Respuesta a mis amigos
Varios amigos me han preguntado por qué he dejado de escribir y me piden volver a hacerlo. Admito sentirme halagado por contar con amigos y conocidos que noten mi ausencia de los medios. Sus comentarios, aparte de darle un fuerte impulso al ego, me obligan a rendirles explicaciones, a riesgo de que suenen petulantes para algunos que no me conocen tan bien como mi círculo de lectores y que saben que no sufro de ese mal.
Una prolongada convalecencia, luego de problemas médicos, contribuyó a la ausencia de mis artículos; pero bien pude aprovechar ese período, propio para revaluar rumbos y estilo de vida, para generar algunos escritos. Tenía tiempo a mano que me permitía reflexionar a fondo sobre muchos temas, pero no lo hice y continué no haciéndolo porque me faltó entusiasmo. Simplemente me frustré.
Amigos y lectores, uno escribe para expresar ideas y opiniones sobre temas que sus conocimientos y experiencia profesional lo habilitan para hacerlo, o simplemente por su condición de ciudadano de este país que da el derecho de hacerlo y expresar libremente, gracias a Dios, su opinión sobre temas de interés nacional. Uno escribe con la esperanza de que sus comentarios de una manera u otra, por más pequeña que sea, como es mi caso, influyan a mejorar nuestra calidad de ciudadanos de este país; pero cuando se observa que personalidades y medios de comunicación social de mucha más influencia pública que la nuestra, tampoco logran que se les escuche, no es inusual que simples ciudadanos como yo, nos desilusionemos y nos apartemos de posturas públicas.
Pero hay mucho más. El entorno nacional tampoco es estimulante. Observemos: Un Ejecutivo con falta de visión de Estado, operando en un ambiente público pleno de acusaciones de corrupción, nepotismo y malos manejos. Un sistema judicial fuertemente cuestionado. Una Asamblea Legislativa totalmente desprestigiada y compartiendo el olor de corrupción de los otros poderes públicos. Una clase política sin credibilidad alguna. Una Iglesia tímida. Una sociedad civil igualmente carente de liderazgo monolítico y en su gran mayoría indiferente y apática a la situación crítica en que vivimos. Unas organizaciones estudiantiles más interesadas en lanzarse piedras los unos a los otros que actuar con gallardía y valor ante temas nacionales como las antiguas gestas institutoras. Un sector obrero, el mejor organizado, pero igualmente huérfano de legítimos líderes. Unos, como el sector transporte, hábilmente manipulados por una camarilla de líderes sindicales que han mantenido chantajeado este país por generaciones con amenazas de huelgas, mientras queda sin resolver el mayor problema que confrontamos los habitantes de esta ciudad. (No es coincidental que este sector sea el mejor representado en números en la Asamblea) Otro, como es el sector construcción, liderado por personajes de clara orientación marxista-leninista, que los considero un riesgo para la tranquilidad nacional por su influencia en áreas tan sensitivas como son la Caja de Seguro Social y la Universidad Nacional, por sus ideas demagógicas y socializantes, anti-empresa privada, fueras de todo contexto histórico actual. Y por último: un pueblo huérfano de soluciones reales, aparentemente sumiso, estoico. Con un increíble alto grado de paciencia y fatalismo, esperanzado en soluciones mágicas; situación endémica altamente contagiante.
No hace falta definir los problemas nacionales. Se conocen. Se ventilan todos los días en los medios y círculos profesionales. Las soluciones se conocen también, basta sólo un fuerte viraje de voluntad de gobierno y sentido de estadista para realizarlas.
Mientras tanto, la vida continúa como tal; los escandalosos persisten en una especie de espiral ascendente. Ayer fue el Caso San Lorenzo. Hoy es el tráfico ilícito de armas. Hace algún tiempo fue el helicóptero y el nepotismo. Mañana con toda seguridad será otro. Mas todos quedan ahí en el aire sin aclarar, en una especie de limbo surrealista; con la esperanza, real pareciera, de que el tiempo los borre. Todos sirviendo para desviar nuestra atención de la ausencia de soluciones para los problemas sociales y económicos reales por los que atravesamos.
Debo admitir que si en algo ha demostrado gran habilidad y buen olfato político este gobierno fue en demostrar excelente conocimiento de nuestro temperamento e idiosincrasia. Ha sabido utilizar muy hábilmente su conocimiento de nuestra normal apatía, corta memoria y natural afición al sensacionalismo para seguir "guarachándonos" en vez de trabajar hacia soluciones concretas y aclarar los múltiples escándalos públicos. De esta manera ha sobrevivido todas sus crisis dejando sin aclarar la alta gama de incógnitas asociadas con escándalos y responder a comprobados incumplimientos de compromisos eleccionarios. En este sentido no podemos culpar a nadie más que a nosotros. Primero, porque este gobierno es de todos y es el que escogimos en buena lid eleccionaria y segundo, porque nuestra apatía cívica contribuye a que se nos desprecie.
Nuestra situación me recuerda la expresión de un personaje de las tiras cómicas de mi época universitaria, quien al reportar al jefe, le dice con gran aplomo: "jefe. Encontré el enemigo. y el enemigo somos nosotros mismos". Amigos, ante este panorama sombrío y ausente de señales concretas hacia cambios de rumbo, ¿no creen Uds. que no es difícil tirar la toalla?
Una prolongada convalecencia, luego de problemas médicos, contribuyó a la ausencia de mis artículos; pero bien pude aprovechar ese período, propio para revaluar rumbos y estilo de vida, para generar algunos escritos. Tenía tiempo a mano que me permitía reflexionar a fondo sobre muchos temas, pero no lo hice y continué no haciéndolo porque me faltó entusiasmo. Simplemente me frustré.
Amigos y lectores, uno escribe para expresar ideas y opiniones sobre temas que sus conocimientos y experiencia profesional lo habilitan para hacerlo, o simplemente por su condición de ciudadano de este país que da el derecho de hacerlo y expresar libremente, gracias a Dios, su opinión sobre temas de interés nacional. Uno escribe con la esperanza de que sus comentarios de una manera u otra, por más pequeña que sea, como es mi caso, influyan a mejorar nuestra calidad de ciudadanos de este país; pero cuando se observa que personalidades y medios de comunicación social de mucha más influencia pública que la nuestra, tampoco logran que se les escuche, no es inusual que simples ciudadanos como yo, nos desilusionemos y nos apartemos de posturas públicas.
Pero hay mucho más. El entorno nacional tampoco es estimulante. Observemos: Un Ejecutivo con falta de visión de Estado, operando en un ambiente público pleno de acusaciones de corrupción, nepotismo y malos manejos. Un sistema judicial fuertemente cuestionado. Una Asamblea Legislativa totalmente desprestigiada y compartiendo el olor de corrupción de los otros poderes públicos. Una clase política sin credibilidad alguna. Una Iglesia tímida. Una sociedad civil igualmente carente de liderazgo monolítico y en su gran mayoría indiferente y apática a la situación crítica en que vivimos. Unas organizaciones estudiantiles más interesadas en lanzarse piedras los unos a los otros que actuar con gallardía y valor ante temas nacionales como las antiguas gestas institutoras. Un sector obrero, el mejor organizado, pero igualmente huérfano de legítimos líderes. Unos, como el sector transporte, hábilmente manipulados por una camarilla de líderes sindicales que han mantenido chantajeado este país por generaciones con amenazas de huelgas, mientras queda sin resolver el mayor problema que confrontamos los habitantes de esta ciudad. (No es coincidental que este sector sea el mejor representado en números en la Asamblea) Otro, como es el sector construcción, liderado por personajes de clara orientación marxista-leninista, que los considero un riesgo para la tranquilidad nacional por su influencia en áreas tan sensitivas como son la Caja de Seguro Social y la Universidad Nacional, por sus ideas demagógicas y socializantes, anti-empresa privada, fueras de todo contexto histórico actual. Y por último: un pueblo huérfano de soluciones reales, aparentemente sumiso, estoico. Con un increíble alto grado de paciencia y fatalismo, esperanzado en soluciones mágicas; situación endémica altamente contagiante.
No hace falta definir los problemas nacionales. Se conocen. Se ventilan todos los días en los medios y círculos profesionales. Las soluciones se conocen también, basta sólo un fuerte viraje de voluntad de gobierno y sentido de estadista para realizarlas.
Mientras tanto, la vida continúa como tal; los escandalosos persisten en una especie de espiral ascendente. Ayer fue el Caso San Lorenzo. Hoy es el tráfico ilícito de armas. Hace algún tiempo fue el helicóptero y el nepotismo. Mañana con toda seguridad será otro. Mas todos quedan ahí en el aire sin aclarar, en una especie de limbo surrealista; con la esperanza, real pareciera, de que el tiempo los borre. Todos sirviendo para desviar nuestra atención de la ausencia de soluciones para los problemas sociales y económicos reales por los que atravesamos.
Debo admitir que si en algo ha demostrado gran habilidad y buen olfato político este gobierno fue en demostrar excelente conocimiento de nuestro temperamento e idiosincrasia. Ha sabido utilizar muy hábilmente su conocimiento de nuestra normal apatía, corta memoria y natural afición al sensacionalismo para seguir "guarachándonos" en vez de trabajar hacia soluciones concretas y aclarar los múltiples escándalos públicos. De esta manera ha sobrevivido todas sus crisis dejando sin aclarar la alta gama de incógnitas asociadas con escándalos y responder a comprobados incumplimientos de compromisos eleccionarios. En este sentido no podemos culpar a nadie más que a nosotros. Primero, porque este gobierno es de todos y es el que escogimos en buena lid eleccionaria y segundo, porque nuestra apatía cívica contribuye a que se nos desprecie.
Nuestra situación me recuerda la expresión de un personaje de las tiras cómicas de mi época universitaria, quien al reportar al jefe, le dice con gran aplomo: "jefe. Encontré el enemigo. y el enemigo somos nosotros mismos". Amigos, ante este panorama sombrío y ausente de señales concretas hacia cambios de rumbo, ¿no creen Uds. que no es difícil tirar la toalla?