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Réplica al editorial "¿Discriminación?"


El diario "El Panamá América" del lunes 5 de julio del presente, editorializó sobre el tema de la discriminación racial en Panamá, aduciendo que es un pequeño grupo de afroantillanos que se está dando a la tarea de enarbolar banderas contra una discriminación que sólo existe en su imaginación, haciendo ver también que es necesario y deseable la práctica del derecho de admisión en algunos establecimientos de servicio público.
Discrepo profundamente con ese editorial, y es que resulta muy fácil y cómodo ubicarse del otro lado de la vivencia y la realidad de los grupos negros y vociferar la inexistencia de prejuicios raciales o prácticas discriminatorias. Son los grupos negros los que más sienten las presiones de las fallas e injusticias de esta sociedad, y son esos pequeños grupos que menciona el editorial, que simplemente tratan de exteriorizar esas angustias atrapadas de su gente, víctima a diario de generalizaciones e indignidades raciales camufladas.
La famosa reserva en el derecho de admisión es meramente otra etiqueta impuesta, mayormente, sobre los grupos negros, para hacer más conveniente la discriminación con apariencia falsa de igualdad social. Pero creo que los medios de comunicación debieran encaminar sus esfuerzos para ayudar a minimizar esas tensiones raciales y no culpar a aquéllos que apuntan hacia su existencia.
Los afroantillanos panameños no introdujeron en Panamá la división de clases ni la polarización entre ricos y pobres. Tampoco es de su factura la discriminación ni los prejuicios raciales. Su lucha está dirigida a destruir las condiciones raizales que permiten la propagación del racismo y la discriminación, y contra los grupos que permiten la división social del panameño.
La postura asumida por el gobierno y otras etnias, así como el editorial en cuestión, sólo tiende a ofrecer a elementos extremistas una cubierta o pretexto para comportamientos antisociales, que sólo intensificará discordias sociales, elevando aún más alto, las barreras a la interacción social creativa y al deliberado rompimiento de contactos étnicos. Una política deliberada de segregación y discriminación es siempre disfuncional, no importa la fuente o la excusa.
Los grupos negros tienen la capacidad de enriquecer nuestra cultura a través de una contribución racial distintiva, que se logrará a través de la incorporación del grupo, y no a través de su exclusión, y mucho menos alienándolos como si necesitaran ajustes especiales en las leyes y costumbres para integrarse. Si los grupos dominantes no escogieran excluir socialmente a los grupos negros, éstos hubieran sido una parte indistinguible del cuerpo social. La mera presencia de abusos sociales es evidencia "de facto" de la ausencia de una buena voluntad y ese comportamiento, si no es contenido, puede destruir la democracia y la unión de una nación que acaba de emerger, hace apenas una generación, de denominaciones de "gold y silver roll".
El problema de discriminación no se puede tomar a la ligera, aun cuando era previsible que muchas personas rehusarían admitir que existe. Pero tensiones raciales seguirán existiendo siempre que permitamos que florezca y rehusamos identificarlo como un problema nacional. Lo que vemos hoy día son las expresiones de aquellas personas que han sentido el problema racial más intensamente, quienes han sido más sensitivos a su tragedia y sus efectos dañinos. En fin, estamos midiendo a esta sociedad contra sus altos principios cristianos profesados y su respeto por esos ideales.
Si la discriminación es basada simplemente en antagonismos raciales, los grupos blancos tendrán que cambiar su prejuicio, porque los negros no pueden cambiar su piel. Pero si es basada en sentimientos nacionales, entonces tendríamos que reeducar al país a los peligros que conlleva tales posturas para no caer en la intolerancia que vemos propagar incontenible en otras latitudes.
Es por todo lo anterior que los grupos negros están acudiendo hoy día a la Corte o a la Defensoría del Pueblo con sus problemas; aun sabiendo que las cortes son lentas, que la litigación es cara y la implementación de las leyes son peculiarmente inciertas en el área racial.
Lo que significa esto para Panamá es que tenemos que atacar a la enfermedad, no sus síntomas; enfrentar el problema de racismo y discriminación con determinación y convicción moral y nuestro país sería un mejor lugar para todos.

101 años de Panamá América

 
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