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¿República bananera?: Nada de eso


No sorprende que el mundo se divierta con el apasionado espectáculo de indecisión que presenta la recta final, el "fotofinish" del sorteo electoral que decidirá quién encabezará al gobierno de la única superpotencia, por lo menos por el momento, del mundo. En todos los ámbitos, desde las venerables cancillerías y comentarios periodísticos de Europa y Latinoamérica, hasta de los gobiernos más ilegítimos de Africa, resuenan carcajadas y burlas que al cuadro internacional se incorpora una nueva y poderosa república bananera. Ante esta metáfora risueña, una de las cuales, la semana pasada, ocupó este espacio, conviene hacer un alto para reflexionar y, sugiero, aterrizar un poco en la realidad.
La mejor explicación inmediata del origen de esta reacción teatral la ofrece, a mi juicio, el eminente historiador Arthur M. Schlesinger, que combina una vasta experiencia académica con sus años de asesor del presidente John F. Kennedy. La tentación de burla ante el desorden que ha producido el recuento en Florida, en un país que siempre ha hecho alarde de la perfección de la democracia, mientras criticaba los desaciertos de los demás, es merecida, comenta con un atinado sentido de ironía.
Sin embargo es aventurado confundir lo que está ocurriendo con una crisis institucional, añade el autor de las biografías de Jefferson, Franklin Roosevelt, John y Robert Kennedy. Pienso lo contrario: el recuento y los vaivenes de las denuncias y las apelaciones son pruebas fehacientes que el sistema funciona y que nuestra Constitución de más de 200 años, sigue siendo motivo de orgullo. La obra de Jefferson, Madison y Franklin sigue en pie.
Nadie cuestiona que sería un anacronismo que el próximo presidente pueda llegar a la Casa Blanca sin la mayoría del voto popular, por lo cual se considera más que probable que el próximo Congreso considerara una reforma para abolir al Colegio Electoral y a la vez declarar feriado el día de las elecciones o moverlas del primer martes de noviembre a un domingo.
Pero si no está en crisis el sistema constitucional, lo que sí enfrenta un desafío descomunal para un presidente que tendrá un Congreso casi dividido por la mitad y una aureola de ilegitimidad, en el caso de no tener la mayoría del voto popular, quizás el mayor reto que enfrentará es su habilidad de formular una política exterior coherente, consecuente y a la altura de la responsabilidad de una superpotencia y que no esté pendiente de los últimos sondeos de popularidad o de las opiniones de los programas televisivos.
Quentin Peel, analista del prestigioso periódico londinense Financial Times, considera que esta situación es una perfecta receta para la indecisión. Cada año, después del fin de la Guerra Fría, la preeminencia de Estados Unidos en cuestiones económicas, tecnológicas y seguridad se ha vuelto más pronunciada. Esto no ha producido aislacionismo, y esta es la palabra que los demócratas usan para denunciar a sus rivales republicanos, sino que ha producido un unilateralismo. Estados Unidos simplemente no necesita escuchar lo que tienen que decir sus aliados, continúa.
Creo, concluye Peel con un destello de optimismo, que estamos en víspera de una agitada travesía en relaciones internacionales durante los próximos cuatro años. Es hora de ajustar nuestros cinturones. Pero por lo menos la tormenta no será desastrosa.
En mi opinión, lo que está pasando en Estados Unidos, lejos de ser una crisis constitucional, es algo mucho más complejo. Se trata del desafío que enfrenta el sistema democrático en el umbral de un nuevo milenio, en el que la interdependencia del mundo ya no es un estribillo filosófico, sino una realidad cotidiana. Es el reajuste mental y cultural que requiere aprender a vivir con el que, hasta no hace tanto tiempo, era considerado el otro. Para esto se requiere imaginación, por eso lo entendieron muy bien filósofos como Martín Buber, novelistas como Octavio Paz y Carlos Fuentes, especialmente a nivel continental, y científicos sociales como Franz Boas, Margaret Mead y Tzvetan Todorov, a nivel global. Si el reto de esta readaptación no fuera suficiente, el reajuste político, social y, quizás ante todo, síquico, se realiza en un lugar de reflexión como sería el Centro Tepozlan de México, sino en medio de una vorágine informática, como la que ha desatado esta nueva fuerza política global que es la CNN.
Esta, a la vez que nos une, nos confunde con su inédita mezcla de datos, falta de contexto, banalidades, y frenesí comercial. Esto se debe a la compulsión, alimentada por los ratings competitivos de la televisión de tener que llenar una programación de 24 horas con noticias de último momento (que en cuestión de segundos se convierten en penúltimo momento) y que han convertido a otrora periodistas serios en astros de la pantalla más atentos a deslumbrar que a informar. Por eso, para tener un panorama más balanceado, conviene sintonizar las programaciones de más reflexión y mayor profundidad como suelen ser las de la BBC, la Deutschewelle, Radio Nerderland, Radio Nacional de España, y la NPR y PBS de Estados Unidos.
Quizás lo más inmediato sería hacer una pausa y reflexionar, como sugirieron en una conversación, aquí en Panamá, con el sector privado, el arquitecto y urbanista Eduardo Terrazas, presidente del Centro Topetan de México, sobre la interesante idea de convertir al Canal en el epicentro de un nuevo proyecto de desarrollo regional lanzado por el presidente-electo Vicente Fox, que ha nombrado De Puebla a Panamá. La idea se ajusta perfectamente a la tónica integracionista del nuevo milenio.

101 años de Panamá América

 
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