Repudio mundial a Norteamérica
Pocas veces una potencia mundial ha sido repudiada más rotunda y generalizadamente que los Estados Unidos norteamericanos en esta semana última, por su monstruoso ataque contra Hussein y el Irak que tiraniza este Satán (Sadam) diabólico, ubicado ya por demasiados años en la galería histórica de los sátrapas universales (Stalin, Hitler, Trujillo, Tacho, Somoza, Stroesner, Juan Bisonte Gómez, Ubico, el Dr. Francia y otros gobernantes despóticos).
A pesar de que todos somos opositores de la hiena iraquí, tal situación no era suficiente y por ello, las masas de las grandes ciudades de la Tierra han salido a las calles estos días para condenar la proeza bélica del Pentágono, del segundo Bush y otros astros menores, que ha hecho llover fuego líquido y destructor sobre los edificios del poder político en Bagdad, alcanzando a los civiles vecinos que no pudieron escapar a la gran pira siniestra que la televisión nos ha permitido observar, día con día, consternados por la técnica bélica y sádica ultramodernizada.
En las ciudades de la Unión del Norte (New York, Washington, Chicago, Los Angeles, San Francisco); en Madrid, en París, en Berlín, en Londres, en Moscú, en El Cairo, en el Líbano, en Gaza, en Beirut, en Srinagar, en Tokio, en Melbourne, en Canberra, en Manila, en México, en Buenos Aires, en Santiago y otras ciudades menores, las manifestaciones multitudinarias y a veces violentas, han testimoniado su rechazo a la incivilizada e inmotivada actitud armada norteamericana, que no pudo esperar unas semanas, para disponer del apoyo o del fracaso del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Ahora recordamos espontáneamente que en diciembre de 1989 nuestro país fue víctima de la errática política exterior estadounidense, cuando los mandos civiles y militares de Estados Unidos decidieron invadir innecesaria y bélicamente todo el territorio panameño, enviando cerca de treinta mil soldados, con saldo considerable de vidas humanas, destrucción y pánico, para llevarse al narcodictador Noriega y aplastar sus Fuerzas de Defensa, que año tras año Norteamérica financió y entrenó. Aquí, en Río Hato, experimentaron por primera vez el avión "sigiloso", ahora perfeccionado y con bárbaro uso en Bagdad; también han utilizado las bombas y los misiles inteligentes de insólito poder incendiario, que reducen en unos cuantos minutos los complejos de edificios gubernamentales construidos y sostenidos por Sadam.
Eseas multitudes no defendían nada de lo que Hussein representa, sino que lanzaban sus voces de enfurecida protesta, para demostrarles a los inquilinos del Pentágono y de la Casa Blanca que un mundo impotente ante la barbarie de la bomba atómica y de los cohetes balísticos que estallan sobre cualquier blanco del globo tarráqueo, quieren la paz, el trabajo dignificador y una vida justa, anhelo de toda la humanidad, desde tiempos inmemoriales.
Queremos que imperen la razón humana, un Estado de justicia social, y no un Estado que por doquier gasta millones de dólares en armas e inventos bélicos, para seguir imponiendo su concepción de un mundo partido entre unos muy pocos millonarios y unos muchos con enfermedad incurada y con hambre insatisfecha. Queremos justicia universal y no la guerra mundial, que degrada y envilece al ser humano, despojándolo de su humanidad.
Sin duda que es impresionante y anonadador el avance técnico-militar de Estados Unidos, si se compra lo que hizo en la primera Guerra del Golfo Pérsico (también contra Irak) y lo que está haciendo y empleando en esta segunda guerra del mismo lugar, porque en aquélla erraron al no concluir su tarea, y dejarla a medias, para tener ahora que repetir las dosis y llegar al fin. Pero todos esos cientos y miles de millones de dólares, invertidos en armas, para imponer al mundo su hegemonía, bien debieron invertirlos en acciones más humanitarias y convincentes, como en aliviar siquiera un poco la indigencia que sufre la mayor parte de la población mundial.
La locura bélica de hoy ha puesto en peligro la continuidad de las Naciones Unidas, que Roosevelt y Churchill, como grandes apóstoles del siglo XX, acariciaron y levantaron en ideal de paz, al borde del costoso triunfo aliado en la hectombe larga y cruenta de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que costó cincuenta millones de vidas humanas, ideal que Stalin aceptó porque veinte millones de muertos rusos fueron su contribución a esa paz, sobre Hitler y sus compinches italianos y japoneses. Todavía hoy tenemos que decir, parodiando a Madame Rolland: ¡Oh humanidad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! ¡Paz y no Guerra anhela esa misma humanidad todavía doliente!
A pesar de que todos somos opositores de la hiena iraquí, tal situación no era suficiente y por ello, las masas de las grandes ciudades de la Tierra han salido a las calles estos días para condenar la proeza bélica del Pentágono, del segundo Bush y otros astros menores, que ha hecho llover fuego líquido y destructor sobre los edificios del poder político en Bagdad, alcanzando a los civiles vecinos que no pudieron escapar a la gran pira siniestra que la televisión nos ha permitido observar, día con día, consternados por la técnica bélica y sádica ultramodernizada.
En las ciudades de la Unión del Norte (New York, Washington, Chicago, Los Angeles, San Francisco); en Madrid, en París, en Berlín, en Londres, en Moscú, en El Cairo, en el Líbano, en Gaza, en Beirut, en Srinagar, en Tokio, en Melbourne, en Canberra, en Manila, en México, en Buenos Aires, en Santiago y otras ciudades menores, las manifestaciones multitudinarias y a veces violentas, han testimoniado su rechazo a la incivilizada e inmotivada actitud armada norteamericana, que no pudo esperar unas semanas, para disponer del apoyo o del fracaso del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Ahora recordamos espontáneamente que en diciembre de 1989 nuestro país fue víctima de la errática política exterior estadounidense, cuando los mandos civiles y militares de Estados Unidos decidieron invadir innecesaria y bélicamente todo el territorio panameño, enviando cerca de treinta mil soldados, con saldo considerable de vidas humanas, destrucción y pánico, para llevarse al narcodictador Noriega y aplastar sus Fuerzas de Defensa, que año tras año Norteamérica financió y entrenó. Aquí, en Río Hato, experimentaron por primera vez el avión "sigiloso", ahora perfeccionado y con bárbaro uso en Bagdad; también han utilizado las bombas y los misiles inteligentes de insólito poder incendiario, que reducen en unos cuantos minutos los complejos de edificios gubernamentales construidos y sostenidos por Sadam.
Eseas multitudes no defendían nada de lo que Hussein representa, sino que lanzaban sus voces de enfurecida protesta, para demostrarles a los inquilinos del Pentágono y de la Casa Blanca que un mundo impotente ante la barbarie de la bomba atómica y de los cohetes balísticos que estallan sobre cualquier blanco del globo tarráqueo, quieren la paz, el trabajo dignificador y una vida justa, anhelo de toda la humanidad, desde tiempos inmemoriales.
Queremos que imperen la razón humana, un Estado de justicia social, y no un Estado que por doquier gasta millones de dólares en armas e inventos bélicos, para seguir imponiendo su concepción de un mundo partido entre unos muy pocos millonarios y unos muchos con enfermedad incurada y con hambre insatisfecha. Queremos justicia universal y no la guerra mundial, que degrada y envilece al ser humano, despojándolo de su humanidad.
Sin duda que es impresionante y anonadador el avance técnico-militar de Estados Unidos, si se compra lo que hizo en la primera Guerra del Golfo Pérsico (también contra Irak) y lo que está haciendo y empleando en esta segunda guerra del mismo lugar, porque en aquélla erraron al no concluir su tarea, y dejarla a medias, para tener ahora que repetir las dosis y llegar al fin. Pero todos esos cientos y miles de millones de dólares, invertidos en armas, para imponer al mundo su hegemonía, bien debieron invertirlos en acciones más humanitarias y convincentes, como en aliviar siquiera un poco la indigencia que sufre la mayor parte de la población mundial.
La locura bélica de hoy ha puesto en peligro la continuidad de las Naciones Unidas, que Roosevelt y Churchill, como grandes apóstoles del siglo XX, acariciaron y levantaron en ideal de paz, al borde del costoso triunfo aliado en la hectombe larga y cruenta de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que costó cincuenta millones de vidas humanas, ideal que Stalin aceptó porque veinte millones de muertos rusos fueron su contribución a esa paz, sobre Hitler y sus compinches italianos y japoneses. Todavía hoy tenemos que decir, parodiando a Madame Rolland: ¡Oh humanidad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! ¡Paz y no Guerra anhela esa misma humanidad todavía doliente!