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Reivindicación del pecador


"En materia de cristiandad, nadie es más competente que el pecador. Nadie, excepto el santo. Es más, en realidad, se trata de la misma persona. El pecador y el santo son elementos, digamos, integrantes. Esto es, dos partes integrantes del mecanismo de la cristiandad. Juntos, son indispensables el uno al otro", nos dice C. Péguy.
Nuestras reflexiones están suscitadas por un interesante comentario de Gianni Valente al reciente libro de Charles Péguy, Péguy au porche de l "Englise, y se refiere a la aventura de este místico que se había casado con una mujer atea; sus hijos no estaban bautizados. Por tanto no podían recibir los sacramentos.
Al referirse a su dolorosa tragedia personal nos dice Péguy "Los fariseos quieren que los demás sean perfectos. Lo exigen y lo reclaman. Es necesario que los católicos miremos nuestra Iglesia, nuestra queridad Iglesia, con ojos y espíritu analítico".
En su adolescencia y buena parte de su juventud Péguy fue ateo: un hombre sin Cristo. Ya convertido al catolicismo, describe la tragedia moderna de un mundo totalmente incristiano: "La renuncia de todo el mundo al cristianismo".
Anuncia Péguy su pesar: "Que si la Iglesia ha dejado de ser la religión oficial del Estado no se vaya a convertir en la religión oficial de la burguesía del Estado".
La situación anterior la critica por considerarla anticristiana; y se rebela contra el hecho de que decir católico significa decir clerical; y presenta una concepción del catolicismo que arranca de su puro sentimiento y fe. Ante esta actitud Jacques Maritain, otro filósofo convertido, dice que Péguy cree que la fe del carbonero es más grande que la de S. Tomás.
Se dan, dice Péguy, en el mecanismo espiritual, las peores miserias, las peores bajezas, las vilezas y los delitos. Pero, el pecado mismo, se convierte en el punto de articulación de la palanca de la gracia. Así obra ella. Así encuentra el punto de apoyo que hay en cada hombre pecador. Y se afirma en este punto doloroso. Se ha visto la redención de los criminales más grandes; mediante la reflexión sobre su mismo crimen".
Precisamente esta última reflexión de Péguy la salvación a través del mismo crimen me ha recordado a Dostoievski, de Crimen y Castigo. El personaje principal de la novela, Raskolnicof, es ateo. Comete un terrible crimen y siente, en sus palabras, que de la vida sólo le queda escoger entre el manicomio, el suicidio o el vicio. Y, precisamente, en esos momentos, se encuentra a Sonia, que tocará ese punto de la articulación. Y, en un pasaje maestro, donde la mencionada novela alcanza cumbre de sublimidad, la prostituta Sonia y el criminal Raskolnicof, leen el Evangelio de San Juan en los versículos que narran la resurrección de Lázaro.
"Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará." Y, es aquí, donde se presenta esa articulación por donde penetrará la gracia.
Raskolnicof, admirador de Nietsche y su doctrina del superhombre, está convencido que Dios ha muerto. Así lo manifiesta con desfachatez y crueldad. Ya al final cuando faltan siete años para cumplir su condena, confiesa que ha guardado sin leer, el libro de los Evangelios de Sonia. Y, en nuevo encuentro con Sonia, surge el momento señalado por Péguy, para que haga efecto la gracia. El mismo Evangelio de S. Juan donde había leído la resurrección de Lázaro. Y lo sintió Raskolnicof como una resurrección a una nueva vida con Sonia. Los resucitaba el amor, esencia del cristianismo. El corazón del uno encerraba infinitas fuentes de vida para el corazón del otro. Dios actuaba en estos pecadores, a través del amor.
Y es que los dos pecadores se encuentran en ese lugar, como dice Péguy, el lugar donde tanto el pecador como el no cristiano se dan cuenta, asombrados, que el cristianismo no corresponde, inesperadamente, a su propio corazón.
Son apropiadas, en este momento, las palabras de Abbé Pierre: "No hay otra opción: o se aprende a amar o uno se convierte en monstruo".
Para el cristiano el sentido auténtico de su religión reside en la acción vital del creyente: es a través de nuestro prójimo como llegamos a Dios. Es a través de nuestra acción de ayuda y de amor a nuestros semejantes como proclamamos y afirmamos la existencia de Dios.

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