Reflexión navideña
A la medianoche de hoy, por una tradición inveterada de la Iglesia, los cristianos y católicos del planeta celebramos el nacimiento del Mesías, el hijo de Dios Todopoderoso hecho hombre, que vio la luz en un humilde pesebre de Belén, rodeado de sus padres y unos cuantos animales, un burro, una vaca y unas ovejas.
El significado que se ha dado desde siempre a las condiciones deplorables en que nació Jesús de Nazareth, ha sido el de la humildad y la solidaridad que ya de adolescente y adulto, proclamaba en sus mensajes y parábolas, y que son condiciones que deben caracterizar a todo buen cristiano.
Es propicia la ocasión para reflexionar hoy cuando el planeta entero se debate sobre las causas de la debacle económica y financiera global, cuyas consecuencias aún resultan impredecibles para la humanidad entera, sobre esas dos condiciones.
Una de las más graves deficiencias de los seres humanos del siglo XXI es la ausencia del espíritu solidario. Y no nos referimos a aquella manifestación que aflora cada vez que hay tragedias naturales o que se organiza una Teletón, no. La solidaridad cristiana comienza por el amor al prójimo, por el respeto de las diferencias entre todos y por el reconocimiento de que tenemos que procurar una sociedad más humana, más equitativa y mucho, pero mucho, menos materialista.