Ronald Reagan
Los grandes pueblos engendran grandes dirigentes en sus momentos más críticos, cuando más los necesitan. Tres presidentes norteamericanos han dejado su impronta a la posteridad, bajo distinta circunstancia histórica en los últimos 50 años, John Kennedy, Richard Nixon y Ronald Reagan. El primero fue un robusto árbol prematuramente truncado. Pero en su breve transitar por la Casa Blanca, dejó sólidamente sentadas las bases para el imperio de los derechos civiles, la igualdad racial, el redescubrimiento de sus valores y la reconciliación nacional, entonces profundamente dividida en torno a esos temas. Pero igual que Abraham Lincoln, debió sacrificar su vida en el esfuerzo.
Nixon, en cambio, con sus luces y sombras, con la colaboración de su secretario de Estado insuperable, Henry Kissinger, aun cargando a cuestas el costo y responsabilidad de la derrota en Vietnam, dio con aquél giro diplomático inesperado, a favor de China, un cambio radical de escenario al ajedrez político de la Guerra Fría. A partir de entonces, la Unión Soviética perdió el paso y empezó a perder terreno y no lo recuperó jamás. A nuestro juicio, la retirada de Vietnam, más que una derrota, fue una buena inversión de medio plazo a precio justo por la Caída del Muro que sobrevendría después.
Ronald Reagan, por su parte, tuvo la grandeza de recoger las cenizas de la confianza y unidad de su pueblo en momentos de profunda debilidad, ensimismamiento y aislamiento, producto de la pérdida de Vietnam y sus secuelas. Retomó, igual que Kennedy, el rescate de sus valores y su orgullo nacional y le hizo recobrar su conciencia y papel de gran potencia. Cierto, hizo del fortalecimiento de su aparato militar y de la toma de arriesgadas decisiones en los distintos escenarios de enfrentamiento con el comunismo, su instrumento predilecto de política, sin embargo al final de su gestión, entregó a su sucesor una nación tan fuerte que, al poco tiempo, contempló con asombro cómo el mundo soviético se desintegraba sobre sus propios pies.
Para lograr la erradicación del trabajo infantil, el Gobierno debe pasar de las palabras a los hechos; para ello cuenta con el apoyo técnico permanente de OIT/IPEC. En esta tarea deben sumarse las organizaciones no gubernamentales, empleadores y trabajadores/as. Es cuestión de voluntad política.
Porque los niños y las niñas son el futuro de Panamá, luchemos por dignificar su presente, y como dice la OIT/IPEC: "No dejemos que barran sus sueños. Detengamos la explotación de niñas, niños y adolescentes en trabajo doméstico fuera de sus hogares".
Nixon, en cambio, con sus luces y sombras, con la colaboración de su secretario de Estado insuperable, Henry Kissinger, aun cargando a cuestas el costo y responsabilidad de la derrota en Vietnam, dio con aquél giro diplomático inesperado, a favor de China, un cambio radical de escenario al ajedrez político de la Guerra Fría. A partir de entonces, la Unión Soviética perdió el paso y empezó a perder terreno y no lo recuperó jamás. A nuestro juicio, la retirada de Vietnam, más que una derrota, fue una buena inversión de medio plazo a precio justo por la Caída del Muro que sobrevendría después.
Ronald Reagan, por su parte, tuvo la grandeza de recoger las cenizas de la confianza y unidad de su pueblo en momentos de profunda debilidad, ensimismamiento y aislamiento, producto de la pérdida de Vietnam y sus secuelas. Retomó, igual que Kennedy, el rescate de sus valores y su orgullo nacional y le hizo recobrar su conciencia y papel de gran potencia. Cierto, hizo del fortalecimiento de su aparato militar y de la toma de arriesgadas decisiones en los distintos escenarios de enfrentamiento con el comunismo, su instrumento predilecto de política, sin embargo al final de su gestión, entregó a su sucesor una nación tan fuerte que, al poco tiempo, contempló con asombro cómo el mundo soviético se desintegraba sobre sus propios pies.
Para lograr la erradicación del trabajo infantil, el Gobierno debe pasar de las palabras a los hechos; para ello cuenta con el apoyo técnico permanente de OIT/IPEC. En esta tarea deben sumarse las organizaciones no gubernamentales, empleadores y trabajadores/as. Es cuestión de voluntad política.
Porque los niños y las niñas son el futuro de Panamá, luchemos por dignificar su presente, y como dice la OIT/IPEC: "No dejemos que barran sus sueños. Detengamos la explotación de niñas, niños y adolescentes en trabajo doméstico fuera de sus hogares".