Reformas penales: Prometeo encadenado
Retomo la pluma y el tintero para ocuparme de los temas judiciales de mi país. Como recordarán dediqué más de una treintena de artículos dirigidos al análisis y exposición de los temas que se iban abordando en la Comisión Codificadora Nacional. Creo que bien podría publicar un libro de dichos ensayos.
Sin embargo, en las últimas semanas he podido advertir que han salido a la palestra abogados y abogadas a despotricar de los anteproyectos de códigos penal y procesal punitivo haciéndoles inmerecidos ataques de los cuales sobresalen epítetos como: "Mamotreto jurídico", "carentes de estructura", "nada dicen del sistema acusatorio", "no hay sistematicidad en la redacción de los artículos", "adolecen de lo realmente acusatorio", "los trabajos de la Comisión Técnica no fueron tomados en cuenta", y "qué de los aportes de la Comisión de Pacto de Estado por la Justicia", etc. Inclusive, un abogado llegó a expresar que "los miembros de la comisión codificadora no sabían nada de los problemas del transporte".
En nada nos afecta la crítica constructiva, edificante, aquella que se erige sobre la objetividad científica y que se eleva por encima del argumento ad hominem; es decir, el argumento plagado de la intersubjetividad perversa que todo lo aniquila y todo lo engulle para luego vomitarlo a través del odio y la amargura.
Cuando el Presidente Torrijos designó a los miembros de la Comisión Codificadora, algunos ni siquiera teníamos conocimiento de tan honrosa designación. En mi caso, me encontraba en Argentina cumpliendo responsabilidades académicas dado que dictaba una conferencia en la Universidad de Azul. Cuando retorné al país ni siquiera pude asistir a la toma de posesión de la cual no sabía ni la hora ni el día. Pero, no pasó mucho tiempo para darme cuenta que algunos abogados que habían, afanosamente, participado en la comisión del Pacto de Estado por la Justicia se sintieron muy incómodos porque según ellos "no se les había tomado en cuenta" y, por otra parte, algunos de los que integraron la llamada comisión técnica se sintieron marginados o apartados porque no formaron parte de la comisión codificadora así instituida.
Hoy día, vuelven a aparecer en la palestra pública para advertir que los trabajos presentados por la Comisión Codificadora no son buenos y piden a la Asamblea que "no se abra el debate ni sean aprobados", porque una supuesta "comisión de expertos" los califica de incoherentes o faltos de estructura. Se refieren, en realidad, a algunos pocos prudentes juristas de otras latitudes, principalmente de Colombia -tierra en donde tengo amigos personales de enjundiosa valía moral y académica- que han venido a este país a dejar de entrever que ellos sí saben de derecho penal y procesal penal y que, en Panamá, los juristas que trabajamos en la redacción de los anteproyectos existentes, tenemos que hacerles los mandados.
No conforme con sus intervenciones capitalinas, han sido llevados a varios foros del interior para que continuaran vertiendo todo el odio y veneno que los detractores locales han puesto en boca de los tales. Lo peor es que jóvenes abogados, neófitos en la praxis y en las materias, muchos de los cuales fueron mis alumnos en la Universidad de Panamá llegándoles, inclusive, a dirigirles las tesis o ser miembro del jurado que las calificó, se han convertido en auténticos papagayos, elocuentes y grandiosos repetidores de frases de cajón acuñadas por los detractores de los anteproyectos. Esas son las mentes irredentas que no aprender a levantar vuelo ni saben tampoco responder a ¿Cómo se piensa? Cuestión ésta a la que cabe una sola respuesta: simple y sencillamente pensando. Son personas a quienes caracteriza la abulia mental, la paranoia individual, que combaten no con la inteligencia y el buen verbo como armas esenciales del egregio abogado, sino con las herramientas propias de la más baja calaña moral: la indisposición, el falso que se arropa con la injuria o la calumnia, la malquerencia y el ataque personal al prestigio y el buen nombre de los demás. No es así, jóvenes abogados, como se gana prestigio y buen nombre en esta u otra profesión. Son los combates judiciales, en el foro panameño, los que dan fe de quién es cada quién en este escenario. No es la jeringonza ni la palabrería, es la inteligencia que cuando se expone vierte conocimiento, arte y técnica. Y para lograr esto se requieren: mucho estudio, lectura permanente, análisis y reflexiones propias, compra de cuanto libro nuevo sale al mercado, asistencia a congresos locales e internacionales, sea para oír o para exponer, profundidad filosófica y conceptual, etc.
La profesión del abogado no es una más. Se trata de un verdadero y auténtico apostolado; de un oficio que se ejerce pensando y se aprende estudiando. Malas consejeras son para el abogado bisoño e imberbe, para el supuesto experto o el jurista de experiencias: la diatriba, la indisposición de un colega, la envidia propia de las mentes que se enraízan en los arrabales de las frustraciones, el falso e infundamentado comentario, el desconocimiento de la naturaleza jurídica de una institución, etc.
Todo aquel abogado, joven o de experiencias, que estime tiene algo valioso y bueno que aportar a los anteproyectos, le aconsejamos: asista a la Asamblea y plantee sus valiosos aportes. Pero ¡ojo!, ¡cuidado! con lo que le aconteció al burro arquitecto: según relata la fábula que, luego de tanto pensar para peritar una obra, dijo que la crítica consistía en que había un agujero en la torre de la edificación. ¡En realidad se trataba de un tragaluz!
Sin embargo, en las últimas semanas he podido advertir que han salido a la palestra abogados y abogadas a despotricar de los anteproyectos de códigos penal y procesal punitivo haciéndoles inmerecidos ataques de los cuales sobresalen epítetos como: "Mamotreto jurídico", "carentes de estructura", "nada dicen del sistema acusatorio", "no hay sistematicidad en la redacción de los artículos", "adolecen de lo realmente acusatorio", "los trabajos de la Comisión Técnica no fueron tomados en cuenta", y "qué de los aportes de la Comisión de Pacto de Estado por la Justicia", etc. Inclusive, un abogado llegó a expresar que "los miembros de la comisión codificadora no sabían nada de los problemas del transporte".
En nada nos afecta la crítica constructiva, edificante, aquella que se erige sobre la objetividad científica y que se eleva por encima del argumento ad hominem; es decir, el argumento plagado de la intersubjetividad perversa que todo lo aniquila y todo lo engulle para luego vomitarlo a través del odio y la amargura.
Cuando el Presidente Torrijos designó a los miembros de la Comisión Codificadora, algunos ni siquiera teníamos conocimiento de tan honrosa designación. En mi caso, me encontraba en Argentina cumpliendo responsabilidades académicas dado que dictaba una conferencia en la Universidad de Azul. Cuando retorné al país ni siquiera pude asistir a la toma de posesión de la cual no sabía ni la hora ni el día. Pero, no pasó mucho tiempo para darme cuenta que algunos abogados que habían, afanosamente, participado en la comisión del Pacto de Estado por la Justicia se sintieron muy incómodos porque según ellos "no se les había tomado en cuenta" y, por otra parte, algunos de los que integraron la llamada comisión técnica se sintieron marginados o apartados porque no formaron parte de la comisión codificadora así instituida.
Hoy día, vuelven a aparecer en la palestra pública para advertir que los trabajos presentados por la Comisión Codificadora no son buenos y piden a la Asamblea que "no se abra el debate ni sean aprobados", porque una supuesta "comisión de expertos" los califica de incoherentes o faltos de estructura. Se refieren, en realidad, a algunos pocos prudentes juristas de otras latitudes, principalmente de Colombia -tierra en donde tengo amigos personales de enjundiosa valía moral y académica- que han venido a este país a dejar de entrever que ellos sí saben de derecho penal y procesal penal y que, en Panamá, los juristas que trabajamos en la redacción de los anteproyectos existentes, tenemos que hacerles los mandados.
No conforme con sus intervenciones capitalinas, han sido llevados a varios foros del interior para que continuaran vertiendo todo el odio y veneno que los detractores locales han puesto en boca de los tales. Lo peor es que jóvenes abogados, neófitos en la praxis y en las materias, muchos de los cuales fueron mis alumnos en la Universidad de Panamá llegándoles, inclusive, a dirigirles las tesis o ser miembro del jurado que las calificó, se han convertido en auténticos papagayos, elocuentes y grandiosos repetidores de frases de cajón acuñadas por los detractores de los anteproyectos. Esas son las mentes irredentas que no aprender a levantar vuelo ni saben tampoco responder a ¿Cómo se piensa? Cuestión ésta a la que cabe una sola respuesta: simple y sencillamente pensando. Son personas a quienes caracteriza la abulia mental, la paranoia individual, que combaten no con la inteligencia y el buen verbo como armas esenciales del egregio abogado, sino con las herramientas propias de la más baja calaña moral: la indisposición, el falso que se arropa con la injuria o la calumnia, la malquerencia y el ataque personal al prestigio y el buen nombre de los demás. No es así, jóvenes abogados, como se gana prestigio y buen nombre en esta u otra profesión. Son los combates judiciales, en el foro panameño, los que dan fe de quién es cada quién en este escenario. No es la jeringonza ni la palabrería, es la inteligencia que cuando se expone vierte conocimiento, arte y técnica. Y para lograr esto se requieren: mucho estudio, lectura permanente, análisis y reflexiones propias, compra de cuanto libro nuevo sale al mercado, asistencia a congresos locales e internacionales, sea para oír o para exponer, profundidad filosófica y conceptual, etc.
La profesión del abogado no es una más. Se trata de un verdadero y auténtico apostolado; de un oficio que se ejerce pensando y se aprende estudiando. Malas consejeras son para el abogado bisoño e imberbe, para el supuesto experto o el jurista de experiencias: la diatriba, la indisposición de un colega, la envidia propia de las mentes que se enraízan en los arrabales de las frustraciones, el falso e infundamentado comentario, el desconocimiento de la naturaleza jurídica de una institución, etc.
Todo aquel abogado, joven o de experiencias, que estime tiene algo valioso y bueno que aportar a los anteproyectos, le aconsejamos: asista a la Asamblea y plantee sus valiosos aportes. Pero ¡ojo!, ¡cuidado! con lo que le aconteció al burro arquitecto: según relata la fábula que, luego de tanto pensar para peritar una obra, dijo que la crítica consistía en que había un agujero en la torre de la edificación. ¡En realidad se trataba de un tragaluz!