Reduzcamos la planilla estatal
En los aciagos días de diciembre de 1989, cuando el presidente Guillermo Endara aumió el poder, en medio de los combates provocados por la invasión, el Estado sumaba 165 mil empleados públicos, producto de una irresponsable hipertrofia de la planilla estatal impulsada por la dictadura militar que veía en el pesado lastre un puntal de apoyo político que usaba en la forma de manifestaciones portátiles y batallones de la dignidad. A la postre, era un engaño. La inmensa mayoría de ellos no hacía más que sobrevivir y conservar su medio de sustento, sin simpatizar para nada con la tiranía.
Diez años después, en 1999, la planilla estatal había logrado ser reducida a 131 mil empleados, esto es en más del 20% en lo que parecía un milagro producto del esfuerzo sucesivo de las administraciones del propio Endara y de Ernesto Pérez Balladares. Este último impulsó el proceso de privatización de las empresas de electricidad y telecomunicaciones, con lo cual gran parte de los trabajadores estatales de las mismas pasaron al sector privado.
Lamentablemente, bajo el actual gobierno de Mireya Moscoso, el proceso de reducción de la planilla estatal se ha revertido, sufriendo un drástico incremento de 8% en tan sólo dos años, colocándose a fines del 2001 en 142 mil empleados, o sea, 11 mil más que en 1999. Para el presente año, se han sumado algunos miles de funcionarios, en lo que luce como una política de sistemático retorno al punto de partida. A ese ritmo, para diciembre del 2004, habremos vuelto al mismo nivel de los tiempos de los militares, previo al proceso de privatización, que como instrumento para reducirla, habrá sido en vano.
¿Por qué es bueno reducir la planilla? Para empezar, poda el denso follaje de una burocracia asfixiante, que no deja crecer al país. Cada trámite, desde los más sencillos a los más complejos, tiene por denominador común el verse precisado a pasar por una cadena interminable de manos y escritorios que todo lo demoran y todo lo encarecen, prestándose a la corrupción.
Otro problema es el peso de la planilla en el presupuesto, que deja muy poco para inversiones y atención de los pobres. Para colmo de males, muchos de esos empleados están amparados por convenios de aumento de salario automático que no guardan relación con el ritmo de los ingresos públicos ni con el estado de la economía nacional, ni con la calidad del servicio. Ese es el caso de los trabajadores del Seguro Social, del Ministerio de Educación y la Universidad de Panamá, entre otros. Y como nunca hay dinero, los paros y huelgas son una constante.
Cierto es que parte del aumento de la planilla en los últimos años se debe a la ampliación de ciertos servicios, como las escuelas y hospitales. Sin embargo, para eso hay también alternativas. Una de ellas es acceder a nuevos nombramientos al ritmo de las jubilaciones, despidos y retiros voluntarios, de modo que no aumente el total. Otra es la concesión de servicios al sector privado, para que sea éste el que provea el personal por su cuenta. En fin, debe adoptarse como política de Estado, reducir su planilla.
Utilicemos nuestra fuerza electoral en el 2004 para pagarles con la misma moneda, mostrándoles nuestro desprecio con nuestro voto. No hay otra manera. No permitamos continuar siendo engañados. Si lo permitimos otra vez y desperdiciamos la ocasión, estaremos perdidos. No tendremos derecho ninguno a quejarnos.
Hagámonos la firme promesa personal de darles una dura lección de coraje cívico en las próximas elecciones expulsándolos del mundo político. Pueblo : Haz tu lista. Yo tengo ya la mía.
Diez años después, en 1999, la planilla estatal había logrado ser reducida a 131 mil empleados, esto es en más del 20% en lo que parecía un milagro producto del esfuerzo sucesivo de las administraciones del propio Endara y de Ernesto Pérez Balladares. Este último impulsó el proceso de privatización de las empresas de electricidad y telecomunicaciones, con lo cual gran parte de los trabajadores estatales de las mismas pasaron al sector privado.
Lamentablemente, bajo el actual gobierno de Mireya Moscoso, el proceso de reducción de la planilla estatal se ha revertido, sufriendo un drástico incremento de 8% en tan sólo dos años, colocándose a fines del 2001 en 142 mil empleados, o sea, 11 mil más que en 1999. Para el presente año, se han sumado algunos miles de funcionarios, en lo que luce como una política de sistemático retorno al punto de partida. A ese ritmo, para diciembre del 2004, habremos vuelto al mismo nivel de los tiempos de los militares, previo al proceso de privatización, que como instrumento para reducirla, habrá sido en vano.
¿Por qué es bueno reducir la planilla? Para empezar, poda el denso follaje de una burocracia asfixiante, que no deja crecer al país. Cada trámite, desde los más sencillos a los más complejos, tiene por denominador común el verse precisado a pasar por una cadena interminable de manos y escritorios que todo lo demoran y todo lo encarecen, prestándose a la corrupción.
Otro problema es el peso de la planilla en el presupuesto, que deja muy poco para inversiones y atención de los pobres. Para colmo de males, muchos de esos empleados están amparados por convenios de aumento de salario automático que no guardan relación con el ritmo de los ingresos públicos ni con el estado de la economía nacional, ni con la calidad del servicio. Ese es el caso de los trabajadores del Seguro Social, del Ministerio de Educación y la Universidad de Panamá, entre otros. Y como nunca hay dinero, los paros y huelgas son una constante.
Cierto es que parte del aumento de la planilla en los últimos años se debe a la ampliación de ciertos servicios, como las escuelas y hospitales. Sin embargo, para eso hay también alternativas. Una de ellas es acceder a nuevos nombramientos al ritmo de las jubilaciones, despidos y retiros voluntarios, de modo que no aumente el total. Otra es la concesión de servicios al sector privado, para que sea éste el que provea el personal por su cuenta. En fin, debe adoptarse como política de Estado, reducir su planilla.
Utilicemos nuestra fuerza electoral en el 2004 para pagarles con la misma moneda, mostrándoles nuestro desprecio con nuestro voto. No hay otra manera. No permitamos continuar siendo engañados. Si lo permitimos otra vez y desperdiciamos la ocasión, estaremos perdidos. No tendremos derecho ninguno a quejarnos.
Hagámonos la firme promesa personal de darles una dura lección de coraje cívico en las próximas elecciones expulsándolos del mundo político. Pueblo : Haz tu lista. Yo tengo ya la mía.