Romerías
Periódicamente, dentro del calendario religioso se dan entre nosotros expresiones religiosas visibles y públicas, a veces con atuendos distintivos, de personas por nuestras calles y avenidas rumbo a un lugar ya conocido o un santuario.
Romero es un vocablo de procedencia latina “romeus” y a su vez del griego “romaios”, que literalmente significa “romano”, nombre que se aplicaba en el Imperio de Oriente a los occidentales que lo cruzaban en peregrinación a Tierra Santa y, en fecha posterior, a los peregrinos de Santiago y de Roma, normalmente el peregrino que va con un bordón y esclavina. En nuestro medio las más llamativas son las del Cristo de Portobelo y la del Cristo de Atalaya. En menor escala, peregrinaciones de los esquipulitas en Antón y las del Cristo de Alanje.
No nos será extraño ver en la carretera a Colón a gente sencilla vestida con atuendos morados. Entre ellos, caminan al borde la carretera heroicamente y sin ningún respeto humano, hombres y mujeres impulsados por su propia devoción, sin ningún mandato o precepto de las autoridades de la Iglesia Católica que respeta estas expresiones sencillas de devoción, sin caer en excesos de flagelación.
Dentro de nuestra naturaleza hipercrítica, suelen referirse a estos peregrinos como “maleantes” injustamente, ya que en el mismo churruco metemos a justos y pecadores. Y si fueran maleantes, deberíamos alegrarnos, ya que buscan espontáneamente a Dios a su manera. Es decir, entrar dentro de sí para buscar fuerzas para remontar múltiples limitaciones. Por tanto, acompañémoslos.