hermosa pieza. Un grupo de cuerdas contrapuntea constantemente un subtema llamado "participación ciudadana", que evoluciona en forma de variaciones en escalas superiores. La sección de percusión, siempre oportuna, apoya la consumación de la compleja sinfonía a través de un ritmo simple que todos llaman "rendición de cuentas".
En la parte final de esta maravillosa obra, en medio de nobles cadencias y acordes armoniosos, la audiencia se levanta y se convierte en protagonista de su propio espectáculo. Confío en que el nuevo director no le tema a la llegada de ese momento. De él dependerá si sale en brazos de un público jubiloso, o si el éxito se produce ante una abúlica audiencia nuevamente decepcionada.
En mi asiento repaso los nombres de quienes han sido escogidos para subir a la tarima en este momento estelar. Compruebo que el optimismo está plenamente justificado. Espero, no obstante, que no haya esta vez, como hace cinco años, un arlequín haciendo el penoso papel de un mal concebido protocolo en el momento en que el director de la orquesta sube al podio. En unos pocos momentos no quedarán sino apenas los recuerdos del malogrado concierto anterior. Todo es expectación ante un nuevo comienzo. ¡Música, Maestro!

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América