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Resurgir de las cenizas


Allí lo vemos ahora, acongojado, llorando a sus muertos y recogiendo sus ruinas; con su orgullo herido y su economía maltrecha, levantándose paulatinamente, cubierto de lágrimas, sangre y cenizas. Es algo así como el mismo espíritu de Londres bajo el fuego de la inmisericorde cohetería de Hitler. Fue el coraje y porfía de lucha lo que mantuvo de pie a Inglaterra y le permitió finalmente sobreponerse y triunfar sobre su temido y mortal enemigo.
El terrorismo, venga de donde venga, no va a doblegar a Estados Unidos, ni a su pueblo. Su presidente, Congreso y líderes políticos, así lo entienden y están sólidamente unidos, echando a un lado o postergando las naturales diferencias propias del devenir en democracia.
Es un pueblo que adora su estilo de vida, su libertad irreverente, su conciencia plena en ser quien manda a sus políticos y funcionarios, su arrogancia de contribuyente que se sabe jefe, que paga la cuenta y planillas del inmenso aparato burocrático y militar, que sabe a quién sirve y a quién debe finalmente su razón de existir.
Hablamos del despliegue de mando ciudadano que suelen ejercer frecuentemente los norteamericanos cuando envían cartas o peticiones a sus congresistas y demás autoridades, que son respondidas casi a vuelta de correo, con vocación de servicio y un toque de humildad, extraordinario para nuestro medio donde los gobernantes se sienten pertenecientes a una casta superior y privilegiada que no debe rendir cuentas a nadie.
Los terroristas cometieron un gravísimo error al atacar al pueblo norteamericano, que es noble y está formado por gente común, muchas veces ajena a las decisiones buenas o malas de sus gobernantes. Es una sutil diferencia, -distinguir entre su pueblo y su aparato militar y burocrático-, que a fuerza de una interminable controversia y proximidad geográfica, ha entendido, por ejemplo, Fidel Castro, quien constantemente se cuida de diferenciar entre uno y otro, y no pierde tiempo en su esfuerzo por cautivar al pueblo de su irreconciliable adversario, excluyéndolo de sus ataques al gobierno estadounidense, y ofreciéndole en particular ayuda médica y sus aeropuertos.
En esta ocasión, muy torpemente, los ataques golpearon al ciudadano común, al de a pie, al humilde bombero, al policía, al empleado de oficinas y restaurantes; a las madres que llevan sus hijos a la escuela y no tienen conductor. Y no es que justifiquemos el otro ataque, perpetrado contra el Pentágono. Pero este último, aunque igualmente cobarde, es un objetivo militar, no así las Torres Gemelas y demás objetivos civiles.
En fin, el pueblo norteamericano va a recuperarse, va a reconstruir las torres gemelas, más altas, fuertes e imponentes que antes. El ataque no hará más que templar el acero de su moral. Y no nos llamemos a engaños, cuando termine de contar y enterrar sus muertos, dará un duro merecido a los asesinos.



101 años de Panamá América

 
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