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“Sacrequerismo” y declaratoria


Bien lo dijo Edwin Cabrera, en un programa televisivo, en alusión a la vulgar especulación que se está haciendo con el precio del combustible: "Somos un país de congos, en donde no pasa absolutamente nada".

En efecto, esa apreciación es correcta, en cuanto expresa con nitidez, la naturaleza y forma de lo panameño. Sumada a la caracterización de congos, debe añadirse la de "sacreco". Desde luego, en las costas colonense, se acostumbra -como ocurre en otros lugares del país- a definir conceptos y conductas, por medio de expresiones muy localistas, que sin ser parte del diccionario de la RAE, puntualiza aspectos genuinos de la vida cotidiana.

El "sacreco" es aquel que se hace notar por cualquier cosa, pero de manera ruidosa para llamar la atención. Adopta poses, simula lo que no es, asumiendo posturas que no son, en el fondo, auténticas.

Las declaratorias de bienes patrimoniales, hechas con fines eminentemente políticos -aunque correcta la acción de la declaración- por mandato constitucional debe mover a la reflexión. No se trata de súper ponderar lo que por norma debe hacer el funcionario. Lo que debe destacarse es lo público de la declaratoria, aún cuando no existe la obligatoriedad de hacerla. No obstante, el mandado se queda a medias, porque lo verdaderamente trascendente es explicitar, con toda la objetividad del caso, cómo se obtuvo lo que se declara.

En la época colonial existían los llamados "Juicios de Residencias", que según explica el autor Agustín Gómez Carrillo, se les seguía a todos los funcionarios al terminar su período, y del que nadie podía escapar. Obviamente, a través de ellos, se observaba si los nombrados en los cargos seguían las instrucciones contenidas en los reales títulos: cuidado en el manejo del gobierno en los asuntos civiles, administrativos y criminales, en el cobro de los tributos, prohibición de tomar fondos de las cajas de las comunidades de indios, no servirse en provecho propio, etc. Lo que importa de todo esto es que era un control efectivo para conocer sobre la responsabilidad del funcionario cuando se separaba del empleo.

Una fórmula como ésa -en los casos de la declaratoria de bienes- ayudaría a conocer la verdad de lo que se declara y, desde luego, su procedencia. Sin embargo, con lo "sacreco" de las declaratorias, y de todas las que tendrán que hacerse, parecieran distanciarse de toda duda. Y de la misma manera, asirse de la transparencia como una forma de presentar una figura diáfana.

Pero, si la declaratoria expone lo que se tiene, buscando posesionarse de un lugar, esto actúa en su momento como un bumerang, por cuanto que, la comunidad observa y siente, que la opulencia que presentan está radicalmente alejada de su triste y pobre realidad. No es cómodo para el hombre del campo que vive en casas con piso de tierra, al damnificado que lo hace en barracas, y en albergues temporales, al desempleado que vive en casas condenadas, escuchar sobre la , posesión de varios inmuebles cuando él no tiene nada.

Tampoco le resulta placentero percibir el anuncio de cuentas bancarias y negocios, cuando diariamente tiene que pilar por el afrecho para subsistir, y de ninguna manera grato saber que es quien tiene que pararse temprano el día de las elecciones para que lo transporten como mercancía al lugar de la votación y, de esa manera, garantizarle el poder a los que tienen y quieren más.

Lo "sacreco" de la declaratoria no resuelve nada, pero tampoco lo del pueblo, que tiene que dejar de ser "sacreco" para encontrar el camino de su reivindicación, que se logrará con él y no con otro.

101 años de Panamá América

 
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