Sabia decisión
Nunca fue un problema estrictamente legal, salvo en las zonas en que se intersectaban áreas de reserva biológica previamente constituidas con las potenciales nuevas explotaciones. Mas bien fue desde un principio un dilema de estrategia económica. Si había extracciones, no habría más turismo. Si se quiere, era cuestión de confianza.
Porque los dueños de hoteles y de los costosos proyectos inmobiliarios que avanzan a todo vapor en Farallón, sencillamente no confiaron nunca en las supuestas consecuencias neutras que sobre las bellas y extensas playas tendría la extracción allende la costa. Y por tanto, anunciaron a través de comunicados y diversas otras manifestaciones públicas, que congelarían las inversiones hasta que se parara oficialmente las concesiones de explotación arenera.
La experiencia de 1995, con todos los estudios y visto buenos habidos y por haber, fue particularmente nefasta para las playas del lugar que se transformaron en un agreste paisaje lunar. Por fortuna, en parte, la Naturaleza ha reparado ya los inmensos cráteres y deslizamientos. Pero ahora hay una diferencia sustancial; y es que existe en el sitio un lujoso hotel de 360 habitaciones, en plena expansión, repleto de turistas de todos los rincones del planeta, mientras se desarrollan otros dos magnos proyectos, el Buenaventura y Playa Blanca Resorts; y un tercero está en ciernes, a cargo de la prestigiosa cadena hotelera española Barceló que planea construir un hotel de 200 habitaciones.
Farallón vive pues un auge y prosperidad sin precedentes, que debe ser estimulado y, al mismo tiempo evitarse cualquier resquicio de duda o temor que desaliente a la inversión. Porque no es lo mismo varar cuatro barcazas a tres mil metros, a extraer arena del lecho marino con aspiradoras para llevársela y venderla para engrosar cuentas bancarias de sus dueños y un puñado de operadores, que el impacto permanente y creciente de decenas de miles de empleos directos e indirectos que derivan de la industria turística, sin contaminación ni chimeneas.
Pero cabe sin embargo una recomendación final. Un decreto ejecutivo es insuficiente. Sugerimos que en su lugar se dicte una ley que reserve a Farallón un destino turístico, libre de todo tipo de extracción arenera y de actividad minera o industrial incompatible con el turismo. Sólo así se brindará adecuada seguridad jurídica a los inversionistas que arriesgaron y apostaron por la belleza de Farallón y ganaron.
Porque los dueños de hoteles y de los costosos proyectos inmobiliarios que avanzan a todo vapor en Farallón, sencillamente no confiaron nunca en las supuestas consecuencias neutras que sobre las bellas y extensas playas tendría la extracción allende la costa. Y por tanto, anunciaron a través de comunicados y diversas otras manifestaciones públicas, que congelarían las inversiones hasta que se parara oficialmente las concesiones de explotación arenera.
La experiencia de 1995, con todos los estudios y visto buenos habidos y por haber, fue particularmente nefasta para las playas del lugar que se transformaron en un agreste paisaje lunar. Por fortuna, en parte, la Naturaleza ha reparado ya los inmensos cráteres y deslizamientos. Pero ahora hay una diferencia sustancial; y es que existe en el sitio un lujoso hotel de 360 habitaciones, en plena expansión, repleto de turistas de todos los rincones del planeta, mientras se desarrollan otros dos magnos proyectos, el Buenaventura y Playa Blanca Resorts; y un tercero está en ciernes, a cargo de la prestigiosa cadena hotelera española Barceló que planea construir un hotel de 200 habitaciones.
Farallón vive pues un auge y prosperidad sin precedentes, que debe ser estimulado y, al mismo tiempo evitarse cualquier resquicio de duda o temor que desaliente a la inversión. Porque no es lo mismo varar cuatro barcazas a tres mil metros, a extraer arena del lecho marino con aspiradoras para llevársela y venderla para engrosar cuentas bancarias de sus dueños y un puñado de operadores, que el impacto permanente y creciente de decenas de miles de empleos directos e indirectos que derivan de la industria turística, sin contaminación ni chimeneas.
Pero cabe sin embargo una recomendación final. Un decreto ejecutivo es insuficiente. Sugerimos que en su lugar se dicte una ley que reserve a Farallón un destino turístico, libre de todo tipo de extracción arenera y de actividad minera o industrial incompatible con el turismo. Sólo así se brindará adecuada seguridad jurídica a los inversionistas que arriesgaron y apostaron por la belleza de Farallón y ganaron.