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Reflexiones sobre trabajo y solidaridad




Empresario

Comencemos por lo que tiene como obligación el gobierno, que no es más que gobernar y administrar los patrimonios de la sociedad. Dice Juan Pablo II en Centesimus Annus que, "la Iglesia no tiene modelos para proponer, y que para este objetivo ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social de la Iglesia, la cual reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Con esta conclusión se llega justamente a reconocer que el trabajo se mide con el metro de la dignidad de la persona, del hombre que lo realiza".
Los familiares nuestros, los que habitan un mismo edificio, los compañeros de trabajo, los gremios, los que viven en una misma comunidad son solidarios, porque del empeño de cada uno depende el bienestar de todos. "La humanidad es solidaria en un destino común". Esta última frase es el gran mensaje del discurso de Juan Pablo II en la Organización Internacional del Trabajo, en 1982. Insistiendo en el principio que nunca nadie, sea Estado, ni sociedad alguna, intentarán siquiera sustituir o manipular la iniciativa y la responsabilidad de los individuos, grupos sociales intermedios en su entorno, ni atentar o acabar con su libertad, y que no se acepta nada parecido al colectivismo en cualquiera de sus formas."
Los gobiernos son presionados a aplicar las nefastas políticas neoliberales, las cuales violentan el principio de libertad y el derecho a aspirar a un trabajo decente, digno, que le dé sustento a la persona y su familia, sino que también le permita mejorar su calidad de vida y el ingreso. Estas políticas obligan a que se abran las fronteras comerciales, a que entreguemos nuestra estratégica seguridad alimentaria, a permitir que se viole la soberanía nacional, y escuchar el cuento de que se logrará una reducción de precios. Tampoco se mide en éstas el desempleo de forma objetiva y no se proyecta la generación de los ansiados puestos de trabajo. En esto, los trabajadores y los sectores productivos estamos plenamente identificados, y presionamos para que se detenga y se revise la política económica, para que se aprovechen nuestras ventajas comparativas y competitivas en todas las negociaciones que tengamos, ya sea el TLC con Centroamérica, con México, con el Pacto Andino o el ALCA.
Somos un país que no practica ni la solidaridad, ni la equidad, por lo que la generación de la riqueza no es cónsona con la distribución de ésta. Unos pocos se quedan con casi todo. No tenemos legislación de avanzada que enfoque el grave problema del desempleo, sobre todo que no nos impongan de afuera planes de desarrollo que no contemplan nuestra realidad.
Se habla de una reforma tributaria, porque hay que ser eficientes en la recaudación, pero no se dice que es porque los ingresos se han mermado por la caída de los aranceles y la poca actividad económica, pero se quiere cobrar únicamente a los que producen. Panamá es 75% sector servicios y éstos actores sólo representan cerca del 21% de los ingresos corrientes, mientras que los sectores productivos, siendo apenas menos del 25%, somos, en términos prácticos, el 75 % de los ingresos del Estado. El sector servicios (banca, Canal, comercio, seguros, finanzas) se agotó, no da más, no crece, tiene que encontrar su creatividad otra vez, dar valor agregado a sus productos. Pero se insiste en abrir las fronteras a la manufactura extranjera en detrimento directo de los sectores productivos, los que mantenemos los puestos de trabajo siempre y en toda crisis lo hemos demostrado así, los que tributamos más y que podemos emplear con sólo un cambio de actitud o con una interpretación, con sólo legislar a favor de los desempleados, legislar solidariamente y tendremos trabajo. De hecho hoy estamos ante un plan de gobierno con desarrollo económico con inversión en capital humano (principio básico de solidaridad), pero que ojalá no caiga en una inversión social altruista, con poca asistencia técnica y no del todo focalizada a la autogestión. Mientras no discutamos como panameños el bien común, qué tipo de país queremos y qué tipo de desarrollo económico necesitamos, solo entonces podremos insertar los justos principios de la doctrina social de la Iglesia en los planes de desarrollo panameñizados y entonces, vendrá el arranque que esperamos todos se dé pronto.
Finalmente, vivimos en medio de continuas protestas de los trabajadores, sindicatos; todos en busca de mejorar sus condiciones de trabajo, de llevar más a sus hogares. Pero cuánto será el egoísmo de pensar en "mi yo", que tengo trabajo y no pienso en el que no tiene. O del empresario, que justifica su egoísmo escudado tras los empleados que ya tiene y de impuestos que paga, pero no ve más allá de sus narices el problema que tiene por delante, y que si no se solidariza, si no se convierte en un actor activo, pronto lo perderá todo y será uno más del grupo de los que no tendrán nada, peor que el sector servicios. Que la sensibilización social basada en la búsqueda del bien común prevalezca y nos dé la oportunidad a todos de mantenernos en esa disciplina y actitud de poder discernir entre lo bueno y lo malo, con la certeza de saber que caminamos en la dirección correcta, en la búsqueda de la felicidad de todos los hombres y mujeres que día a día aspiran a ese sagrado principio. Sólo entonces, estaremos listos para crear riqueza, distribuirla con equidad y comenzar a enderezar el entuerto.

101 años de Panamá América

 
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