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Reformas a la Ley de Contrataciones


Mientras ejercí como Director de Contrataciones Públicas, se hicieron una serie de reuniones exploratorias, con la finalidad de identificar los diferentes problemas que presentaba la Ley 56 de 1995, que regula el sistema de contrataciones públicas y, en aquellas ocasiones, tuvimos un franco y ameno conversatorio con los diferentes gremios que participaron, los cuales eran los más preocupados por la situación imperante en esta materia, toda vez que se sentían afectados.
En varios diarios salieron reflejadas algunas de las principales causas que motivan temor y desconcierto a la hora de participar en un acto público, y como tal se señalaron las famosas comisiones evaluadoras, las cuales resultan ser demasiado subjetivas, pues provienen de la decisión propia y privativa de quien realiza el acto público, lo que a su vez despertaba dudas y se veían como posibles focos de corrupción, incluso Transparencia Internacional de Panamá, señaló en un taller que existen muchos pasos burocráticos para perfeccionar un contrato proveniente de un acto público, y esto podía convertirse en escenario de corrupción, dado que cada paso es un vía crucis para quien lo transita y se puede prestar para conjeturas dañinas.
Dentro de las múltiples recomendaciones y a falta de espacio, expondremos las que consideramos más prudentes y debemos comenzar con la posibilidad de volver al sistema único del precio, pues a pesar de que muchos pliegos de cargos mantienen la posición de que la decisión en una adjudicación será a la propuesta que tenga la mayor ponderación, esto no resulta ser así, pues luego se define con el precio, a sabiendas que éste ya ha sido ponderado en la metodología adoptada en un principio. Es por eso que todos deben ser precalificados y se debe volver a los certificados de postor, para que el precio sea el único parámetro final de adjudicación y evitar estos cambios de última hora.
Por otro lado, varios gremios mencionaron la posibilidad de eliminar pasos burocráticos, como lo es el hecho de pasar por el CENA, aquellos contratos mayores de 250,000, pues señalan se vuelve un cuello de botella. A esto yo le puedo agregar que mejor sería pasar directamente al Consejo de Gabinete todo contrato mayor de un millón y los menores ser aprobados por un comité del propio Ministerio de Economía y Finanzas, o crear para esta misión y con funciones específicas, la Autoridad Nacional de Contrataciones Públicas, tal como mencioné en otro artículo, como un ente autónomo.
222...se hace necesario, proceder a reglamentar la figura del refrendo del Contralor General, poniendo en vigencia la figura del silencio positivo, porque no puede ser que en ese despacho reposen contratos por mucho tiempo...
Así mismo se hace necesario proceder a reglamentar la figura del refrendo del Contralor General, poniendo en vigencia la figura del silencio positivo, porque no puede ser que en ese despacho reposen contratos por mucho tiempo, sin tomarse una decisión; por lo que se debe establecer un plazo máximo, según el tipo de contrato, para que la Contraloría refrende, que puede ser de 30 días calendarios. En caso contrario que no se dé, que se tenga como aprobado, pero con la salvedad para la figura del contralor, en caso de irregularidades, con esto se puede agilizar enormemente la gestión y se eliminan los malos comentarios diarios de atrasos en la gestión pública, y a la vez se le imprimen, mediante una norma legal, pautas a la Contraloría.
Sí se hace necesario reglamentar o buscar un saneamiento para con el artículo 48 de la Ley, que le da la potestad al Estado, o quien ejerce la función de éste, de rechazar las propuestas que estime conveniente y escoger la que él considere la mejor, lo cual deja un margen incontrolable de discreción del Estado o los funcionarios, lo que puede perjudicar a muchos proveedores y contratistas que participan en los actos públicos.
En fin, son muchos los aspectos, pero en esta entrega hemos mencionados algunos. Cuando se retome el tema, aportaremos algunos comentarios. Por ahora sólo espero y confío que las misma personas que nos dieron una ley enredada y burocrática, como lo es la Ley 56, no sean las mismas que la vuelvan a reformar, porque caeremos en lo actual y poco avanzaremos en este tema tan importante. La consulta debe ser a todos los sectores.
Así veo las cosas y así las cuento.
Y no es una exageración. El Panamá América penetró una de esas trochas, aunque no en su totalidad, ubicada cerca de la boca del río Punusa. Esta serpentea el río Tuira arriba, para llegar a Susugantí (en la cabecera del Tuira) aún en territorio darienita. Luego se llega al poblado de Agua Fría y de allí a los límites con Colombia, cordillera adentro. Desde ahí en adelante son sólo montañas y selva.
Al pasar Susugantí, se hacen 18 cruces del río del mismo nombre para llegar a Palo de la Letra, en plena cordillera. En esa área, cualquier grupo insurgente puede atacar.
Al principio del recorrido, aunque casi intransitable a pie, los árboles no eran tan grandes ni la vegetación tan espesa.
Pero a medida que se avanzaba, los árboles se hacían tan gigantescos que cerraban el paso a la luz del sol. Aunque era temprano en la mañana, parecía que se acercaba el ocaso.
Por esas trochas caminan familias enteras, con niños de meses en los brazos de los adultos. También son usadas por paramilitares, guerrilleros y aventureros suramericanos.
Cada cierto tiempo, hay que cruzar ríos sobre "puentes", que en realidad son troncos de árboles, que deben cruzarse manteniendo el equilibrio, para no caer al agua.
Según narraron los guías que condujeron al equipo por esos "caminos", ningún desplazado pernocta en el estrecho sendero, que generalmente ha sido abierto a punta de machete. Todos lo hacen introduciéndose en la selva, tratando de no dejar huellas ni ramas partidas, a fin de que los guerrilleros y paramilitares no encuentren su rastro, lo que podría significar una muerte segura y de la manera más horrenda.
En ocasiones, los guerrilleros encuentran a familias enteras en plena selva. Estas llevan algunos enseres para sobrevivir en ella. Entonces, los insurgentes les advierten que les dan media hora para que "desaparezcan" del lugar, o de lo contrario, los matan.
A los desplazados no les queda otra que dejar comida, zapatos, ropa o cualquier utensilio que llevaban, para salir en estampida por las trochas.
Muchos se arriesgan a tratar de llegar a su destino por el río, en balsas construidas con troncos de "balso", muy rudimentarias y mal amarradas.
¿Resultado? La destrucción de las precarias embarcaciones en los rápidos (chorros) de los ríos y, muchas veces, una muerte segura, de acuerdo con los guías.
Por esta trocha, en particular, un caminante adiestrado puede durar tres días en llegar a Colombia, especialmente ahora que la trocha se ha hecho más ancha, conforme pasan desplazados, guerrilleros y paramilitares.
Sin embargo, una familia con niños y mujeres demora entre ocho y 15 días para atravesarla.
"Los hombres lloran por el dolor de dejar sus tierras, los niños porque se pullan los pies con las espinas, y las mujeres por ver el sufrimiento de su familia", aseguró un guía. "Yo lo he visto", resaltó.
De esa manera han llegado decenas de colombianos que prefieren morir por la mordedura de una serpiente, de hambre o de sed en la selva, antes que ser masacrados por grupos irregulares de su país, que se enfrentan en una guerra que ha dejado de buscar ideales para saciar el hambre de violencia y genocidio que parece no satisfacerse nunca.
Muchos han llegado con Leshmaniasis, deshidratados, con parasitosis y otras enfermedades tropicales, incluso la malaria. Esos han tenido suerte, porque otros han quedado enterrados en la selva, sin una lápida que indique que allí está su cuerpo, ni un familiar que visite su tumba.

101 años de Panamá América

 
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