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Reencuentro con Vargas Vila


CURSABA el suscrito el tercer o cuarto año de la Sección Liceo, en Letras, del Instituto Nacional de Panamá, aproximadamente en 1936 o 1937, cuando cayó en mis manos un libro del controvertido escritor colombiano José María Vargas Vila, ejemplar cuyo nombre no recuerdo, pero el cual llamó mi adolescente atención por su potencia de gran panfletario, y por los vuelos de su grandilocuente forma de escribir. Adquirí el ejemplar en la Librería Benedetti Hermanos, ubicada frente al National Bank y Botica Preciado, en nuestra Avenida Central, cerca de la Iglesia La Merced. En aquel lejano año ya me había aficionado a la lectura impenitente de numerosos libros, y posteriormente, cerrada esa Librería, obtuve otros ejemplares del mencionado autor en el abigarrado comercio que se denominaba El Morro de Arica, cuyo propietario fue mi amigo y proveedor de buenos libros, entre ellos algunos del escritor a que he aludido.
Desde luego que cautivaron mi fervor de lecturas las páginas furentes de Vargas Vila, en contra de los Gobernantes conservadores de Colombia, de fines del siglo XIX y principios del XX (incluso algunos panameños de 1903), y mucho menos su exhibicionismo de ateo y enemigo de la Iglesia conservadora bogotana, y sólo un poco sus novelas cargadas de aquellas prosas enormes con que se desarrolló la novela modernista de entonces, seguidora de las huellas del genial Rubén Darío.
Como sucede siempre con las prohibiciones, la incorporación de Vargas Vila al Índice del Vaticano hizo de gran propaganda y en sus años de residencia europea (1900 hasta su muerte en 1933), sus derechos de autor le permitieron una vida lujosa, con varias villas en España y en Italia. Recuerdo que uno de sus libros estuvo precedido de una irreverente nota dirigida a las Damas Panameñas creadoras de la Liga contra los libros de Vargas Vila, notícula en la que ese autor dio su respuesta: Que continúen las Damas Panameñas haciendo Ligas contra los libros de Vargas Vila, porque Vargas Vila no hará libros contra las Ligas de las Damas Panameñas.
Dijo alguna vez el argentino Borges que no había conocido ningún otro autor en español que fuera más tórrido en el insulto que mi modelo en la forma de escribir, durante mi juventud. El culto por el adjetivo exacto y elocuente se lo debo a Vargas Vila, pero confieso que no fui ni soy vargasviliano. El fue un misógino bastante anarquista, casi un ediptómano alimentado por Schopenhauer, por Nietzsche y por otros autores de la época.
Vargas Vila fue un autor proscrito en Colombia, pero muy leído allí y en el resto de América Latina, sobre todo en ediciones piratas que todavía circulan profusamente. La mayoría de los libros que adquirí de él, pertenecen a la edición lujosa y definitiva del barcelonés Ramón Sopena que todavía conservo, en número considerable.
Ahora la Librería Cultural, de los Hermanos Fraguela, ha traído una edición lujosa de ocho libros de Vargas Vila, publicadas en Bogotá, como culminación de lo que podría considerarse como la re-valuación de Vargas Vila en Colombia, que data de algunos años y que creo culmina en esta nueva edición, que ignoro por qué se ha quedado, desde 1999, en los ocho volúmenes aludidos. Esta nueva edición está acompañada de introducciones muy valiosas, de autores colombianos y que han escrito en nuestros días, me parece que meritoriamente en torno a las obras vargasvilianas. He vuelto a leer, pues, algunas de las obras que enriquecieron mi cultura y mi uso del idioma. Nunca pensé que andando los años, haría este reconocimiento. Pero como imparcial en materia de cultura y de religión, creo que todavía hoy la lectura de Vargas Vila es provechosa y aleccionadora, sobre todo porque también nos deja una estela del buen decir, pese a sus exageraciones estilísticas con las que no hemos comulgado nunca.
La respuesta de uno de los meseros al ser consultado sobre las normas que prohíben fumar en sitios cerrados fue sólo, encogerse de hombros, sonreir y seguir atendiendo otros clientes.

101 años de Panamá América

 
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