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Roosevelt frente a la gran recesión


La nación panameña se mueve ineludiblemente hacia una franca y clara situación de recesión o, como dicen otros economistas, hacia una desaceleración de la economía. Me gustaría, antes de entrar en el temor, aclarar el significado de tal palabra.
La recesión podría definirse así: La carestía de recursos financieros, sumados al reducido volumen de adquisición de bienes de consumo; por consiguiente, puede conducir a la baja en los precios de los recursos reales en oferta. Esta situación llevaría a la disminución de los productos de importación, puesto que los productos extranjeros no alcanzarían el volumen de ventas esperado. Por ello, la situación de recesión conduce directamente o a una reducción drástica de los precios o a un descalabro en la capacidad del pago de la deuda pública, o a la anulación del status de determinado Estado como sujeto de crédito ante los organismos financieros internacionales (v. gr., Argentina y Brasil); e incluso, las tres situaciones podrían darse de súbito desde el momento en que la recesión alcanza su nivel máximo. Esto no es todo. A mediados de la década del "20 surgió en forma abrupta y generalizada la situación de recesión, y Estados Unidos fue la excepción de tal vorágine. El 4 de marzo de 1933 marcó el ascenso de Franklin Delano Roosevelt a la presidencia de ese país. La nación se enfrentaba a una economía enferma, en otros términos, los estadounidenses estaban atravesando por la más severa crisis económica en su historia. La casi totalidad de los bancos en el país habían cerrado; había, al menos, trece millones de desempleados; muchas industrias habían virtualmente cesado sus operaciones, y la economía agropecuaria había sido golpeada y reducida a su más bajo nivel. (1)
El discurso inaugural de Roosevelt fue un portento del liderazgo fuerte y valeroso que sirvió de distintivo a toda su administración. El punto de partida de Roosevelt fue pedir a sus conciudadanos el respaldo que él como dirigente requería en esos días críticos. En el discurso expresó que, "En tal espíritu de mi parte y de la vuestra enfrentamos nuestras dificultades comunes. Ellas se refieren, gracias a Dios, solamente a cosas materiales. Los valores se han hundido a niveles fantásticos, los impuestos se han incrementado; nuestra capacidad para pagar nuestros compromisos ha fallado; los gobiernos de todo tipo se ven enfrentados a una seria reducción de sus ingresos; las diversas formas del comercio están congeladas en sus corrientes de intercambios; las hojas marchitas de la empresa industrial se ha desmoronado por doquier; los granjeros no encuentran mercados para sus productos; los ahorros de muchos años en millares de familias se han esfumado" (2)
Desde sus inicios, el actual gobierno panameño ha hecho galas de ostentación, e incluso, se ha llegado en los últimos dos años a formas extremas de despilfarros; el gasto público ha alcanzado niveles muy altos, por lo cual se hace necesario, -y esto lo hemos dicho hasta la saciedad-, reducir los gastos, en otros términos, se debe reducir o cancelar con urgencia los salarios elevadísimos que devengan muchos funcionarios públicos cuyas funciones no están definidas con claridad; más aún, su productividad laboral es prácticamente nula. Por supuesto que nos estamos refiriendo a los llamados "asesores de media noche". Este grado de ostentación implica la pretensión de construir una ciudad gubernamental; un nuevo puente sobre el Canal; la estúpida compra de trece automóviles (Cadillac) de los más costosos en la industria automotriz; la irracionalmente excesiva planilla de la Asamblea Legislativa, y muchas otras incidencias que están llevando a esta nación hacia una peligrosa situación de recesión.
Lo más importante, señaló el gran estadista Franklin D. Roosevelt, "La legión de ciudadanos desempleados enfrentan el complicado problema de la existencia; también, una inmensa cantidad de ellos se ha desvanecido en la pobreza sin ninguna esperanza de recuperarse. Solamente un insensato optimismo puede negar las oscuras realidades del momento. Los manejadores del negocio de capitales han volado de sus elevados puestos en el templo de nuestra civilización. Ahora debemos restaurar este templo para las verdades antiguas. La medida de su restauración descansa en la forma en que apliquemos los más nobles valores sociales por encima de las ganancias monetarias. La restauración implica, sin embargo, no un cambio moral solamente. Esta nación, exige acción, y acción ahora mismo". (3)
Me gustaría traer por los cabellos las últimas palabras expresadas por Roosevelt, y señalar las maneras de resolver el desempleo. Una es forjar un largo plazo entre el gobierno con los inversionistas, industriales y empresarios, basado fundamentalmente en el cambio o equiparación tributaria, -pago de impuesto sobre la renta-, por apertura de plazas de trabajo. La otra es alentar el ahorro interno de parte del gobierno hacia los trabajadores, para la construcción de diversos tipos de viviendas que serían adjudicadas a los ahorristas; también para aquellos que deseen dirigir sus ahorros hacia otras direcciones, tales como para afrontar los gastos de colegiaturas para hijos y nietos; y, por qué no decirlo, para la acumulación de capitales para la vejez. En tal programa se afiliarían, en primera instancia, a los empleados públicos, pero para ello será necesario la creación de una Ley del Banco del Trabajador Panameño.
(1) Harold C. Syrett, American Historical Documents (New York:Barnes and Nobles, Inc., 1960), 361. (2) Ibidem., 362. (3) Ibidem., 362.

101 años de Panamá América

 
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