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Retomando el domingo


Dos semanas hace tocamos el tema del Domingo. Entendido como el "Día del Señor". En la reflexión esbozada trajimos a colación un relato de principios del siglo IV, el año 304, de un grupo de cristianos de Abitina, en el norte de Africa, que entregaron sus vidas al ser sorprendidos en la reunión dominical eucarística, en tiempos de persecución.
Se ha dicho en tono patético "si queremos salvar la religión, salvemos el domingo".
Hay motivos evidentes de preocupación y sin ser alarmistas hay que reconocer que existen interrogantes serios dentro de nuestras filas creyentes en torno al domingo. Entre nosotros, el domingo es bueno para todo, menos para acordarse del Señor.
Ha decrecido notoriamente el número de los que participan en la asamblea dominical, sobre todo por parte de los jóvenes. En las estadísticas que aunque útiles no son muchas veces fiables del todo, aparece una media general de participantes en la misa dominical que no llega al 30 por ciento en los adultos, y entre los jóvenes, alrededor del 20 por ciento. Pero aun sin encuestas ni estadísticas es fácil reconocer que en los últimos treinta años se está dando esta disminución y en los últimos 15 años, un 5 por ciento menos. Estos datos no son de Panamá, son de otras latitudes y como un ejemplo de lo que sucede en otros lados, aplicable hasta cierto punto a nuestro medio con bastante aproximación. Más aún, al hablar de este tema de la asistencia tenemos que desde luego, comenzar con una distinción elemental, entre urbano y rural, y rural urbano. Y en la ciudad, hay que distinguir entre barriadas y barriadas. Entre los que se quedan en la ciudad y entre los que pueden salir de la ciudad.
Hay muchos factores que influyen en este fenómeno: el anonimato de las grandes ciudades, la fuerte emigración que ha desarraigado a muchos de su comunidad natural... Pero sobre todo el ambiente secularista que se respira en la sociedad, con su tono de libertad y pluralismo, que ha hecho disminuir las convicciones de fe en muchos y que ha oscurecido la "necesidad" de una celebración cristiana comunitaria precisamente en el fin de semana.
Ha habido fuertes cambios sociológicos respecto al domingo, que han afectado al sentido cristiano del mismo. El domingo ha dejado su puesto al "fin de semana" (Week-end). Un espacio muy vivo, ocupado por sinfín de actividades humanas: deporte, salida al campo, regiones culturales y políticas. La civilización del tiempo libre y del ocio nos está imponiendo un nuevo estilo de vida.
También los cristianos sienten los efectos de una salida en muchos casos masiva de las ciudades que les aparte de su ambiente normal de fe, sin que muchas veces se integren al nuevo, en su "segunda residencia".
El fenómeno del fin de semana no es malo, en principio. Pero sí lo sería el que por culpa de él se perdieran los valores cristianos del domingo. Es bueno que, después de una semana de trabajo no pocas veces deshumanizador y agobiante, gocemos de esa evasión a la libertad y el descanso. Pero ¿no podría ser el domingo, además del día del hombre, día del Señor?
Por otra parte, existe el fenómeno de la escasez de vocaciones y la inopia de ministros del culto para atender a las comunidades. El caso de tantas comunidades que tienen que organizar sus reuniones de fe y oración sin la presencia de ningún sacerdote, la difícil conjugación entre las asambleas generales y las reuniones de grupos, la calidad de las celebraciones que ofrecemos a los fieles.
Se menciona como un hecho real y es el hecho de la sobrecarga de trabajos apostólicos de los sacerdotes que prácticamente los agota y los lleva a celebrar eucaristías casi contra reloj. Pensemos en algunas comunidades rurales donde un sólo párroco tiene la responsabilidad de visitar alternadamente "los campos" o "las comunidades" que a veces no son ni dos ni tres sino veinte y treinta y hasta cuarenta comunidades. Forzosamente este factor influye en todo el fenómeno del domingo.
Si el domingo es un espacio de alegría pascual, cómo puede un sacerdote con una excesiva multiplicación de celebraciones cuando todas estas responsabilidades les produce en algunos casos angustia y desánimo. Una lista de responsabilidades pendientes, bautizos, bodas, catequesis, unción a los enfermos y la presencia en reuniones de oración de grupos enfervorizados que requieren su presencia. Este y otros muchos factores como el desgaste con los años y disminución de las energías, el recalentamiento de la tierra además de la temperatura local, pesan en una visión sobre la etiología del hecho de la disminución de la asistencia a la celebración del domingo. Gracias a Dios que con el tiempo los laicos responsables se han ido incorporando en algunas tareas parroquiales atendiendo por ejemplo, la parte económica, la liturgia de la palabra, la coordinación de los cantos y otros comités que animan y alivian hasta cierto punto y le dan una imagen pascual a la vida parroquial dominical. Por otro lado, en la hipótesis de que los cristianos católicos se decidieran a ir al templo en forma masiva sea el sábado o el domingo a cumplir con su identidad de fe, según nuestros cálculos, tropezaríamos con la evidencia de que no habría lugar suficiente en las distintas parroquias para acogerlos. Como queda demostrado cuando hay alguna actividad extraordinaria que amerite celebración distinta, seguiremos con el domingo el próximo domingo.

101 años de Panamá América

 
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