Saladino, Patria y buen Gobierno
Grande la emoción que sentimos todos los panameños y panameñas ante el triunfo de uno de los nuestros, panameño, y orgullosamente colonense.
Irving Saladino, como pocos en la historia, paralizó y cautivó a toda una nación, a todo un pueblo que estuvo en forma angustiosamente optimista apostando por su éxito, que lo es del país entero.
El campeón olímpico logró la atención de todos incluso antes de alcanzar tan anhelada como merecida presea, convocando los más sublimes sentimientos compartidos intrínsecamente por todos quienes tenemos la dicha de ser panameños.
El sentimiento de orgullo y emoción que nos embarga y sirve de inspiración por esta hazaña, a todos por igual, sin distingos de raza, credo, condición social, edad, género e, incluso, preferencia política, tiene que ser lo más cercano al significado profundo de Patria.
Utópico habría sido pensar que muchos de los políticos del patio, candidatos a cargos de elección, no iban a aprovechar tan gloriosa ocasión para politiquear; ya todos hemos visto cómo, desde el mismísimo momento del triunfo, varios de los actuales candidatos han recurrido al nombre e imagen de Saladino, pretendiendo asociarse con él para provecho político, igual que lo hacen en ocasión de las fiestas de todos los santos y patronos, o cuando demagógicamente hacen política en nombre de los pobres, sin un compromiso real por encontrarles soluciones concretas, efectivas y duraderas, con genuina vocación de servicio e interés por el bien común sobre cualquier otro interés.
Por ello nuestro deber es seguir luchando incansablemente hasta que el mismo sentimiento de orgullo y emoción que sentimos ante las extraordinarias proezas que en nombre de Panamá han logrado compatriotas como Durán, Saladino, Rivera y muchos más, así como es el caso del presidente Álvaro Uribe para los colombianos, nos brote espontáneamente ante un presidente o presidenta de la república, por su talante de estadista y sentida vocación de servicio, muy por encima del desempeño mediocre y actuar corrupto. Sigamos esforzándonos porque la silla presidencial sea ocupada por quien realmente aprecie el enorme honor de servir a través de la política, lejos de servirse de la política. No claudiquemos hasta lograr que el primero de los servidores gobierne con honestidad ejemplar, y se desgaste por el desarrollo humano y social.
También fuimos testigos televisivos del apretado abrazo entre dos gloriosos campeones de este querido terruño, cuando después de su hazaña Irving se acercó a Roberto Durán. Ojalá no esté tan lejano el día cuando el mismo tipo abrazo entre campeones se dé entre un presidente saliente y otro entrante, para quienes lo esencial, el fundamento de la continuidad, sea servir al bien común con humildad, dedicación e inquebrantable virtud.