Salir de las torres de marfil
Es una vergüenza la manera en que un buen número de empresarios y promotores inmobiliarios han estado saqueando el espíritu y la letra de los valores más sagrados de este país con sus maniobras especulativas, a ciencia y paciencia del actual gobierno. Acaso, incluso, con su solapada complicidad. Se trata de una auténtica depredación inmobiliaria. Porque en aras de millonarios negociados se está acabando, sin planificación urbanística alguna, con las hermosas construcciones de Bella Vista y
Lo peor del caso, precisamente, es que buena parte de las nuevas propiedades está quedando en manos de extranjeros. Recientes estudios señalan que dentro de algunos años buena parte de los terrenos e inmuebles de Panamá tendrán más dueños extranjeros que nacionales. Seremos en más de un sentido, literalmente, un país ajeno; y por extensión, ocupado.
Por supuesto, estos negocios son vistos por sus propagandistas y usufructuarios como ingeniosos atajos hacia el progreso, y no como retrocesos en la consolidación de conceptos tan retrógrados -para ellos- como la identidad nacional y la soberanía. Incluso alguna vez se nos dijo que la soberanía no se come. Pero resulta que ninguno de los grandes valores humanos se comen: la dignidad, el orgullo de lo propio, el patrimonio de la familia, la responsabilidad por el resguardo de las riquezas naturales y por los bienes del país, el buen gobierno, y un largo y valioso etcétera.
Este es un país marcado desde sus inicios por la ambición desmesurada del dólar, y esa misma actitud mercantilista no sólo se ha multiplicado sino que puede llevarnos tarde o temprano al despeñadero de la moral ciudadana. Una moral ya de por sí resquebrajada en muchos aspectos: el típico comportamiento juegavivo; la rapacidad y demagogia de los políticos, la violencia doméstica; la cada vez más agresiva promiscuidad sexual y su publicidad pagada; la inseguridad ciudadana; la destrucción de diversas formas del habitat natural con fines comerciales; la aprobación de leyes violatorias de la justicia; la infeliz decisión de la Corte Suprema de declarar que los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura ya prescribieron; la desmesurada proliferación de casinos y demás sitios de vicio; el narcotráfico y su contraparte el lavado de dinero, entre otros.
Podemos contribuir a detener el avance de este mar proceloso de incongruencias y desatinos que afectan la integridad del país en la medida en que tanto los especialistas en cada materia, como los ciudadanos de a pie, decidamos hacernos sentir mediante reflexiones críticas y propuestas constructivas.
Por lo pronto, invito a mis colegas escritores, intelectuales y artistas a salir de las torres de marfil que la requerida concentración de sus respectivos oficios suele demandarles, y a empezar a pronunciarse en los medios escritos y en los foros de discusión, ya sea mediante sesudos análisis o a través de más sencillos artículos de opinión, sobre los problemas que aquejan a la sociedad, la mayor parte de los cuales, atajados a tiempo, todavía tienen remedio.