Revolución ética en Panamá
LA VERDAD ES QUE no dudé ni un instante en aceptar la invitación -hace bastantes años- para compartir una experiencia educativa en Costa Rica, en la que iba a encontrarme con Paulo Freire, el educador brasileño que había impactado la pedagogía y las formas de hacer política en todo el mundo. Igual pensó mi amigo mexicano, Carlos Núñez Hurtado. Ambos vivimos intensas vivencias recorriendo las comunidades de Talamanca y otros puntos de ese hermano país, en compañía de Freire.
Esta anécdota retrata la profunda búsqueda de coherencia que distinguió al educador brasileño ya fallecido. En el marco de las actividades programas en San José, llegamos al Teatro Nacional. Las puertas estaban cerradas, pues el lugar estaba repleto a pesar de que todavía faltaba bastante para la hora de inicio. No sin dificultad logramos identificarnos como invitados especiales y pudimos ubicarnos en asientos de primera fila de la luneta. El acto empezó de inmediato y nos dimos cuenta entonces de que se buscaba aprovechar la figura de Freire para revestir un acto oficial de aniversario de una institución pública. En la mesa de honor, en medio del escenario, estaba el Presidente de la República, varios ministros y Freire, que no conocía el carácter del evento hasta ese momento. Hablaron los ministros y funcionarios alabando su propia actuación y sus propias obras, mientras que el público cuestionaba a gritos lo que consideraba como falso y repudiaba acremente el montaje de ese espectáculo.
Llegó el momento y el animador del acto presentó al invitado por todos esperado. Freire con voz muy suave expresó que cuando recibió la invitación para visitar ese país había aceptado, pero en base a condiciones muy claras como el poder moverse y hablar libremente, y también que no lo convirtieran en un mito: "Puse como condición no dar ninguna conferencia de este tipo.. y esto no ha sido cumplido. Yo quiero ser coherente y quiero ser un hombre de diálogo, por lo tanto invito a todos los presentes a que dialoguemos, porque no soy un mito y lucho contra mi propio mito". El silencio del gran teatro era total, luego se escucharon rumores y cuchicheos, y empezaron a llegar algunas preguntas escritas a la mesa, algunas muy provocadoras, que eran contestadas con claridad por Freire. Al rato el Presidente y luego sus ministros se fueron retirando aduciendo compromisos previos. Luego lo mismo hicieron los funcionarios y también el público que había abarrotado el lugar. Unos esperaban loas y otros diatribas, pero ese viejito brasileño lo que hacía era intentar encender el diálogo.
El Teatro Nacional quedó vacío. En la mesa principal sólo Pablo Freire y el moderador. En el público solamente Carlos Núñez y yo, que no podíamos asimilar lo que estaba sucediendo. Tanto los oficialistas como sus impugnadores habían dejado al "mito" hablando solo. Freire terminó de responder la última pregunta a sus ausentes interrogadores y agregó: "Este ha sido mi segundo fracaso monumental, la primera vez fue en una universidad norteamericana no hace mucho. Pero aunque esto sea muy duro, estoy contento, porque he sido coherente. He logrado ser coherente con lo que digo y con lo que pienso. He vencido mi propio mito.. y estoy contento por ello".
Se levantó lentamente y bajo hacia la luneta, enceguecido por los reflectores, que le impedían ver la magnitud del gran vacío que nos rodeaba. Triste, golpeado, pero con la frente en alto nos descubrió ahí parados, fuertemente impactados por la emoción. Al vernos de pie, solos, se dirigió hacia nosotros y al encontrarnos nos abrazó a los dos en medio de un profundo silencio que lo decía todo sin tener nadie que decir nada. Así permanecimos un minuto, dos, tres.. "No lo sé -recuerda Carlos- me pareció largo, íntimo y muy emotivo ese tiempo, que me hizo conocer y entender el valor humano profundo y el alma sensible y fraterna, que en aquel abrazo, me enseñó más que cualquier tratado. El había luchado contra su propio mito.. y lo había derrotado. Pero, cómo no admirar y apreciar más al hombre que piensa, siente, actúa y se compromete así?".
Freire fue un hombre que se definió así mismo como "sustantivamente político y adjetivamente pedagogo" y que sufrió la persecución que le obligó a salir de Brasil durante la dictadura militar, y hacer presencia en Chile, Guinea Bissau y otros países, propuso una educación basada en la comunidad entre educador y educando, y atravesada por la realidad y la capacidad de transformación.
La anécdota contada es ejemplo de su valía, en un mundo donde la coherencia parece ser escasa. Carlos Núñez Hurtado, uno de los sobrevivientes de esa experiencia, escribió un libro que no es un mero producto académicos sino síntesis de una intensa práctica sociopolítica, cultural y ética profundamente comprometida con la gente y con nuestro tiempo. El libro se llama "La revolución ética y estaba publicado en varios países, y ahora acaba de ser editado en Panamá por el Programa Plurianual Democracia y Derechos Humanos (CEALP, Justicia y Paz y CEASPA) apoyado por la Unión Europea.
El libro nos invita a la coherencia y a la transparencia, tarea nada fácil en tiempos astillados como los que vivimos en Panamá, pero la batalla por lograrlas es gradual y necesaria y nos abarca a todos y todas. ¿No sería un buen autoregalo parta nuestros poderes públicos tan desacreditados ante la opinión pública? ¿Y también para las esferas privadas que hacen la necesaria contraparte a la corrupción? ¿Y la parte de la ciudadanía que vive la cultura de la corrupción y el juega vivo?
(raulleisr@hotmail.com)
Esta anécdota retrata la profunda búsqueda de coherencia que distinguió al educador brasileño ya fallecido. En el marco de las actividades programas en San José, llegamos al Teatro Nacional. Las puertas estaban cerradas, pues el lugar estaba repleto a pesar de que todavía faltaba bastante para la hora de inicio. No sin dificultad logramos identificarnos como invitados especiales y pudimos ubicarnos en asientos de primera fila de la luneta. El acto empezó de inmediato y nos dimos cuenta entonces de que se buscaba aprovechar la figura de Freire para revestir un acto oficial de aniversario de una institución pública. En la mesa de honor, en medio del escenario, estaba el Presidente de la República, varios ministros y Freire, que no conocía el carácter del evento hasta ese momento. Hablaron los ministros y funcionarios alabando su propia actuación y sus propias obras, mientras que el público cuestionaba a gritos lo que consideraba como falso y repudiaba acremente el montaje de ese espectáculo.
Llegó el momento y el animador del acto presentó al invitado por todos esperado. Freire con voz muy suave expresó que cuando recibió la invitación para visitar ese país había aceptado, pero en base a condiciones muy claras como el poder moverse y hablar libremente, y también que no lo convirtieran en un mito: "Puse como condición no dar ninguna conferencia de este tipo.. y esto no ha sido cumplido. Yo quiero ser coherente y quiero ser un hombre de diálogo, por lo tanto invito a todos los presentes a que dialoguemos, porque no soy un mito y lucho contra mi propio mito". El silencio del gran teatro era total, luego se escucharon rumores y cuchicheos, y empezaron a llegar algunas preguntas escritas a la mesa, algunas muy provocadoras, que eran contestadas con claridad por Freire. Al rato el Presidente y luego sus ministros se fueron retirando aduciendo compromisos previos. Luego lo mismo hicieron los funcionarios y también el público que había abarrotado el lugar. Unos esperaban loas y otros diatribas, pero ese viejito brasileño lo que hacía era intentar encender el diálogo.
El Teatro Nacional quedó vacío. En la mesa principal sólo Pablo Freire y el moderador. En el público solamente Carlos Núñez y yo, que no podíamos asimilar lo que estaba sucediendo. Tanto los oficialistas como sus impugnadores habían dejado al "mito" hablando solo. Freire terminó de responder la última pregunta a sus ausentes interrogadores y agregó: "Este ha sido mi segundo fracaso monumental, la primera vez fue en una universidad norteamericana no hace mucho. Pero aunque esto sea muy duro, estoy contento, porque he sido coherente. He logrado ser coherente con lo que digo y con lo que pienso. He vencido mi propio mito.. y estoy contento por ello".
Se levantó lentamente y bajo hacia la luneta, enceguecido por los reflectores, que le impedían ver la magnitud del gran vacío que nos rodeaba. Triste, golpeado, pero con la frente en alto nos descubrió ahí parados, fuertemente impactados por la emoción. Al vernos de pie, solos, se dirigió hacia nosotros y al encontrarnos nos abrazó a los dos en medio de un profundo silencio que lo decía todo sin tener nadie que decir nada. Así permanecimos un minuto, dos, tres.. "No lo sé -recuerda Carlos- me pareció largo, íntimo y muy emotivo ese tiempo, que me hizo conocer y entender el valor humano profundo y el alma sensible y fraterna, que en aquel abrazo, me enseñó más que cualquier tratado. El había luchado contra su propio mito.. y lo había derrotado. Pero, cómo no admirar y apreciar más al hombre que piensa, siente, actúa y se compromete así?".
Freire fue un hombre que se definió así mismo como "sustantivamente político y adjetivamente pedagogo" y que sufrió la persecución que le obligó a salir de Brasil durante la dictadura militar, y hacer presencia en Chile, Guinea Bissau y otros países, propuso una educación basada en la comunidad entre educador y educando, y atravesada por la realidad y la capacidad de transformación.
La anécdota contada es ejemplo de su valía, en un mundo donde la coherencia parece ser escasa. Carlos Núñez Hurtado, uno de los sobrevivientes de esa experiencia, escribió un libro que no es un mero producto académicos sino síntesis de una intensa práctica sociopolítica, cultural y ética profundamente comprometida con la gente y con nuestro tiempo. El libro se llama "La revolución ética y estaba publicado en varios países, y ahora acaba de ser editado en Panamá por el Programa Plurianual Democracia y Derechos Humanos (CEALP, Justicia y Paz y CEASPA) apoyado por la Unión Europea.
El libro nos invita a la coherencia y a la transparencia, tarea nada fácil en tiempos astillados como los que vivimos en Panamá, pero la batalla por lograrlas es gradual y necesaria y nos abarca a todos y todas. ¿No sería un buen autoregalo parta nuestros poderes públicos tan desacreditados ante la opinión pública? ¿Y también para las esferas privadas que hacen la necesaria contraparte a la corrupción? ¿Y la parte de la ciudadanía que vive la cultura de la corrupción y el juega vivo?
(raulleisr@hotmail.com)