Religión y Política
La Política es una actividad de pasiones. Así como las grandes causas le sirven de bandera, las bajas pasiones las pueden convertir en trapos. Para propender a lo noble y alejarse de lo corrupto, es importante que quienes se dedican a la actividad política, tengan robustos valores morales y comprendan que siempre habrá que rendir cuentas finales a un Poder Superior. Sin embargo, esta necesidad de virtud se sirve mal mezclando la Religión con la Política. Mientras más se acerque la religión al Poder Público, más se aleja de la virtud.
El poder de la religión es un poder moral y de luz, cuyo envase es cristalino para que irradie, pero también es frágil. Por más noble que sea la causa, el poder político busca las sombras, porque los hombres prefieren no verle la cara a sus más bajos instintos. Normalmente en el encuentro entre la Religión y la Política, la Religión pierde virtud y claridad mientras la política gana poder y pierde flexibilidad. La Religión busca lo eterno, el poder político es temporal. La Religión busca resolver los temas trascendentes, la Política busca soluciones para lo inmediato. Ambas actividades se mueven en planos distintos. Mezclar religión con política termina siendo malo para ambas.
Como la profesión religiosa es una actividad personalísima, nuestra Constitución Política la garantiza y además proscribe la discriminación por esa causa, entre otras. Cada quien debe tener la libertad de profesar o no una religión, con la única limitación de no afectar a terceros, como es el caso de la mayoría de los derechos así tutelados. Por más loable que sea el propósito, promover una Ley que declare un mes del año como el "Mes de la Biblia" es inconstitucional, porque es discriminatorio contra los libros sagrados de otras confesiones religiosas; es imprudente, porque inmiscuye al Estado en el ámbito personalísimo de la profesión de fe; y es irrespetuoso, porque para los creyentes de las religiones bíblicas, todos los meses son meses de la Biblia. Con todo respeto a las buenas intenciones, dicho proyecto debe ser rechazado por el bien de la Religión, la República y el Estado de Derecho.
El poder de la religión es un poder moral y de luz, cuyo envase es cristalino para que irradie, pero también es frágil. Por más noble que sea la causa, el poder político busca las sombras, porque los hombres prefieren no verle la cara a sus más bajos instintos. Normalmente en el encuentro entre la Religión y la Política, la Religión pierde virtud y claridad mientras la política gana poder y pierde flexibilidad. La Religión busca lo eterno, el poder político es temporal. La Religión busca resolver los temas trascendentes, la Política busca soluciones para lo inmediato. Ambas actividades se mueven en planos distintos. Mezclar religión con política termina siendo malo para ambas.
Como la profesión religiosa es una actividad personalísima, nuestra Constitución Política la garantiza y además proscribe la discriminación por esa causa, entre otras. Cada quien debe tener la libertad de profesar o no una religión, con la única limitación de no afectar a terceros, como es el caso de la mayoría de los derechos así tutelados. Por más loable que sea el propósito, promover una Ley que declare un mes del año como el "Mes de la Biblia" es inconstitucional, porque es discriminatorio contra los libros sagrados de otras confesiones religiosas; es imprudente, porque inmiscuye al Estado en el ámbito personalísimo de la profesión de fe; y es irrespetuoso, porque para los creyentes de las religiones bíblicas, todos los meses son meses de la Biblia. Con todo respeto a las buenas intenciones, dicho proyecto debe ser rechazado por el bien de la Religión, la República y el Estado de Derecho.