Reinventando a Omar
El reciente foro universitario que concitó a los candidatos del PRD para que expusieran sus ideas sobre los retos de la actualidad nacional y a los jóvenes para que les hiciesen preguntas sobre su trayectoria política y juicio como estadistas, despierta muchos comentarios. Uno que no puede escapar al ojo del observador de la política es el hecho de que los tres candidatos hicieron su máximo esfuerzo por presentar una relación de armoniosa continuidad con el legado del General Omar Torrijos Herrera. No hubo ambigüedades, ni el menor deseo de equilibrio.
Cada uno, a su manera, se presentó como el genuino heredero de una gloriosa tradición de compromiso con los pobres, que tiene sus orígenes en el genio del General, que al amparo de la Constitución militarista de 1972, se hizo denominar Jefe de Estado.
Llama la atención, porque no fue esa la estrategia que llevó a ese partido al solio presidencial en 1994, primeras elecciones luego de la aplastante movilización del ejército estadounidense que puso fin al oscuro reino verde oliva.
Como el actual presidente nunca tuvo que convencer a nadie de su adhesión al torrijismo, las campañas de 1999 y 2004 no destacaron la total adhesión a un haz de principios de conducción política, supuestamente, diseñados por la práctica del progenitor. Sólo ahora, cuando el pasado comienza a sumirse en las brumas de la leyenda, y la democracia pierde credibilidad, una imagen celestial de la dictadura se insinúa ominosamente.