Rentas sustitutivas
De acuerdo con el artículo 272 de la Constitución Política vigente, no se pueden expedir leyes que deroguen o modifiquen los ingresos comprendidos en el Presupuesto General del Estado, sin que al mismo tiempo se establezcan nuevas rentas sustitutivas o se aumenten las existentes.
En consecuencia, por expreso mandato constitucional, la eliminación o modificación de cualquier ingreso previamente presupuestado, debe ser compensada mediante la creación de nuevos impuestos o el incremento de los tributos existentes.
Lo anterior significa que de presentarse alguna iniciativa legislativa dirigida a exonerar a los contribuyentes del pago de uno o varios impuestos, la misma deberá contemplar una u otra de esas alternativas, para que se ajuste al citado precepto de nuestra Carta Magna. No hacerlo, además de ser inconstitucional, únicamente serviría para ganar la simpatía popular y sumar adherentes a la causa o de los proponentes.
El tema de las rentas sustitutivas nos lleva de la mano a profundizar en los aspectos que caracterizan al Sistema Tributario panameño: Falta de equiedad; ineficiencia; multiplicidad de impuestos de escaso rendimiento y costosa administración; diversos Incentivos Fiscales, muchos de los cuales no cumplen los objetivos de su creación, generando un voluminoso sacrificio fiscal improductivo; numerosas disposiciones fiscales, cuya interpretación y aplicación es difícil y complicada; ausencia de procedimientos ágiles y efectivos para controlar y fiscalizar el cobro y para descubrir y sancionar la evasión, entre otros.
Las deficiencias anotadas tornan impostergable el reordenamiento, simplificación y modernización de la estructura nacional y de la propia Administración Tributaria, materia que está debidamente considerada en la Estrategia Financiera, la que a su vez, es uno de los componentes del Programa Económico, Social y Financiero diseñado por el Gobierno Nacional. Por esta razón, no puede considerarse el tema tributario como un plan de contingencia o secreto, a ejecutar si no se aprueba la mencionada Estrategia Financiera, sino que el mismo es de la esencia de todo el mencionado Plan. Su tratamiento es aún más urgente, porque las anomalías que ostenta la rama impositiva panameña, impiden la captación de los recursos que se necesitan para ejecutar obras sociales en beneficio de más de un millón de coterráneos que hoy naufragan en la más cruel y denigrante miseria.
La Estrategia Financiera convertida en Agenda de Estado, de ser aprobada por la instancia competente, permitirá al gobierno panameño ofrecer las soluciones que merecen y reclaman los excluídos de los beneficios del desarrollo. Esta acción no implicará, bajo ningún concepto, aumentar los impuestos vigentes, ni crear otros tributos para obtener rentas sustitutivas, conforme lo ha aclarado repetidamente el Ministro de Economía y Finanzas.
La cuestión no es, por lo tanto, lanzar ideas seductoras (que no se ajustan a nuestra realidad constitucional), dirigida a ese porcentaje significativo de panameños golpeados por la miseria, sino aglutinar esfuerzos sinceros y eficaces para emprender la transformación integral de nuestro Sistema Tributario, con el fin de que sea realmente justo, eficiente y moderno. Esto conlleva, además, que se demuestre voluntad real de aportar al Fisco Nacional, en proporción a los ingresos y ganancias que obtiene cada contribuyente, y desprenderse de incentivos que únicamente causan un exorbitante sacrificio fiscal, que en nada contribuye al crecimiento del país, ni a crear puestos de trabajo, ni a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
En esta hora crucial se impone, en consecuencia, no un discurso brillante, pero etéreo, que conduce a propone o acigir cambios siempre que los mismos no afecten intereses particulares, aunque sí los de los demás. Al respecto, valga el ejemplo de la Ley de Universalización de Incentivos Tributarios, cuya modificación hace casi una década, despertó grandes expectativas en un sector, el cual aún espera respuestas.
En otras palabras, urgen que hoy (no en un mañana que jamás llega), demostremos solidaridad efectiva con los que nada tienen; con los que pasan hambre diariamente, padecen enfermedades curables y sufren de desnutrición; con los analfabetas y habitantes de áreas marginadas y, en fin, con hermanos nuestros que, cual islas abandonadas, viven rodeados por un ofensivo mar de abundancia.
En consecuencia, por expreso mandato constitucional, la eliminación o modificación de cualquier ingreso previamente presupuestado, debe ser compensada mediante la creación de nuevos impuestos o el incremento de los tributos existentes.
Lo anterior significa que de presentarse alguna iniciativa legislativa dirigida a exonerar a los contribuyentes del pago de uno o varios impuestos, la misma deberá contemplar una u otra de esas alternativas, para que se ajuste al citado precepto de nuestra Carta Magna. No hacerlo, además de ser inconstitucional, únicamente serviría para ganar la simpatía popular y sumar adherentes a la causa o de los proponentes.
El tema de las rentas sustitutivas nos lleva de la mano a profundizar en los aspectos que caracterizan al Sistema Tributario panameño: Falta de equiedad; ineficiencia; multiplicidad de impuestos de escaso rendimiento y costosa administración; diversos Incentivos Fiscales, muchos de los cuales no cumplen los objetivos de su creación, generando un voluminoso sacrificio fiscal improductivo; numerosas disposiciones fiscales, cuya interpretación y aplicación es difícil y complicada; ausencia de procedimientos ágiles y efectivos para controlar y fiscalizar el cobro y para descubrir y sancionar la evasión, entre otros.
Las deficiencias anotadas tornan impostergable el reordenamiento, simplificación y modernización de la estructura nacional y de la propia Administración Tributaria, materia que está debidamente considerada en la Estrategia Financiera, la que a su vez, es uno de los componentes del Programa Económico, Social y Financiero diseñado por el Gobierno Nacional. Por esta razón, no puede considerarse el tema tributario como un plan de contingencia o secreto, a ejecutar si no se aprueba la mencionada Estrategia Financiera, sino que el mismo es de la esencia de todo el mencionado Plan. Su tratamiento es aún más urgente, porque las anomalías que ostenta la rama impositiva panameña, impiden la captación de los recursos que se necesitan para ejecutar obras sociales en beneficio de más de un millón de coterráneos que hoy naufragan en la más cruel y denigrante miseria.
La Estrategia Financiera convertida en Agenda de Estado, de ser aprobada por la instancia competente, permitirá al gobierno panameño ofrecer las soluciones que merecen y reclaman los excluídos de los beneficios del desarrollo. Esta acción no implicará, bajo ningún concepto, aumentar los impuestos vigentes, ni crear otros tributos para obtener rentas sustitutivas, conforme lo ha aclarado repetidamente el Ministro de Economía y Finanzas.
La cuestión no es, por lo tanto, lanzar ideas seductoras (que no se ajustan a nuestra realidad constitucional), dirigida a ese porcentaje significativo de panameños golpeados por la miseria, sino aglutinar esfuerzos sinceros y eficaces para emprender la transformación integral de nuestro Sistema Tributario, con el fin de que sea realmente justo, eficiente y moderno. Esto conlleva, además, que se demuestre voluntad real de aportar al Fisco Nacional, en proporción a los ingresos y ganancias que obtiene cada contribuyente, y desprenderse de incentivos que únicamente causan un exorbitante sacrificio fiscal, que en nada contribuye al crecimiento del país, ni a crear puestos de trabajo, ni a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
En esta hora crucial se impone, en consecuencia, no un discurso brillante, pero etéreo, que conduce a propone o acigir cambios siempre que los mismos no afecten intereses particulares, aunque sí los de los demás. Al respecto, valga el ejemplo de la Ley de Universalización de Incentivos Tributarios, cuya modificación hace casi una década, despertó grandes expectativas en un sector, el cual aún espera respuestas.
En otras palabras, urgen que hoy (no en un mañana que jamás llega), demostremos solidaridad efectiva con los que nada tienen; con los que pasan hambre diariamente, padecen enfermedades curables y sufren de desnutrición; con los analfabetas y habitantes de áreas marginadas y, en fin, con hermanos nuestros que, cual islas abandonadas, viven rodeados por un ofensivo mar de abundancia.