Reflexiones en torno al Canal
La más seria competencia que puede afrontar el Canal de Panamá es, precisamente, nuestra incompetencia para entender su verdadero rol dentro del comercio mundial y los complementos que, a la par de la vía y aprovechándose de nuestras muy privilegiadas condiciones, pudiesen operar para beneficio del país entero.
En publicaciones recientes, varios autores han mencionado la posibilidad de que la ruta istmeña quede obsoleta frente a alternativas que se construyan en otras partes del continente americano. ¿Cuáles?
Para comenzar, hacer una nueva trocha interoceánica - ya sea empleando los ríos Atrato en Colombia o el San Juan en Nicaragua - sería una aventura financiera tan descabellada que causaría un peaje brutalmente superior al que pagan en la actualidad las naves que transitan por el atajo panameño.
Descartada la construcción de un nuevo canal quedarían por evaluar otras opciones para transportar productos entre ambos mares utilizando métodos de conducción terrestre, trasiegos a través de equipos mecánicos, los puertos de carga y descarga donde puedan atracar los buques, la distancia entre ellos y las condiciones sociopolíticas de una región dada.
Teniendo en operación la única vía acuática que une los dos océanos más grandes del planeta, además de miles de hectáreas e instalaciones que acaban de revertir a nuestro país en sus riberas, cincuenta millas de separación entre costa y costa que pronto serán servidas por un remozado ferrocarril junto a una moderna autopista, la segunda zona libre del mundo, un sistema portuario en franco desarrollo en ambos litorales con aeropuertos de primer orden en sus inmediaciones, el oleoducto transístmico en el oriente panameño y un sistema bancario único en Latinoamérica respaldando una economía totalmente dolarizada, nos debieran colocar como una alternativa casi imposible de superar.
Dicho lo anterior pregunto entonces: ¿De dónde sale la premura para ampliar la actual cuenca hidrográfica y construir un muy costoso tercer juego de esclusas, estableciendo así como propósito prioritario dentro de la modernización que demanda el mercado internacional, las instalaciones físicas del Canal de Panamá?
Salvo los ensanches previstos y las adiciones electrónicas para navegar en sitios críticos, su adecuado mantenimiento, la preservación racional de los embalses existentes optimizando la descarga de agua dulce que cada tránsito genera y la necesaria rentabilidad comercial producto de una administración coherente, creativa y ávida de implantar actividades afines a las ventajas que ofrece la ruta panameña, la vía interoceánica seguirá cumpliendo en los años por venir con la finalidad para la cual fue concebida hace casi un siglo.
Luego de haber identificado el propósito que persigue la industria del transporte - que no es otro que el manejo rápido, económico y seguro de productos entre ambos mares - no logro comprender la lentitud en concretar los elementos que terminarían de conformar ese canal seco, paralelo y complementario de la actual vía fluvial.
Es ahí donde nuestros potenciales competidores concentrarán sus esfuerzos para mermar el privilegio que hasta hoy favorece el tránsito por la República de Panamá.
Durante la administración norteamericana, el Canal y sus inmediaciones se enfocaron primordialmente como un elemento militar. Hoy nos toca a los panameños aprovechar plenamente los muchos beneficios comerciales que gravitan en torno a ellos.
En publicaciones recientes, varios autores han mencionado la posibilidad de que la ruta istmeña quede obsoleta frente a alternativas que se construyan en otras partes del continente americano. ¿Cuáles?
Para comenzar, hacer una nueva trocha interoceánica - ya sea empleando los ríos Atrato en Colombia o el San Juan en Nicaragua - sería una aventura financiera tan descabellada que causaría un peaje brutalmente superior al que pagan en la actualidad las naves que transitan por el atajo panameño.
Descartada la construcción de un nuevo canal quedarían por evaluar otras opciones para transportar productos entre ambos mares utilizando métodos de conducción terrestre, trasiegos a través de equipos mecánicos, los puertos de carga y descarga donde puedan atracar los buques, la distancia entre ellos y las condiciones sociopolíticas de una región dada.
Teniendo en operación la única vía acuática que une los dos océanos más grandes del planeta, además de miles de hectáreas e instalaciones que acaban de revertir a nuestro país en sus riberas, cincuenta millas de separación entre costa y costa que pronto serán servidas por un remozado ferrocarril junto a una moderna autopista, la segunda zona libre del mundo, un sistema portuario en franco desarrollo en ambos litorales con aeropuertos de primer orden en sus inmediaciones, el oleoducto transístmico en el oriente panameño y un sistema bancario único en Latinoamérica respaldando una economía totalmente dolarizada, nos debieran colocar como una alternativa casi imposible de superar.
Dicho lo anterior pregunto entonces: ¿De dónde sale la premura para ampliar la actual cuenca hidrográfica y construir un muy costoso tercer juego de esclusas, estableciendo así como propósito prioritario dentro de la modernización que demanda el mercado internacional, las instalaciones físicas del Canal de Panamá?
Salvo los ensanches previstos y las adiciones electrónicas para navegar en sitios críticos, su adecuado mantenimiento, la preservación racional de los embalses existentes optimizando la descarga de agua dulce que cada tránsito genera y la necesaria rentabilidad comercial producto de una administración coherente, creativa y ávida de implantar actividades afines a las ventajas que ofrece la ruta panameña, la vía interoceánica seguirá cumpliendo en los años por venir con la finalidad para la cual fue concebida hace casi un siglo.
Luego de haber identificado el propósito que persigue la industria del transporte - que no es otro que el manejo rápido, económico y seguro de productos entre ambos mares - no logro comprender la lentitud en concretar los elementos que terminarían de conformar ese canal seco, paralelo y complementario de la actual vía fluvial.
Es ahí donde nuestros potenciales competidores concentrarán sus esfuerzos para mermar el privilegio que hasta hoy favorece el tránsito por la República de Panamá.
Durante la administración norteamericana, el Canal y sus inmediaciones se enfocaron primordialmente como un elemento militar. Hoy nos toca a los panameños aprovechar plenamente los muchos beneficios comerciales que gravitan en torno a ellos.