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Resoluciones de un nuevo año


Esto es todos los años cuando llega el 31 a la media noche y amanecemos "engomados", aunque sea de sueño, el 1 por la mañana. Que si voy a hacer, si no lo haré más, que si el traje que me pondré no será amarillo sino verde; que si no iré más por el partido, que si no comeré tanta grasa para que me baje en colesterol, que si adelgazaré y haré mis ejercicios (esto es más fácil que cerrar la boca). ¡Dios, cuánta cosa promete uno que luego no cumple! Parecemos políticos en campaña o novios a punto de enamorar a la muchacha... y hasta allí llegamos. Por lo menos, cuando miramos hacia arriba con las manos juntitas, Dios sonríe y se esperanza de que cumplamos, aunque sea la mitad.
El año pasado trabajé más fuerte de lo que debía y, cuando llegó fin de año, el jefe no me dio ni una bonificación, ni siquiera las gracias por el apoyo. En cambio, el jefe piensa que para eso pagan, para cumplir con su trabajo y lo hizo bien. Pero, nada más.
Recuerdo una promesa de septiembre de 2004, cuando el ministro de Obras Públicas dijo que no había dinero, pero que para enero arreglarían los baches de las calles. Esa promesa me ha llevado a pensar en cambiar mi carro luego de arreglar mis amortiguadores, que para eso me envió el niño Dios el miercolito (esa fue otra promesa). Así, se nos alegra el corazón.
Parece ser que el Seguro Social (que no está muy seguro nada), ha puesto un anuncio para encontrar empleados que no protesten tanto y trabajen más sin pedir tanta coima. ¿Será esto cierto? ¡Ay, qué horror si lo es! El país anda en busca de gente que no pida tanto y ofrezca más de su parte; que se olvide del poder del gobierno para ser paternalista y que todo se lo regalen.
Pero, eso no sería nada si los trabajadores y los empresarios se mostraran dispuestos a un sacrificio por el país. Que los dirigentes sindicales prometieran ser más conscientes en sus aspiraciones y aflojen las quejas que parecen enfermos adoloridos antes de tomar Tylenol. Aquellos que prometen encontrar empleo, que salgan de su casa para ver si lo encuentran. Sé que no es fácil, pero fácil lo queremos todo y por esto nos metemos en líos con los de las drogas, buscando dinero de suave consecución. Allí es donde meten la pata porque, a la larga o a la corta, los encierran en la chirola.
Prometamos recordar los valores cívicos, la honestidad en el trabajo y en el hogar; recordemos también la responsabilidad de la familia, de ser buenos padres y esposos (as) e hijos; los niños prometan estudiar para dar al país buenos hijos, capacitados para el trabajo. Las secretarias que sepan responder correctamente cuando se conversa con ellas y no sean malcriadas. Seamos fieles en el matrimonio, en la amistad, en los negocios, en la política, en las relaciones interpersonales.
Hablando de política, ¿qué promesas harán los que están arriba y los que están abajo? Creo que si dejamos el juega vivo, el interés propio sobre el de los demás y del país, tal vez podremos dar más de lo que exigimos. Ser político no es engañar a los votantes y a los demás; es cumplir con los deberes de ciudadanos, es ser conscientes de sus obligaciones como gobernantes; es saber cuáles son sus limitaciones para llevar a cabo trabajo y obras, no ser prepotentes porque en ese momento tienen poder. Ser buen político es ser buen ciudadano, buen gobernante, honesto, él y los que lo rodean; saber que la inteligencia debe ser usada para lo constructivo y no destruir lo que otros han hecho antes. Ser estadistas y sacar provecho de las situaciones para bien del país y de las mayorías que constituyen las masas oprimidas por falta de oportunidades.
Son algunas de las promesas que quisiera que los panameños nos hiciéramos para mejorar nuestra dignidad, importante para vivir en paz. Por lo pronto no digo las mías porque se reirían de algunas. Es que no puedo evitar desear que salga en mí un poco de lo niño que llevamos dentro y me reprimo; este año lo haré y celebraré mi cumpleaños, jugaré más con mis nietas, saltaré soga, jugaré rayuela, bolitas y prometo no tragarlas. Comeré chocolate y me embarraré de mango. No sé si sirven de algo estas promesa, pero podría casi jurar que las cumpliré. ¿Por qué no me acompañan?

101 años de Panamá América

 
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