Roque
Año 1987. Por esos tiempos era discjockey en Radio Alegre, una filial de la Gran Cadena Exitosa donde me ganaba los pocos dólares que me ayudaron a sobrevivir la universidad.
Una tarde entró a la cabina mi jefe, el formidable Jesús Labastida, y me dijo: "Ahí te dejo a este pelaíto… enséñale la consola y cómo se lleva la programación
El "pelaíto" era Roque Javier, un recién graduado del bachillerato en Veraguas que daba por hecho que sería locutor, que tenía el triunfo asegurado, que la fama llegaría más temprano que tarde, y que nada le fallaría ni en el amor ni en la guerra. Era una tromba. Todo lo preguntaba, pero no esperaba mucho por respuestas, porque el tiempo era corto, y la batalla larga. Era la locuacidad en zapatillas.
Desde entonces pasaron muchas lunas. Yo me puse el traje del periodismo escrito, que me quedaba mejor, y él siguió el camino de sus sueños de grandeza. El sueño bohemio y abrasante de la radio.
Cuando lo volví a ver ya era un gigante. Una de las voces oficiales de una cadena de televisión y radio; grababa cuñas publicitarias y era conductor de su propio programa musical. Seguía siendo el torbellino juguetón de siempre, pero con la confianza de quien tiene metas cumplidas.
Hace unos días lo volví a ver. Me sonreía desde la portada de un diario que se especializa en temas policíacos. El titular decía: "Perdimos al DJ Wizard", un eufemismo tierno para no decir que la muerte se lo tragó en un absurdo accidente de tránsito. En el carro lo acompañaba su hijo de once años. No pude leer más. Mi cerebro se trancó.
En el sepelio no me sorprendió la multitud cabizbaja, llorosa y cejijunta. El dolor que percibí no cabía en el espacio reducido de la iglesia de Guadalupe, y el gentío (que llegó de los más disímiles lugares) tampoco. Quien se tardó, debió estacionar a kilómetros de allí.
Mi padre también fue locutor, famoso en su tiempo, creativo y vivaz como Roque, con sus mismos devaneos. Murió cuando yo era un niño, y la devastación todavía no se me pasa. Tal vez por eso la pérdida de este amigo me impacta tanto. Pienso en sus hijos, en los vacíos que deja, en que pasará la vida entera y no podremos olvidarlo. Pienso en la muerte y su injusta repartición.
Pienso en Roque, una flor que quien mueve los hilos allá arriba arrancó antes de tiempo.
¡Buen viaje, pelaíto!