Resultados de la era de Reagan
El fallecimiento del presidente Ronald Wilson Reagan, a los 93 años de edad víctima del mal de Alzheimer, puede convertirse en una fortaleza para los neoconservadores estadounidenses y sus ceremonias fúnebres en un espectáculo para tratar de resucitar la vida política de quienes se consideran sus herederos. La Casa Blanca admitió que desde hacía varios años, en coordinación con la familia Reagan, había preparado las pompas fúnebres.
La noticia de la muerte de Reagan le llegó al presidente George W. Bush, luego de recibir una reprimenda privada del Papa Juan Pablo II por las torturas y asesinatos de prisioneros iraquíes y de ser repudiado en público por decenas de millares de europeos que protestaron por la ocupación de Irak. Su gira europea concluyó en las costas francesas de Normandía. Pero Bush pareció más cerca de Waterloo que de Normadía. El Día D resultaba moralmente incuestionable, frente a la ocupación de Irak basada en mentiras y en las ambiciones de la industria petrolera estadounidense. Por eso Bush buscó refugio en el catalizador moral, político y militar que significó Reagan para Estados Unidos (EU).
Como adalid del ultraconservatismo, con el respaldo de la llamada la nueva derecha cristiana y del fundamentalismo ideológico encabezado por la Fundación Heritage, Reagan hizo de la confrontación con la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), a la que denominaba el imperio del mal, el centro de su política internacional.
Su experiencia como actor fue determinante en sus dos períodos en la Casa Blanca, entre 1981 y 1989. Mientras hacía creer que impulsaba políticas a favor de los pobres y generaba empleos, su gobierno recortó los programas sociales y los derechos laborales. Insistía en que la acción social y el Estado benefactor estorbaban la iniciativa privada. Su política económica, conocida como reaganomics, "desembocó en una sociedad más egoísta, con menos espacio para la compasión", editorializó el diario angelino La Opinión al dar a conocer su muerte.
En el exterior puso en marcha la llamada guerra de baja intensidad, creó fuerzas de despliegue rápido y reforzó las operaciones encubiertas en todo el mundo. Reagan impulsó, en noviembre de 1981, un diálogo directo con el régimen de Fidel Castro. Washington propuso a La Habana que sacara sus manos de América Central. A cambio abriría el comercio estadounidense hacia la isla. No hubo acuerdo. Un mes más tarde, Reagan firmó el decreto mediante el cual autorizaba entrenar y armar a la contrainsurgencia nicaragüense.
La guerra de Reagan en América Central, por la que tuvo que enfrentar una condena ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya y el escándalo Irangate que hizo tambalear su administración, dejó abiertas profundas heridas que aún no han cicatrizado.
Reagan mantuvo una estrecha relación con las dictaduras latinoamericanas que se quebró luego de la Guerra de las Malvinas, por el apoyo de EU a Inglaterra. Más tarde, dentro de su intervensionismo unilateral, derrocó al gobierno de Grenada y ocupó la isla. En Panamá, promovió una salida pacífica para Manuel Noriega en 1988 que, finalmente, no prosperó.
Fuera de la región, respaldó a los contrainsurgentes en Afganistán, entre los que se encontraba Osama bin Laden. Entregó armas químicas y biológicas a Sadam Hussein, que son las que ahora busca Bush. Bombadeó Libia, apoyó a Israel contra Palestina, a Indonesia contra Timor Oriental, al aparthied en Sudáfrica y grupos contrainsurgentes en Angola y otras naciones africanas. Reagan colocó todo el avance científico estadounidense al servicio de un sistema destructivo denominado Guerra de las Galaxias. Pese al derroche de recursos, reflejado en un enorme déficit fiscal, ese escudo espacial antimisiles nunca se materializó. Pero obligó a Moscú a discutir el desarme, en medio de una bancarrota económica y una disidencia interna cada vez más difícil de aplastar. La caída del muro de Berlín en 1989, precedió al derrumbe de la URSS dos años más tarde.
Bush, se ha erigido en la reencarnación de los ideales de Reagan y pretende resucitarlos. Pero ha aprendido poco del pragmatismo y del sentido de oportunidad del fallecido mandatario. Ignoró la diplomacia, el poder de la disuasión y de la contención militar, mientras abrazó la doctrina del ataque preventivo al cual Reagan se oponía.
Bush y su eje del mal estilo siglo XXI, sólo auguran dolores de cabeza a los neoconservadores que tienen a Reagan como su héroe nacional.
La noticia de la muerte de Reagan le llegó al presidente George W. Bush, luego de recibir una reprimenda privada del Papa Juan Pablo II por las torturas y asesinatos de prisioneros iraquíes y de ser repudiado en público por decenas de millares de europeos que protestaron por la ocupación de Irak. Su gira europea concluyó en las costas francesas de Normandía. Pero Bush pareció más cerca de Waterloo que de Normadía. El Día D resultaba moralmente incuestionable, frente a la ocupación de Irak basada en mentiras y en las ambiciones de la industria petrolera estadounidense. Por eso Bush buscó refugio en el catalizador moral, político y militar que significó Reagan para Estados Unidos (EU).
Como adalid del ultraconservatismo, con el respaldo de la llamada la nueva derecha cristiana y del fundamentalismo ideológico encabezado por la Fundación Heritage, Reagan hizo de la confrontación con la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), a la que denominaba el imperio del mal, el centro de su política internacional.
Su experiencia como actor fue determinante en sus dos períodos en la Casa Blanca, entre 1981 y 1989. Mientras hacía creer que impulsaba políticas a favor de los pobres y generaba empleos, su gobierno recortó los programas sociales y los derechos laborales. Insistía en que la acción social y el Estado benefactor estorbaban la iniciativa privada. Su política económica, conocida como reaganomics, "desembocó en una sociedad más egoísta, con menos espacio para la compasión", editorializó el diario angelino La Opinión al dar a conocer su muerte.
En el exterior puso en marcha la llamada guerra de baja intensidad, creó fuerzas de despliegue rápido y reforzó las operaciones encubiertas en todo el mundo. Reagan impulsó, en noviembre de 1981, un diálogo directo con el régimen de Fidel Castro. Washington propuso a La Habana que sacara sus manos de América Central. A cambio abriría el comercio estadounidense hacia la isla. No hubo acuerdo. Un mes más tarde, Reagan firmó el decreto mediante el cual autorizaba entrenar y armar a la contrainsurgencia nicaragüense.
La guerra de Reagan en América Central, por la que tuvo que enfrentar una condena ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya y el escándalo Irangate que hizo tambalear su administración, dejó abiertas profundas heridas que aún no han cicatrizado.
Reagan mantuvo una estrecha relación con las dictaduras latinoamericanas que se quebró luego de la Guerra de las Malvinas, por el apoyo de EU a Inglaterra. Más tarde, dentro de su intervensionismo unilateral, derrocó al gobierno de Grenada y ocupó la isla. En Panamá, promovió una salida pacífica para Manuel Noriega en 1988 que, finalmente, no prosperó.
Fuera de la región, respaldó a los contrainsurgentes en Afganistán, entre los que se encontraba Osama bin Laden. Entregó armas químicas y biológicas a Sadam Hussein, que son las que ahora busca Bush. Bombadeó Libia, apoyó a Israel contra Palestina, a Indonesia contra Timor Oriental, al aparthied en Sudáfrica y grupos contrainsurgentes en Angola y otras naciones africanas. Reagan colocó todo el avance científico estadounidense al servicio de un sistema destructivo denominado Guerra de las Galaxias. Pese al derroche de recursos, reflejado en un enorme déficit fiscal, ese escudo espacial antimisiles nunca se materializó. Pero obligó a Moscú a discutir el desarme, en medio de una bancarrota económica y una disidencia interna cada vez más difícil de aplastar. La caída del muro de Berlín en 1989, precedió al derrumbe de la URSS dos años más tarde.
Bush, se ha erigido en la reencarnación de los ideales de Reagan y pretende resucitarlos. Pero ha aprendido poco del pragmatismo y del sentido de oportunidad del fallecido mandatario. Ignoró la diplomacia, el poder de la disuasión y de la contención militar, mientras abrazó la doctrina del ataque preventivo al cual Reagan se oponía.
Bush y su eje del mal estilo siglo XXI, sólo auguran dolores de cabeza a los neoconservadores que tienen a Reagan como su héroe nacional.