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Rendición de cuentas


La frase está de moda. Todo el mundo la utiliza, inclusive casada al ansiado concepto de transparencia. Pero vayamos un paso atrás de este nivel y consideremos tres etapas. Lo primero que habría que asegurar es que, quien es designado en un puesto público o privado, reúna las condiciones cualidades y características que el cargo demanda. Es decir que, además de ser pariente de sangre, político o de alcoba, condiscípulo del prekinder o miembro de su clan o logia, tenga también la preparación, experiencia y calidad humana suficiente para ser eficiente y eficaz.

Lo siguiente es que el susodicho deberá tener bien claro cuáles son sus deberes y obligaciones a satisfacer. Es decir que comprenda cuáles son las políticas, planes, programas y proyectos que deberá conocer y ejecutar como parte de la misión y visión de la entidad o empresa de la cual es parte importante y que obedece a una promesa electoral o a las metas y objetivos predefinidos del puesto que asume. Que entienda que no es él quien decide la hoja de ruta de su gestión por capricho, intereses particulares o sectarios.

Para terminar y como el más importante ingrediente de este proceso, ¿está el definir de antemano a quién se le debe de rendir cuentas? La mayoría de los empleados, obreros, subalternos y funcionarios ha aceptado como válido que es a quien le nombró; olvidando, en el caso del sector público, que nuestra primer y principal compromiso es con la ciudadanía; es decir, con el pueblo.

Es a la nación a quien deberemos justificar, si llenamos o no sus necesidades y demandas a través de estructuras y procesos que han hecho realidad productos e impactos largamente esperados en esta deuda social acumulada, que ya no soporta más de promesas demagógicas ni de laiseferismos intencionados.

Es a la sociedad en su conjunto a quien deberemos responder por las tareas, controles o previsiones no tomadas e, inclusive, por los recursos torpemente gastados.

En los últimos veinte años, para no irme más atrás de la cacareada era democrática formal, han sucedido cientos de hechos y circunstancias en las que ha salido lesionado el bien común, sin que hasta ahora se tenga noticia de una renuncia no solicitada o una pena por la culpa demostrada. Será que la cara de piedra se adquiere por imitación o identificación, y supera todo atisbo de introspección y reconocimiento de los errores propios.

Pareciera que en este dichoso país se apuesta al olvido inmediato. A que todo se maneja estilo alka-seltzer. Sube como la espuma, pero desaparece rápidamente sin dejar secuelas o marcas. Por lo menos en los rendidores de cuentas.

Aclaro, todo esto sin dejar de reconocer que la mayoría de los funcionarios de todos los niveles se esfuerzan con cumplir más allá de sus deberes y que el país avanza cada día, a pesar de algunas excepciones.

101 años de Panamá América

 
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