Remembranzas
Un lector muy apreciado me dijo recientemente: "Por sus escritos, Ud. debió querer mucho a su esposo" "Sí -le contesté- más allá de lo que llamamos tiempo". Unos días después me encontré con mi amiga Daphe, viuda, casi en las mismas circunstancias que yo, y muy emocionada me preguntó cómo había hecho para quitarme a Chito de la mente, como dormía sin él al lado y si sentía su presencia. Di vuelta atrás las manecillas de mi reloj, no sin antes manifestarle a mi amiga que aunque dormía bien, mi mente estaba atiborrada de recuerdos de mi esposo y me sentía feliz siempre al sentir su presencia. Un rayo de luz asomó a sus ojos; había encontrado la respuesta que quería oír. A ella y a los sensibles lectores, que como yo, hacemos un alto para reconocer el amor como un arte que requiere conocimiento y esfuerzo en su dimensión activa, en esa continuación de darse, dedico este artículo.
Chito y yo trabajamos en la misma institución por muchos años. Para atender el hogar adecuadamente, estirábamos las horas del día a tal punto que nos acostábamos bien tarde en la noche y amanecíamos con la aurora alborada. La mayor parte de las noches yo gravaba la música que nos gustaba a ambos; la escuchábamos y después abrazaditos bailábamos en aquella sala grande, rodeada de árboles y ventanas. Uno de esos espléndidos amaneceres, llegó mi hijo (q.e.p.d.) de una fiesta y nos encontró en pleno romance, bailando apretaditos. Se sonrió pícaramente y nos dijo con un abrazo: "Viejos, están en algo no?". Le dimos un beso y él se fue a su cuarto con una sonrisa grandota.
Apagamos las luces dejando la música de nuestra recámara. La prolongación de nuestro día nos permitió una entrega completa, sin mirar el reloj, perdiendo conciencia de las horas, pero profundizando un amor real, intenso y limpio. Todas esas manifestaciones, y aún sin ellas, simplemente caminando juntos por la misma senda, compartiendo alegrías y pesares robusteció nuestro matrimonio de más de 50 años y a mí, particularmente, me ha ayudado a sentir que siempre está conmigo y gozar sus recuerdos.
Hoy, alejándome de la situación turbia y desafiante del país, he querido enviar a mis lectores gotitas de buen sabor. Porque he vivido intensamente, sé que el amor debemos ampliarlo más allá del cónyuge y la familia.
Debe ser una relación, un poder del alma que contagie a todos los que nos rodean. El poeta Rafael Duyos escribió cuatro líneas que dicen: "Cuando lleguemos arriba; nos dirán si hemos amado. ¡Dichoso el que enseñar pueda, de nombres llenas las manos!"
Chito y yo trabajamos en la misma institución por muchos años. Para atender el hogar adecuadamente, estirábamos las horas del día a tal punto que nos acostábamos bien tarde en la noche y amanecíamos con la aurora alborada. La mayor parte de las noches yo gravaba la música que nos gustaba a ambos; la escuchábamos y después abrazaditos bailábamos en aquella sala grande, rodeada de árboles y ventanas. Uno de esos espléndidos amaneceres, llegó mi hijo (q.e.p.d.) de una fiesta y nos encontró en pleno romance, bailando apretaditos. Se sonrió pícaramente y nos dijo con un abrazo: "Viejos, están en algo no?". Le dimos un beso y él se fue a su cuarto con una sonrisa grandota.
Apagamos las luces dejando la música de nuestra recámara. La prolongación de nuestro día nos permitió una entrega completa, sin mirar el reloj, perdiendo conciencia de las horas, pero profundizando un amor real, intenso y limpio. Todas esas manifestaciones, y aún sin ellas, simplemente caminando juntos por la misma senda, compartiendo alegrías y pesares robusteció nuestro matrimonio de más de 50 años y a mí, particularmente, me ha ayudado a sentir que siempre está conmigo y gozar sus recuerdos.
Hoy, alejándome de la situación turbia y desafiante del país, he querido enviar a mis lectores gotitas de buen sabor. Porque he vivido intensamente, sé que el amor debemos ampliarlo más allá del cónyuge y la familia.
Debe ser una relación, un poder del alma que contagie a todos los que nos rodean. El poeta Rafael Duyos escribió cuatro líneas que dicen: "Cuando lleguemos arriba; nos dirán si hemos amado. ¡Dichoso el que enseñar pueda, de nombres llenas las manos!"